Westbrook como estado de ánimo

Eran un dúo. Casi inseparables. Su energía, deseo, constancia y mentalidad unido a un talento inagotable y desmesurado. Juntos eran imparables y tan sólo muy pocos eran capaces de neutralizar esa unión tan potente. Sabían que si se mantenían uno al lado del otro el máximo tiempo posible, la gloria llegaría algún día a pesar de la dureza de la competencia.

Pero ante la posibilidad de ganar lo antes posible, se abrió una nueva ventana y una carta lo cambió absolutamente todo. Ese vínculo se fue al traste.

Esos 352 caracteres distorsionarían todo lo que estaba por venir. El autor que escribía unas líneas que, a la postre, derrocharían un sentimiento de impotencia, incredulidad y tristeza en unos, entusiasmo y alegría en otros. Entonces sólo había una cosa clara: ese 4 de julio de 2016 lo cambiaría todo para siempre. El mismo autor sabía de sobra que esas palabras que publicaría en The Players’ Tribune provocaría un aluvión de duras críticas hacia él, pero la decisión estaba tomada. Lo que parecía improbable semanas atrás se haría realidad y un nuevo escenario se abriría ante todos.

Y también para un individuo en concreto. Antes y después de conocer la decisión de su compañero de aventuras, él ya estaría preparado. Siempre lo estaba, porque estaba en su ADN. Esas líneas, con un aire a traición por unirse al enemigo y medrar su poder, alimentaban todavía más su voraz espíritu competitivo. El liderazgo de un equipo y toda una ciudad recaería oficialmente en sus manos. Él tenía que hacerse cargo de una franquicia herida de corazón y orgullo. Un reto que en algún punto de su carrera ya asumió con gusto, pero ahora sería uno que se adueñaría de su día a día.

En el 4 de Julio de 2016 el destino cambió de forma radical. Era el preludio de que algo grande se avecinaba. Algo indomable y devastador. Russell Westbrook iniciaba su aventura como líder en solitario después de estar unos años en la sombra. Y el desafío no podía ser más goloso para él. Lo ansiaba.

Ese día se cerró una etapa. Kevin Durant, su compañero durante los últimos ocho años, decidió que era hora de partir y de iniciar un nuevo capítulo, dejando atrás casi una década de crecimiento, de madurez y consagración junto a Russ y a toda una ciudad que confiaba en ese binomio para llevarlos a la gloria. Kevin se iba a los Warriors, un equipo en pleno apogeo, histórico por los registros y por la identidad adoptada, y con ganas de redención por el fracaso de los últimas Finales. El proyecto de Oakland era más que ilusionante y le prometieron que allí estaría libre de presión. Era difícil decir que no a una tan tentadora propuesta, pero más difícil era decir adiós a la que fue su casa las últimas ocho temporadas.

Ese sentimiento de falsedad y deslealtad a la franquicia y toda una ciudad que la apoyaba era irrebatible. Del amor incondicional al desprecio. Eso no hizo más que avivar el fuego interno de Russell. Esa agria sensación de traición la usaría como algo más que una motivación.

A partir de ahí, empezó una nueva vida para él. Y Oklahoma, con él. Esa fractura la superarían juntos, y una muestra evidente era el acuerdo alcanzado en verano con la franquicia, una extensión que le ataba tres años más con los Thunder. Tiempo suficiente para sanar todas las heridas y empezar un nuevo ciclo.

Con él al mando, la bestia era liberada. Con la marcha de Durant, Westbrook brotaría como un sistema único. Adquiriría dimensiones impensables, hasta el punto que si caía él, caerían todos. La dependencia de los Thunder en él y su interminable energía sería (y es) un riesgo necesario.

A la vez, la adrenalina para poder funcionar todos juntos sería su mejor aliada. Russ como sistema, el ímpetu para romper todos los esquemas. No existiría un período de calma, sólo caos, porque eso Westbrook lo representa mejor que nadie y porque su instinto depredador impide que haya cualquier atisbo de tranquilidad. Él atropella, como si le fuera la vida en ello.

Y 2016/17 ha sido el año en el que se ha experimentado una revolución. De otra representación del ‘one-man-show’ a gran escala que personificaron leyendas de la magnitud de Kobe Bryant, Michael Jordan, LeBron James o Allen Iverson, entre otros.

Y ahora, él. Una temporada individual y estadísticamente prodigiosa en todos los sentidos, llegando a normalizar lo absurdo, superando límites inalcanzables. Un despliegue sobrehumano noche tras noche se ha convertido en no sólo una vía para conseguir el triunfo a cualquier precio, sino también en una necesidad vital. El triple-doble sería su sello propio. 42 triples-dobles en 80 noches. Una campaña sólo al alcance de verdaderos animales competitivos. Russ no sólo igualaría el récord de todo un mito viviente como Oscar Robertson, lo superaría.

Contaba Westbrook que, de pequeño, habiendo crecido en Los Ángeles, desconocía la existencia de Oklahoma. Ahora, esa ciudad le pertenece, forjándose un fuerte vínculo con toda una comunidad a base de trabajo, compromiso y sacrificio.

Russell Westbrook ya es un mito viviente de la franquicia de Oklahoma City. Su temporada, imborrable, ya forma parte de los libros de historia del deporte de la canasta. Él no cree en imposibles. Y si Russ cree poder derribarlos, OKC también.

Westbrook es algo más que un simple jugador de baloncesto. Simboliza un estado de ánimo.

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