Poesía, drogas, sexo y un revólver

Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, dos de los poetas más primordiales de finales del siglo XIX, fueron dos almas de alto voltaje que se atrajeron y repelieron hasta protagonizar una de las trifulcas más célebres de la historia de la literatura. Ambos fueron personalidades excesivas, desequilibradas, grandiosos escritores que trabajaron hasta la locura y que vivieron en un mundo lleno de los más excéntricos delirios. A pesar de sus poesías, ambas celebridades dejaron atónita a la sociedad de su época por sus extravagancias y disparatadas actitudes, además de por su relación homosexual, tan “inmoral” para la “decente” burguesía europea. Tuvieron la costumbre de vivir de manera desenfrenada, sin límites. Quizá demasiado rápido. Quizá demasiado mal.

Ignoro cuáles son sus problemas con Arthur, pero siempre he supuesto que el desenlace de esa relación sería desastroso. ¿Por qué?, me preguntará usted. Sencillamente porque aquello que no autorizan ni aprueban unos padres buenos y honestos no puede hacer felices a los hijos.

(Carta de Vitalie Rimbaud, madre de Arthur Rimbaud, a Verlaine)

Ya desde joven, Verlaine empezó a escribir poesía, una poesía romántica y sensible en la que el mundo gozaba de una radiante armonía. Sin embargo, no tardó en abandonar esta delicada visión de la vida, que cambió radicalmente cuando ingresó en la Facultad de Derecho de París. Prueba de ello es su obra Poemas saturnianos (1866), que trata el infortunio al que está condenado sin salvación posible el que nace, como él, bajo la marca de Saturno.

Por aquel entonces, empezó a frecuentar el Barrio Latino  y a tener como su más leal compañera a la bebida, que se acabó adueñando de él hasta hacerlo famoso entre la sociedad parisina por sus tan escandalosas borracheras. Después de sumirse en una profunda tristeza en los cafés parisinos escribiendo versos, su genio fue reconocido dentro del círculo literario de la capital francesa. Si bien siguió bebiendo como un frenético, su vida mantuvo un cierto equilibrio por el reconocimiento y la calidad de su poesía y por la familia que empezó a formar con su mujer, Mathilde Mauté. Fue su encuentro con el joven y rebelde Arthur Rimbaud lo que terminó enloqueciéndolo para siempre y llevándolo a la más crónica locura.

La vida de ambos poetas dio un giro cuando se conocieron el verano de 1871, momento en el que empezaron una tumultuosa relación amorosa y artística. Verlaine, que en esa época tenía veintisiete años, recibió una carta de un misterioso joven que contenía un poema titulado “El barco ebrio”. Verlaine, deslumbrado con semejante talento, le respondió enviándole una carta con un pasaje a París.

Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos.

Paul Verlaine.

(Primera carta de Verlaine a Rimbaud)

Rimbaud, que en aquel momento tan sólo tenía diecisiete años, ya se había internado con gran distinción en el mundo de la poesía y había adoptado una actitud provocadora ante la vida: entraba y salía de las Ardenas, con ganas de experimentarlo todo y de expandir sus dotes artísticas. Finalmente, después de recibir la carta de Verlaine, abandonó su hogar para instalarse en la Ville Lumière.

Verlaine, que esperaba encontrarse a un hombre próximo a su edad, se tropezó con un muchacho en pleno crecimiento con el rostro de ángel botticelliano. Tanto Verlaine como Rimbaud no pudieron ocultar su asombro al verse y pronto sintieron, el uno por el otro, una fuerte atracción sexual, a la que se unió la pasión común por la poesía y la bebida, convirtiéndose desde el primer momento en una pareja escandalosa.

Los dos poetas fueron apartándose, cada vez más, de la vida literaria y pasaron la mayor parte del tiempo en los cafés, bebiendo hasta desfallecer y permaneciendo en un estado de embriaguez  permanente hasta que los locales cerraban las puertas. Entonces, seguían con la juerga en el cuarto de Rimbaud, drogándose y gastando el capital en orgías. Así es como alcanzaron juntos el long et raisonné dérèglement de tous les sens (largo y razonado desarreglo de todos los sentidos). Mientras que para Verlaine los excesos no significaron más que el simple gozo de los sentidos, para Rimbaud significaron el culmen de las alegrías del éxtasis, un estado sublime que alcanzó sacrificando su salud, pureza y dignidad.

Después de escandalizar a la familia de Verlaine, al círculo literario parisino y a toda París, Rimbaud decidió huir a Londres de la mano de Verlaine, que abandonó a su esposa. Una vez allí, ambos gozaron de cierta estabilidad emocional, pero como todo en la vida de estos poetas, el equilibrio duró poco y Verlaine no logró aguantar las humillaciones constantes a las que Rimbaud lo sometía y, desesperado, se refugió en la bebida y escapó a Bruselas para intentar arreglar su relación con Mathilde. Rimbaud, atormentado ante el abandono de su amante y sumido en la autocompasión, escribió a Verlaine:

Si tu mujer vuelve contigo, desde luego no te comprometeré escribiendo, -no te escribiré nunca. Lo más auténtico que te puedo decir es: vuelve, deseo estar contigo, te quiero. Si me escuchas, demostrarás valor y sinceridad. De lo contrario me das pena. Pero te quiero, te quiero y volveremos a vernos.

Ante la negativa de su amado de volver a Londres, Rimbaud escapó a Bruselas para retener a su lado a Verlaine. Una vez allí, retomaron de nuevo el tormento: drogas, sexo y peleas. La tarde del 10 de julio de 1873, Rimbaud, dispuesto a volver a París, se encontró con un encolerizado y borracho Verlaine que le asestó dos tiros con un revólver, consciente de que no podía mantener a su amante de la manera que él quería.

Aquellas dos balas no mataron a Rimbaud, pero sí pusieron punto y final a los dos años de relación entre los amantes. Verlaine, condenado a dos años de prisión, se reencontró con Rimbaud a la salida de la cárcel en 1875. Aquel encuentro acabó en una tremenda borrachera y una enorme pelea a puñetazos, que resolvió el caos de su turbulenta relación entre sangre, moratones y algún que otro llanto.

Esa fue la última vez que los “amantes malditos” volvieron a verse. Rimbaud, de vuelta a las Ardenas, terminó su legendaria obra autobiográfica Una temporada en el infierno (1873). A los diecinueve años escribió cuanto escribió y abandonó la poesía para siempre. Poco después, se embarcó en la aventura de intentar comenzar una nueva vida en el continente africano. A los treinta y siete años, como siempre precoz, la vida de Rimbaud llegó a su fin en un hospital de Marsella, víctima de un tumor de hueso en la rodilla que avanzó rápidamente por todo su cuerpo.

Verlaine nunca pudo recuperarse y se sumió de lleno en el alcohol, sufriendo la degradación progresiva de su persona y muriendo, consumido por múltiples enfermedades, completamente solo a los cincuenta y dos años de edad en París. Así es como dos de los más grandes poetas que la tierra ha conocido se autodestruyeron en una relación viciosa, llena de lujuria y mucha locura, a la vez que productiva, que abrió la vía a las vanguardias literarias, a la bohemia y a la total entrega al arte.

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