Del oro al plomo

Hablar del panorama político de Yugoslavia en la década de los 80, año en el que muere Tito, es hacerlo inevitablemente de tensión, nacionalismos y fractura. Tres elementos que, poco a poco, se irán mezclando para convertirse en uno solo que tomará forma de guerra. Probablemente, la más cruenta que ha conocido Europa en los últimos 30 años. Y, sin embargo, hablar de baloncesto yugoslavo en esa década es hacerlo de una potencia mundial, capaz de dominar divirtiendo y, sobre todo, disfrutando. Hablar de Yugoslavia en los 80, en definitiva, es hacerlo de un país único. Y lo es porque estuvo unido, más que en ningún otro sitio, sobre una pista de baloncesto.

Los inicios de la década estuvieron protagonizados por los últimos coletazos de los héroes de los 70, la primera generación nacida y criada en una Yugoslavia unida y para los que no existía otro país. Así, Dalipagic (hijo de bosnio y croata que adquiriría después la nacionalidad serbia), Cosic (croata), Kikanovic (serbio) y Delibasic (bosnio) se atreverían a cuestionar la hegemonía de la Unión Soviética en Europa. Los cuatro bajo una misma bandera, vistiendo los mismos colores y haciéndolo de forma orgullosa, como prueba el hecho de que los dos primeros rechazasen a la NBA, pues en aquellos días cruzar el charco significaba dejar de ser seleccionable para la selección europea. Y aquel era un precio que no estaban dispuestos a pagar.

Aquella generación enlazó tres coronas europeas consecutivas (1973, ’75, ’77), rompiendo así la racha de ocho triunfos conseguida por los soviéticos. También derrotaría a la selección de la hoz y el martillo en la final del Mundial de Filipinas en 1978. Pero fue en 1980, en Moscú, donde conseguirían su triunfo más importante. Dirigidos por Ranko Zeravica, Yugoslavia ganaría sus ocho partidos del torneo olímpico, incluyendo uno en la segunda fase a la URSS que les permitiría alcanzar la final, donde derrotarían a Italia. Aquel golpe en casa del gran dominador del panorama europeo escenificó, como ningún otro, el fin de la tiranía soviética en el baloncesto europeo. Yugoslavia comenzaba la década preparada para recoger el testigo.

Pero el relevo tardaría en llegar. Cosic, el más veterano, dejaría la selección tras volver a la derrota en el Europeo de 1981. Las retiradas tempranas de Delibasic y Kikanovic (en 1983 y 1984, respectivamente) dejaron solo a Dalipagic, que tendría que lidiar con la siempre dominadora Unión Soviética y la aparición de selecciones emergentes como España (plata en Los Angeles ’84), Italia (oro en el Europeo de 1983) o Grecia (oro en el Europeo de 1987). Praja abandonó la selección en 1986, pero lo hizo sabiendo que la nueva generación ya estaba lista para tomar el mando.

En 1987, Yugoslavia acudía al Europeo de Grecia con una selección recién salida de la cuna. Flanqueaban a Petrovic (22 años) los Radja (20), Divac (19) y Kukoc (18). Y la medalla de bronce conseguida sería la primera piedra sobre la que edificar el nuevo coloso del baloncesto europeo. Uno dirigido por Dusan Ivkovic y aderezado con la presencia, en el papel de actores secundarios, de Paspalj, Perasovic o Vrankovic. Uno, por supuesto, con la bandera tricolor con la estrella roja ondeando en lo más alto.

Lo confirmarían un año después, alzándose con la plata en los Juegos de Seúl ’88: había mimbres de sobra para hacer historia. Pero para aquel entonces el mundo empezaba a dudar sobre lo que había sido indudable. Los vientos del cambio empezaban a soplar con fuerza al Este del muro, amenazando el orden que había sobrevivido impertérrito a más de cuatro décadas. Los dos gigantes del bloque comunista comenzaban su fragmentación y los hermanos, poco a poco, se iban convirtiendo en extraños. Los nietos recuperaron las fronteras de las que sus abuelos les habían hablado. Los nacionalismos despertaron del coma inducido con el hambre del que lleva 50 años sin comer. Y no iban a renunciar a su trozo del pastel.

Por eso el Europeo de 1989, celebrado en Zagreb, adquiría una importancia aún mayor. Era la oportunidad de presentar al mundo un país unido. Y, una vez más, el parquet y los dos tableros fueron el universo paralelo donde nada ni nadie podía hacer frente a Yugoslavia. No solo se hicieron con el oro. Lo consiguieron de una forma abrumadora, derrotando en la primera fase por 35 puntos a Grecia, por 20 a Bulgaria, por 17 a Francia, otros 17 a Italia en semifinales y, de nuevo, superando por 21 puntos a los griegos para tomarse la revancha del Europeo anterior. Durante aquel mes de Junio del ’89, un equipo de baloncesto volvió a unir a un país que amenazaba con dividirse y el Hej Sloveni sonó de nuevo en Zagreb. Petrovic, Kukoc, Radja, Divac y Paspalj eran los políticos más influyentes de Yugoslavia. Y todo ello, sin ni siquiera pisar de cerca el Parlamento.

Al verano le sucedió el otoño y el de 1989 no fue uno cualquiera. Con la misma naturalidad que el Muro de Berlín, de un día para otro cayó el comunismo en Europa. El hambre y las penurias económicas fueron saciadas a base de romanticismo, ese que permitía a territorios históricamente sepultados acceder a la independencia. La República de Croacia era uno de ellos.

Y el panorama político de la república de escudo ajedrezado en 1990 ya lo conocemos. Partido nuevo en el cargo, pueblo con ansias nacionalistas y hasta su primer héroe deportista, más por karateka que por futbolista. Pero Yugoslavia seguía siendo un país y, como tal, una única selección representaba a todos los pueblos eslavos de los Balcanes en el Mundial de Argentina 1990. La misma que, un año antes, había reinado en Zagreb. El debate estaba servido. Entre otras cosas, debido a que en aquella selección los croatas (Petrovic, Perasovic, Cutura, Kukoc, Komazec) igualaran en número a los serbios (Paspalj, Divac, Curcic, Obradovic, Tomasevic), aun con Dino Radja ausente.

Esta podría ser otra historia más de cómo la selección nacional, lejos de dejarse influenciar por la controversia política, permaneció más unida que nunca para llevarse el título. Todo apuntaba a ello cuando la Unión Soviética capituló ante los chicos de Ivkovic por última vez. Petrovic y Divac, inseparables por su condición de pioneros (juntos derribaron la barrera de la NBA en 1989) se abrazaban en el centro de la pista. La historia, caprichosa, preparaba un giro inesperado. Uno que se coló desde la esquina de las pantallas que millones de teleespectadores contemplaban.

El incidente de la bandera.

El sentimiento nacionalista croata, como ya hemos visto, estaba de moda. Un aficionado desplazado a Argentina, la sede del mundial, se coló en la pista enarbolando la bandera de su nación. A escasos metros, Divac y Petrovic se fundían en un abrazo que pasó a la historia. Tenía tintes de despedida, aunque en aquel momento ni lo sospechaban. Divac vio a aquel croata orgulloso y se acercó a él, receloso de que cualquier tensión política pudiera robarle el foco al título mundial que su país había conseguido. La discusión entre ambos subió de tono hasta el punto de que el pívot, enfadado, arrancó la bandera croata de las manos del aficionado, dejando una imagen que ha llegado hasta nuestros días como testimonio de la caída de Yugoslavia. En cuestión de segundos, una generación dorada pasó de la gloria más absoluta a acariciar su final. Divac, un serbio de carácter bonachón para el que Yugoslavia era la única patria deseable, asestó, con aquel acto político, la puntilla a aquel grupo. Un equipo que, en su cénit (1989-91), fue mucho más que solo baloncesto. Y así estaban condenados a morir.

La transición, inevitable tras la polémica surgida en torno al incidente de Divac, se fue abriendo camino entre las filas de Dusan Ivkovic. De nada sirvió que Kukoc y Radja estuvieran en el Europeo de 1991, que también ganarían los yugoslavos. El equipo ya se había roto por la parte más sensible. Petrovic, fiel a su ferviente nacionalismo croata (pese a ser de padre serbio) había renunciado a la selección y cortado lazos con el que un día fuera su íntimo amigo. Un silencio que se volvió eterno en Junio del 93, cuando la carretera se lo llevó para siempre.

La historia no termina aquí. Tampoco en el 95, cuando el fuego de la guerra se coló de forma visible entre los que un día habían sido hermanos: los croatas, bronce, bajaron del podio cuando el campeón, Yugoslavia (integrada ya, únicamente, por jugadores serbios), recibía su medalla de oro. En un gesto sin precedentes en el baloncesto europeo Kukoc, Radja, Perasovic, Arapovic y Komazec daban la espalda a los que solo cuatro años antes habían sido sus compañeros. 22 años después de aquello, Croacia no ha vuelto a subirse a un podio.

En el año 2010, ESPN realizó un documental centrado en la carrera de Petrovic y Divac, con este último como protagonista y la aparición de Kukoc, Radja, Paspalj o Aleksandar Petrovic, hermano de Drazen y seleccionador croata en el 95. En él Divac, que ya ha restablecido lazos con los que una vez fueron sus hermanos, lanza una pregunta que cierra esta historia de la forma más amarga posible: con un interrogante. La final olímpica de Barcelona ’92 fue el último gran partido de Petrovic con la zamarra croata, la revelación de que a Kukoc le aguardaba un sitio en Chicago y también, una auténtica paliza del equipo americano, que se llevó el oro por 32 puntos de diferencia. Pero, ¿qué hubiera sucedido de haber jugado todos juntos?

Jamás lo sabremos. La aparición del Dream Team, coincidente en el tiempo con el desmembramiento de los gigantes europeos, daría lugar al escenario que llega hasta nuestros días: un equipo americano imbatible que solo deja las migajas por las que compite un número incontable de países, herederos de la gloria que un día consiguieron bajo otra bandera. Pero antes del Dream Team, existió un país que solo abandonaba su autodestrucción durante los 40 minutos que duraba el partido. La <<Hermandad y Unidad>> hecha equipo de baloncesto. A la generación dorada de Yugoslavia (1987-91), la obra maestra inacabada del baloncesto europeo, solo la derrotó la guerra. Y es justo reconocérselo.

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