Father John Misty o la incierta virtud de la ironía

El pasado 7 de abril, al fin, el músico estadounidense Josh Tillman, inseparable alter ego de Father John Misty, publicaba su tercer álbum, Pure Comedy. Había mucha expectación en torno a esa fecha, pero lo cierto es que nadie – ni entre sus más fieles seguidores, ni entre los que en los últimos meses se enteraron por Pitchfork de quién era este personaje – esperaba sorprenderse con el resultado. Y en efecto, el disco conserva ese ingrediente ácido, decadente y pretencioso que ha convertido la firma del artista en un género en sí mismo. En cuanto a la temática, Tillman avisó con tiempo, anunciando su nuevo trabajo como un golpe implacable, una historia de amor-odio sobre una especie condenada a la catástrofe.

A principios de este verano, durante su actuación en el festival XPoNential, en Nueva Jersey, Tillman dejó de cantar y, durante más de quince minutos, habló de la corrupción de la sociedad y la cultura occidental, que según él ya anticipaba la elección de Donald Trump. Tras este discurso, más distópico que revolucionario, el público aplaudió emocionado, como si la tormenta les hubiera pillado bailando y no sintieran que el barro por las rodillas. Meses más tarde, todos recordaríamos vagamente aquel monólogo cuando, a modo de adelanto, salió a la luz la canción que da título al álbum:

The comedy of man starts like this
Our brains are way too big for our mothers’ hips
And so Nature, she divines this alternative
We emerged half-formed and hope that whoever greets us on the other end
Is kind enough to fill us in
And, babies, that’s pretty much how it’s been ever since

A la manera de un romance a través de la cuarta pared de un cine, como en La Rosa Púrpura del Cairo, la actuación de Tillman desmontó la maquinaria de su poética folk para demostrarnos que el mundo en el que vivimos no es otro que el que creamos, o más a menudo el que creemos. Pero dejemos antes algo claro: la música de Tillman nunca se ha entendido dentro de la idea de “canción protesta”, lejos del compromiso político de otros artistas cuyas letras podrían imprimirse en pancartas (desde Joan Báez a Manu Chao, desde John Lennon Báez a M.I.A, hablamos más de una tradición que de un género o generación). Y sin embargo, es desde su torre de marfil, desde ese palacio del exceso que él llamó “Chateau Lobby”, donde el artista grita a la tierra. En cualquiera de sus álbumes, Father John Misty pretende desenmascararnos. Es su galería de imágenes grotescas y oníricas lo que nos hace reaccionar, revelando la ficción absurda de la vida millennial y la broma infinita sobre la que se construyó el sueño americano. Más allá de su voz grave y su valiente exploración de los límites del folk, la música de Tillman no interesa a todo el mundo. Él conoce mejor que nadie los riesgos de las estrofas políticamente incorrectas o las canciones de más de diez minutos y una solemnidad evangélica. Sin embargo, no se puede negar que hay una lucidez terrible en su uso de la ironía, un deseo de buscar la pureza desde el exceso de imágenes y la mezcla caótica de acordes.

Sus letras tienen una belleza incómoda que elimina toda posibilidad de alivio y nos hace cuestionarnos el arte como escapismo. A fin de cuentas, parece decirnos, esa tragicomedia exagerada y absurda no es otra que la historia de nuestro querido planeta. En ese sentido, Pure Comedy es tanto los 75 minutos de folk-pop agridulce y delirante como otros episodios más crudos de la realidad en la que surge. Hay que decir que Father John Misty, igual que su amiga Lana del Rey o Sufjan Stevens, es otro de esos músicos postmodernos cuya obra incluye buena parte de su persona. A juzgar por su biografía, Tillman parece llevar al límite de lo privado esa identidad contrariada que muestra en público: la del músico que es a la vez simpático y arrogante en directo, que consume LSD en el backstage para luego aparecer recién peinado al escenario, que pretende regresar a la bohemia de sus veinte años en Seattle desde su casoplón de Los Ángeles.

Su hábitat, al final, es ese espacio indefinido entre dos términos opuestos. Desde que en 2012, tras nada menos que seis álbumes, Tillman abandonara la pista nostálgica de la canción americana para ocupar la piel de su propio Frankenstein con su álbum debut, Fear Fun, se ha escrito prácticamente todo sobre Father John Misty. Y es quizá su propia fantasía de vivir al margen lo que a menudo lo sitúa en el centro de la crítica. Parece gustarle la idea de ser el caballero oscuro del universo Pitchfork y a la vez el hijo pródigo de la MTV. Pero, después vender el extravagante y perfecto retrato de su matrimonio en su segundo álbum, I Love You, Honeybear, escribir varios de los temas del monumental Lemonade de Beyoncé, y adorar públicamente a Taylor Swift como si a todo el mundo le importara, Tillman sabe cómo advertirnos del peligro de creer que, en plena era digital, todos podemos permitirnos ser la versión más perfecta de nosotros mismos. Lo hace en “Total Entertainment Forever”,  la canción pop más refrescante de Pure Comedy, donde condena la comodificación masiva que ejerce la industria del entretenimiento, que a través de un discurso banal y un culto a la mera imagen, reduce toda cultura a pornografía.

Pure Comedy mantiene los soliloquios propios del profesor de filosofía de secundaria desencantado con el pensamiento occidental y la sensibilidad decadentista asentada en un eterno paisaje de Hopper, pero cambia el relato autobiográfico por la sátira social democratizada. Las letras están escritas desde un narrador en primera persona que recuerda un poco al personaje de Rorschard en Watchmen, ese antihéroe locuaz y autodestructivo que se siente dentro y fuera de ese mundo que condena, en esa prosa recargada a medio camino entre el sentido del humor y la mala leche:

Oh, I was pissing on the flame
Like a child with cash or a king on cocaine
I’ve got the world by the balls
Am I supposed to behave?

Ya sea como álbum o como crónica esperpéntica, Pure Comedy es un trabajo asombroso, que confunde en cada giro narrativo, en esos momentos en los que uno se da cuenta que no sabe en qué bando de esta tierra juega Tillman, si todavía existen héroes y villanos o tan sólo supervivientes de una élite de “homófobos, hipsters y el 1%”. Lo único que deja claro es que, en su versión más pura, la comedia humana existe en el mismo plano de la tragedia. En este sentido, quizá la ironía sea una buena forma de resistir a la muerte lenta de nuestros valores. Ahora bien, no es suficiente con desmontar las grandes narrativas del mundo contemporáneo mientras te resistes a salir de ellas. Un disco como éste tiene ese gran potencial catártico tan necesario en la cultura de ahora. Pero una risa trágica que no debe aliviar, sino conmover, agitar y llamar a la acción conjunta. Quizá sea la responsabilidad del público dejar de bailar en el barro y encarar la tristeza. Quizá, en vez de marchar sólo en actitud vigilante, sea mejor hacerlo en masa, muy visibles, el día después de las elecciones.

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