Pablo

Conocí a Pablo en uno de esos veranos pegajosos y lánguidos que parecen alargarse como un chicle. En cuanto mi prima María hizo las presentaciones de rigor y nos miramos con los ojos inquisitivos de las primeras ocasiones supe que aquella no iba a ser una historia de amor. Nos conocimos en el malecón de un pueblo sin nombre del sur, de calles arenosas y aburridas. Era el primer verano que yo pasaba con mis padres allí y la idea de enfrentarme, aunque sólo fuera por unos meses a un sitio nuevo me intimidaba.

Mi prima fue mi mejor y única aliada durante aquellas primeras semanas. Solíamos quedarnos hablando hasta las tantas de la madrugada observando a través de la ventana el refulgir de las estrellas.

“Si ves que titila es una estrella. Si no, es un planeta.” me dijo una noche.

Yo la miraba con admiración. Tenía diecisiete años, dos más que yo. A esas edades, dos años son una eternidad, pero María nunca me trató diferente a como hubiera tratado a cualquiera de sus amigas. Creo que veía cosas en mí que yo ni siquiera podía adivinar.

El día que conocí a Pablo bajamos todos a la playa por la tarde. “Todos” lo componíamos una docena de jóvenes, la mayoría hijos de locales de la zona. María, otro chico y yo éramos los únicos de fuera. Mi prima parecía ser la más popular del grupo. No era para menos. Tenía una capacidad natural de hacer sentir cómodo a cualquiera que cruzase más de dos palabras con ella y tenía a todos los chicos del grupo embobados. A todos, excepto a Pablo.

Como pude ir observando a medida que se sucedían los días, Pablo era una criatura algo solitaria. De alguna manera, me recordaba un poco a mí. Tenía unos penetrantes ojos negros y una sonrisa que rara vez salía a la luz, pero que cuando lo hacía no dejaba a nadie indiferente. Así como María triunfaba indudablemente con los chicos, Pablo lo hacía con el sexo opuesto. Éste, sin embargo, parecía no darse cuenta del efecto que tenía o si lo hacía, no se aprovechaba de ello.

En una de nuestras noches en vela decidí sacarle el tema a María.

-¿Y qué? – comenté. – ¿No te gusta ninguno de los chicos del grupo?

Mi prima me miró como si supiera de sobra por dónde iban a ir los tiros.

-Martín quizás. Es mono.

Arrugué la nariz. Para mí Martín no tenía nada de mono.

-Ya… – se rio María leyendo mi expresión. – Ya sé que no es Brad Pitt, pero es muy listo. Lee mucho y creo que escribe poemas.

Sonreí.

-Te pega. – le dije.

Asintió con la cabeza y me miró.

-¿Y tú qué? – me dijo enarcando las cejas.

-¿Yo? ¿Yo qué?

-Me dirás que no has venido a preguntarme por Pablo.

Enrojecí violentamente.

-Eh. – María posó una mano tranquilizadora en mi hombro. – Tranqui. Pablo es majo.

-Sí, ya. Majo ya sé que es. Pero, ¿tú crees que…? Parece un tanto solitario.

-Pablo es así. Independiente. Le gusta pasar tiempo sólo. No es tan raro. A mí también. – Añadió encogiéndose de hombros.

Nos quedamos en silencio.

-¡Lo que necesita es un alma cosmopolita como tú! – me animó. – Venga primi. Y ni te preocupes por tu padre. Yo te cubro.

Pasaron los días y a la tercera semana fuimos todos en autobús a una playa cercana. Durante el trayecto, Pablo y yo nos sentamos juntos. Recuerdo que me sorprendió el olor que emanaba de su piel, una mezcla de madera y jabón. Tenía unos dientes blanquísimos, perfectamente alineados y un lunar bajo el ojo izquierdo. En un momento dado y sin saber muy bien cómo llenar el silencio farfullé:

-¿Has llevado brackets?

Inmediatamente después quise abofetearme. María, que iba un par de asientos por delante y que tenía una oreja puesta en nuestra conversación se giró para lanzarme una mirada de extrañeza. Creo que se lo estaba pasando en grande haciendo de celestina.

Cuando llegamos a la playa nos dispusimos a comernos los bocadillos que habíamos traído de casa. Después nos tiramos a descansar en la arena, con las toallas esparcidas en un radio de cinco metros. La mitad de los chicos se quedaron dormidos a excepción de Martín y Pablo. El primero le propuso un paseo a María y mi prima se alejó colgada de su brazo tras guiñarme un ojo. La envidié.

Pablo y yo nos quedamos solos, un poco apartados del resto del grupo, que dormitaba al sol. Nos mirábamos de vez en cuando de reojo con la certeza de quien sabe que algo está a punto de pasar sin estar seguro de qué o cuándo.

-Tendrían que haber ido hacia el otro lado. – dijo Pablo de repente.

Le miré sin comprender.

-Martín y tu prima, tendrían que haber ido hacia allá. – repitió señalando el lado derecho de la playa. – Hay unas cuevas muy bonitas. – Añadió.

Nos quedamos unos segundos en silencio tras los cuales Pablo se levantó de un salto.

-¿Quieres verlas?

Anduvimos en silencio hasta que llegamos a un recoveco donde sólo se oía el sonido distante de las olas. Pablo no se lo pensó dos veces. Me cogió de la mano y tras empujarme suavemente contra la pared posó sus labios sobre los míos. Le respondí al beso con urgencia, como si lo que estábamos haciendo estuviera prohibido. Y quizás lo estaba. Creo que ninguno de los dos lo tenía claro.

Nos separamos al cabo de unos minutos con la respiración entrecortada. Así, con sólo una mejilla iluminada por la claridad del mar me pareció el chico más guapo que había visto y así se lo dije.

Su risa hizo eco en la cueva.

-Lo mismo digo, Adrián.

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