Tiznada

En la tetera hierve el agua. El cielo se ha despertado límpido, de un azul pálido casi blanco. Desde la ventana de la cocina veo la higuera, mucho más alta que la última vez que estuve aquí. Observo la quietud del momento y echo de menos a la gata en la repisa de la ventana. Es como si a la estampa del jardín le faltase algo. Siempre he tenido una relación de amor-odio con nuestra casa del monte. He pasado aquí incontables veranos de la infancia, cazando saltamontes y haciéndome amiga de los gatos callejeros, pero a medida que pasan los años me voy haciendo más reticente a venir.

Hacerse amigo de un gato no es fácil. Incluso cuando te has ganado su confianza nunca tienes claro si realmente has creado un vínculo o si el felino en cuestión sólo quiere leche. Son animales interesados. Pero yo les quiero igual.

A lo largo de todos estos años hubo una gata en particular que recuerdo siempre con mucho cariño. Mi abuela le puso el nombre de “Tiznada” por el color de su pelaje. A todo el mundo le parecía un nombre horrible, pero yo siempre pensé que le pegaba. Cuando apareció, la higuera apenas levantaba un palmo del suelo. Siempre fue muy cariñosa. Por las mañanas no faltaba a su cita con el desayuno y yo era la primera en bajar corriendo las escaleras, impulsada por una curiosa sensación de responsabilidad felina. Tiznada solía llevar una garrapata pegada en la oreja derecha y mis padres me aconsejaron siempre ponerme guantes para acariciarla. Lo hice durante un tiempo, pero luego desistí. No era lo mismo.

Tiznada tuvo crías un par de veces. La primera camada que vio nuestro jardín la componían dos gatos minúsculos que desaparecieron unos días después de haber nacido. La ley de la calle se cumple para todos. En sus primeros y escasos días de vida, Tiznaba me dejaba sentarme a un par de metros mientras les amamantaba. Yo me quedaba en silencio, todo lo quieta que podía. Si hacía algún movimiento o ademán de levantarme, Tiznada protestaba. Era un sonido efímero, apenas un amago de maullido, pero el mensaje estaba claro: “No te muevas.”

No sé cuántos veranos estuvo Tiznada con nosotros. Un día, un año después de haber tenido cachorros, la vi subir la cuesta hacia el pueblo. La llamé, pero no se dio la vuelta. Fue la última vez que la vi. Creo que sabía que se había hecho mayor y estaba buscando un sitio donde tumbarse a descansar para siempre. Por el barrio quedaron Bolita y León, sus hijos. León fue siempre muy esquivo, pero Bolita acabó por acostumbrarse al tacto humano. Yo me lo tomaba con calma. Cada día le ponía el cuenco de leche un poco más cerca y me quedaba quieta, esperando a que terminara de beber. Al cabo de un tiempo se dejaba tocar. Fue toda una victoria.

Hoy han pasado muchos veranos desde aquello. La casa está en venta y la crisis barrió hace ya tiempo los posibles compradores. Por las mañanas, después de desayunar me siento en el escalón del porche, en algún resquicio de sol, con el libro de turno en las manos y me siento a esperar a que aparezca algún gato.

Mientras tanto la higuera sigue creciendo.

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