Soliloquio de vagón

Abro la ventana. Huele a algo que ya no es invierno y yo sigo aquí sin inspiración para escribir. El otro día caminando por Madrid, Lorena me dijo que estaba harta de verme publicar siempre sobre lo mismo. Pérdidas y desamores. “Pero es que es tan fácil”, le respondí. Darle al botón. Abrir el grifo. Dejar que fluya el mismo río de siempre. Las pérdidas y los desamores nunca faltan a la cita con la inspiración. Nos reunimos ahí los cuatro, en una esquina brumosa de mi mente, fumando (porque es lo más bohemio que se nos ocurre) frente a unas copas de vino y decidimos. Veamos, ¿qué va a ser hoy? ¿Artículo sobre un dolor con el que aprendiste a convivir hace ya mucho tiempo? ¿Cuatro versos acerca del corazón ajado de antaño que a estas alturas se ha recuperado? Debatimos. Pérdida está taciturna, como siempre, y me mira con ojos acusatorios. Creo que cuanto más tiempo pasa menos derecho cree que tengo a invocarla. “Que te den”, le digo. Me viene a la mente una frase de un libro de la infancia que se me quedó grabada a fuego en la memoria. “No eres quién para juzgar el alcance de mi pérdida.” O algo así. Se lo digo. Gruñe.

Desamor se ríe de mí (aunque él dice que es conmigo) porque nos hemos hecho tan amigos que ya no duele. Inspiración nos observa sin decir palabra, sorbiendo albariño, mi favorito. Me pregunta que por qué nos hemos reunido precisamente ahí y como estamos en mi mente, al mismo tiempo que miro a mi alrededor la bruma se disipa y veo dónde estamos. El metro. “Vaya, qué raro” dice la cabrona poniendo los ojos en blanco, “tú y el transporte público”. Le digo que se calle y me concentro. Al principio no veo nada. El vagón parece estar vacío. Luego Desamor me da un codazo en las costillas y no me da tiempo a quejarme, porque me señala al hombre mayor que está sentado a apenas dos metros sujetando un libro. Lleva calada en la cabeza una de esas boinas que sólo quedan bien cuando las canas le han ganado la batalla al color natural de pelo. Veo entonces que le tiemblan las manos y de repente me acuerdo. Le vi hace un par de días yendo a Madrid. Coincidimos en el andén de Tres Olivos. Estaba de pie, muy quieto ante la línea amarilla que separa de las vías del tren a los suicidas, erguido frente a su libro, impávido como una estatua. Pero le temblaban las manos. Le temblaban terriblemente los dedos que sujetaban el libro (Patria, de Aramburu, por cierto) y recuerdo que me quedé como ensimismada viendo esas manos que temblaban y esas pupilas azabache, como las de Platero, que de alguna manera conseguían aferrarse a las palabras en medio de aquel oleaje de temblores. Me quedo ensimismada también entonces, parada en ese resquicio de imaginación, mientras Desamor, Pérdida e Inspiración me miran frunciendo el ceño.

Permanecemos en silencio hasta que escucho una voz a mis espaldas. “Bueno, ¿qué?” Me giro. “¿Qué de qué?” le digo a Pérdida. “Ea. Ya lo tienes. Escribe sobre él.” “¿Sobre él?” pregunto señalando al hombre. Veo a Pérdida asentir con la cabeza antes de girarse y perderse en la bruma. Le grito que espere porque me da miedo que se vaya y me aprieta el corazón esa sensación angustiosa de las despedidas incipientes. “Llámame cuando te vuelvan a doler los muertos” la oigo decir. Un segundo más tarde ya no está. Me quedo parada en el vagón hasta que oigo la risa contenida de Desamor. Me giro molesta. “Pues te ha quedado un poco tétrico.” Enarco las cejas. “Quizás debería irme yo también”, me dice. Le miro alarmada. No. “Si te vas…” empiezo. “Si te vas, yo también me voy…” se agarra a la barra del vagón y empieza a contonearse. Basta, le digo. “¿Qué te he dicho de traer Reggaetón a las reuniones?” Suspira resignado y se recoloca el sombrero. Inspiración me mira con cara de profesora resabida. Meneo la cabeza. “Pareces Dolores Umbridge” le digo. Y se me ofende. Cuando se le pasa, que es más pronto que tarde, me pregunta por algo al final del vagón. “¿Y eso?” Miro. Después de un par de segundos reconozco la escena y sonrío con nostalgia. “Es mi ventana” murmuro. “Mi ventana de Sydney”. Asiente levemente. Hace una semana, buceando entre antiguas fotos me topé con mi ella y se me encendieron evasivas unas líneas descriptivas. No las apunté. Mi ventana de Sydney no tenía las mejores vistas. De hecho, tenía unas vistas más bien horribles. Un amasijo de tuberías y barras sobre un edificio rosa palo. Muy urbanita. Me encantaba. Eran mis peores y mis mejores vistas. Recuerdo la ventana de Sydney porque sólo se podía abrir un palmo por abajo (al principio pensé que sería para evitar suicidios, y luego caí en que estábamos en una residencia de estudiantes y era para evitar que cuando nos emborrachábamos tirásemos cosas por las ventanas). Podías entonces asomar la nariz y ver a la gente pasando, pequeña como hormigas. Estábamos en un duodécimo piso e incluso hasta allí llegaban de vez en cuando los efluvios de los restaurantes de Chinatown. Yo era feliz porque olía a Asia.

“Pues yo me piro.” La voz punzante de Desamor me saca de mi ensimismamiento. “¿Qué?” casi le grito. “Que sí. Que me voy. Que a partir de ahora vas a escribir sobre lectores de metro y ventanas extranjeras. Ni pérdidas ni desamores.” Miro a Inspiración como pidiéndole ayuda, pero está limándose las uñas. Me exaspero. Le digo que no se vaya, que le he cogido cariño a nuestros tangos de poesías desgarradas y a los párrafos incendiarios sobre hombres que sólo vinieron a rompernos el corazón. Niega con la cabeza. Me dice que no, que se va, que ya no le necesito. “Soy como Nanny McPhee. Cuando me necesitas no me quieres y cuando empiezas a quererme ya no me necesitas.” Oigo a Inspiración protestar porque este texto está lleno de referencias infantiles. Le mando callar. “Si quieres volver a verme, vas a tener que enamorarte otra vez.” Desamor chasquea los dedos. “¡No seas cursi!” exclamo. “¡No te pega nada!” Intento agarrarle por las solapas de la chaqueta, pero ya se ha esfumado. “¡Mierda!” grito. Inspiración se lleva un dedo a los labios y señala con la cabeza al viejo lector. Ni se ha inmutado.

Me desplomo en el asiento junto a Inspiración.

“¿Y ahora qué?” le pregunto.

“Pues tendrás que salir a explorar.”

Me lo dice con ojos de madre porque sabe que tengo miedo. Que hace mucho que no salgo a explorar. Nos quedamos las dos solas en el vagón excepto por el hombre de la boina, que no dice ni mu.

“¿A dónde va este metro?” me pregunta mientras me pasa un brazo por los hombros.

“No lo sé.” le digo. “Pero no te vayas tú también o voy a tener que volver a la universidad.”

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