Historia de un extra-pass

El balón bota mientras las décimas se desvanecen en el marcador. Los defensas miran desesperados con la tensión de saltar a la ayuda. Harden levanta el puño, Nene se mueve y a partir de ese momento se desata el caos. Los bloqueos indirectos se suceden, los intercambios de posiciones son imperceptibles… Y así, sin que el ojo del espectador lo aprecie el balón ha llegado a una esquina y el tirador está liberado. Llámale Trevor Ariza, llámale Ryan Anderson, da igual, Mike D’Antoni lo ha vuelto a conseguir y tú te has vuelto a equivocar.

Es mayo de 2014, el famoso hombre del bigote abandona los Lakers por la puerta de atrás tras un continuo y bochornoso calvario. Los Ángeles ha tragado y succionado a un entrenador referencia durante los 2000, nada más y nada menos que a Mike D’Antoni. La prensa ha cumplido su función, encontrar en D’Antoni el culpable perfecto para salvaguardar el honor de la institución angelina y así tapar las vergüenzas de su GM, Mitch Kupchak. Triunfar en la ciudad de las estrellas no es fácil y menos cuando el líder de tu equipo es un señor apellidado Bryant. Llevar a los Lakers supone aceptar que independientemente de tus resultados, tu asiento siempre estará a la venta.

Mike tiene una espina clavada, lleva el fracaso tatuado en la espalda y ha perdido la credibilidad que se granjeó en Phoenix. Ni con Kobe ni con Melo, las dos grandes ciudades del país le han denegado su entrada. El fin se vislumbra para un genio que anticipó el baloncesto del siglo XXI.

La locura es una palabra que va atornillada al apellido D’Antoni. Un hombre que tiene por bandera la libertad del jugador, una especie de caos ordenado que se une al poder de decisión individual. En definitiva, el arma de destrucción más peligroso del baloncesto: la impredecibilidad. Y es que, aunque muchos no lo sepan, en el mundo del baloncesto, eso de dar libertad a los jugadores se lleva muy mal. Esa mirada de paternalismo unida a la ciega desconfianza es lo que da pie a aburridos encuentros donde todo está medido, casi pactado entre ambos príncipes (si me permitiréis este símil maquiavélico). Todo esto hace que se produzca un fenómeno que en España llevamos tiempo sufriendo, el vaciamiento de los pabellones.

El fast-break, el jugar llegando, el extra-pass, todo ello converge en un bigote, el de Mike D’Antoni. Un hombre que visualizó una idea del juego de Naismith como una batalla sin fin y que entendió un aspecto muy sencillo como algo prioritario: hay que atacar más veces para marcar más. Un argumento que resulta insultantemente obvio, pero que muchas veces obviamos. Cualquiera que vea un partido de un equipo de D’Antoni es probable que espute: “Cuantísimos puntos, como se nota que en la NBA no se defiende”. Seguramente hayas oído esto cientos de veces. Un argumento aplastantemente lógico, más puntos es igual a menos defensa, una ley universal, por supuesto. Un esencialismo a extinguir y que intenta vendernos aquello de que si no defiendes no mereces ganar.

Como muchas veces comenta el compañero de Farhampton Mag Nacho Juan, aquí quien gana el partido es quién mete más veces la pelota naranja en el aro contrario. Cualquier lectura complementaria resulta fútil cuando el deporte profesional lo marca el resultado final. Y de eso trata Mike D’Antoni.

El de Virginia cocinó la ecuación perfecta uniendo los dos factores principales del baloncesto: timing y spacing. A partir de esos dos conceptos, Mike puso en marcha algo imparable, un ritmo de juego vertiginoso que en Phoenix rompió todos los esquemas previos y dio pie a una revolución en el juego, eso que llaman “baloncesto moderno”. Mike determinó que para producir un cortocircuito en el rival y romper cualquier tipo de defensa el ataque debía resolverse en menos de 7 segundos desde que se iniciase el juego, pasado ese tiempo todo se complicaba. Algo que en mete de cualquier otro podía suponer perder el control, pero no cuando sabes perfectamente que ese es tu objetivo.


Sin el hombre del bigote no podría entenderse el éxito de los Warriors, un equipo que se sustenta en conceptos que percibimos en la esencia del maestro de bigote. Intercambios, indirectos, tiros en movimiento y la búsqueda desesperada del tiro liberado. Su llegada a Houston supuso un volver a empezar, una última intentona para demostrar que tenía razón. Las condiciones para lograr el triunfo son las adecuadas, la escuadra comandada por Harden como pieza angular puede despedazar cualquier rival a partir del caos. D’Antoni le ha puesto correa al lobo y le ha enseñado a cazar.

Con el arma cargada, el balón en juego y las ansias de victoria, Mike D’Antoni ha lanzado la moneda al aire en estos Playoff, la fortuna y los dioses del baloncesto determinarán el destino de unos Rockets que han hecho del tiempo y el espacio un arma imparable.

Al final, el señor de bigote nos avisó de que esto del baloncesto iba de meter más que el rival y no de mantener una esencia que no existe.

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