Liberté, egalité y fútbol

París, 12 de Julio de 1998. 80.000 personas abarrotan el Stade de France. Muchas más contemplan la escena por televisión. Suena el himno de Brasil y la cámara se para frente a los protagonistas: Cafú, Roberto Carlos, Bebeto, Rivaldo, Ronaldo, hasta llegar al impertérrito Dunga. Francia entera descubre la magnitud de lo que estaban a punto de hacer o, al menos, de intentar. Tenían que arrancarle la Copa del Mundo de las manos a los mejores jugadores del planeta, a los campeones cuatro años antes en Estados Unidos, al país más laureado de la historia del fútbol.

La preocupación se convierte en euforia cuando suenan las primeras notas de La Marsellesa. Ahí están, los once soldados al servicio de la República, el batallón dispuesto a que Francia tenga su revolución también sobre el césped. El Stade de France al unísono entona y cuando todo acaba, nadie duda: Le jour de gloire est arrivé. No hay un solo francés que no esté pendiente del partido, que no esté ansioso por ver a sus hombres reventar los pronósticos. ¿O tal vez sí?

La historia nos ha dado ejemplos de sobra de la perfecta identificación entre deporte y nacionalismos. Quizá por eso nos extrañe encontrar la más ferviente oposición a L’Equipe de France en el punto más a la derecha de la ultraderecha. Pero así era. Y su estandarte, un apellido de sobra conocido por todos hoy en día: Jean Marie Le Pen, presidente del Frente Nacional francés y antiguo paracaidista, fue el primero en levantar la voz contra la epidemia migratoria que asolaba a un equipo por el que decía no sentirse representado.

Lo hizo en 1996, dos años antes del Mundial que se iba a celebrar en su país y en una reunión del partido, que había recibido 3 millones de votos en las elecciones a la Asamblea Nacional de 1993. Su sueño de llegar a la presidencia no estaba tan lejos, pues en 1995 más de 4 millones de franceses habían confiado en él en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, un 15% que no distaba mucho del 20% y el 23,3% obtenidos por Chirac y Jospin, los elegidos para pasar a la segunda vuelta. En definitiva, el mensaje de Le Pen no caía en saco roto.

En un intento de ser ingenioso al tiempo que racista, Le Pen bautizaría a aquella selección. Según el, al igual que la bandera francesa, el equipo estaba compuesto de tres colores: black (los negros), blanc (los blancos) y beur (siendo este último un término despectivo con el que se designa a la población de origen magrebí). Entre los primeros, tanto jugadores caribeños (Thuram, Lama) como africanos (Desailly, Vieira), el neocaledonio Karembeu y otros nacidos en suelo francés como Henry o Diomède. El segundo grupo, encabezado por Fabien Barthez, Didier Deschamps y Laurent Blanc, la columna vertebral del equipo. En el tercero, sobresalía la figura de Zinedine Zidane.

Viene bien esta clasificación para ver que la fila del centro, la de los blancos, tampoco era tan homogénea como la pintaba Le Pen. Aquella selección no solo era multirracial, también multiétnica. La tez de los futbolistas solo diferenciaba a uno del resto, Youri Djorkaeff, de origen mongol y armenio al mismo tiempo. Pero en la lista de convocados había armenios (Boghossian), portugueses (Pirès), italianos (Candela) o vascos (Lizarazu).

Una situación que no era nueva, pues Francia fue un gran receptor de inmigrantes europeos durante todo el siglo XX. Dos de ellos, los padres de su primer Balón de Oro, de nombre Raymond y que acortó su apellido (Kopaszewski) una vez llegó a internacional con Les Bleus y no con Polonia. Más adelante, durante la década de los 80, los franceses disfrutaron de la mejor selección (hasta entonces) de su historia, en la que crearon el concepto del carré magique. Un centro del campo en rombo integrado por Alain Giresse, el maliense Jean Tigana y Bernard Genghini, de ancestros italianos, que alternaba su puesto con el francés de Tarifa más ilustre, Luis Fernández. En la media punta siempre el mismo, el mejor jugador de la historia de Francia, aunque no por ello el apellido Platini es menos italiano. El entrenador, por cierto, llevaba Hidalgo por apellido.

Volviendo a 1998, la papeleta que tenía entre manos Francia era complicada. Se preparaban para su primer torneo internacional tras seis años sin clasificarse para uno y se habían ausentado de dos Mundiales de forma consecutiva. Aquella no parecía una selección capaz de hacer un buen papel. Y mucho menos, de optar a un cetro que jamás habían conseguido.

Pero la fase de grupos acudió en ayuda de los de Aimé Jacquet. Bastaron las dos primeras citas, ante Sudáfrica y Arabia Saudí para descubrir que aquella división proyectada por Le Pen no existía sobre el césped. Francia solventó esos dos partidos dando muestra de una solidez defensiva sobre la que cimentar un triunfo y el mundo entero descubrió a un joven de 20 años y una zancada kilométrica. Aún no lo sabían pero Thierry Henry, entonces en el Mónaco, dominaría el panorama futbolístico durante la década siguiente desde el Norte de Londres. Con la clasificación ya en el bolsillo, un trallazo de Emmanuel Petit certificó la primera plaza del grupo ante Dinamarca.

Por muy buenas que fueran las sensaciones, Paraguay representaba un escollo mucho más duro de lo que su nombre podía indicar. Con un solo gol recibido en los tres partidos anteriores, la selección guaraní ya había eliminado a España a base de mantener la puerta bien cerrada. Jacquet lo intentó todo: Djorkaeff, Diomède, Henry y  Trezèguet, luego Boghossian, Pirès y el olvidado Stephane Guivarc’h, quizá el peor delantero que haya jugado en una selección campeona del mundo.

Pero el 0-0 resistía cuando quedaban 6 minutos para llegar a los penaltis, a los que Paraguay se encomendaba esperando que el mítico Chilavert parase (y seguramente anotase también) alguno. En ese momento, Pirès centró para la cabeza de Trezèguet, que cedió para la llegada de un artista invitado. Laurent Blanc, el defensa central de Les Bleus, se había cansado de esperar atrás a que sus compañeros resolvieran. Su excursión al área contraria tuvo el premio de la gloria. Fusiló a Chilavert y colocó a Francia en cuartos, estrenando así la norma del Gol de Oro.

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Laurent Blanc anotó ante Paraguay el primer Gol de Oro de la historia de los Mundiales. América TV

Sobrevivir a la muralla paraguaya cohesionaría aún más a ese equipo. Y el encuentro de cuartos de final, históricamente, la fase que sirve como criba para distinguir a los equipos grandes de los que no lo son, representaba el make or break definitivo para los franceses. Durante 120 minutos no se movió el marcador, lo cual ya era un logro viendo que Italia contaba en sus filas con Vieri, Del Piero y Roberto Baggio. Tras cuatro penaltis lanzados ambos equipos habían fallado uno, pero aquella era la Copa del Mundo de Francia. Laurent Blanc marcó y Luigi Di Biagio envió su penalti al larguero. Sin haber marcado un gol en el tiempo reglamentario los dos primeros cruces, Francia se había colado entre los cuatro mejores del mundo.

Jamás habían disputado la final de un Mundial. Tampoco su rival en semifinales, la debutante Croacia, que había roto todos los pronósticos al vapulear a Alemania en cuartos. Con la calidad de Prosinecki, la zurda de Jarni y los goles de Suker, los croatas amenazaban a los galos capitaneados por nuestro viejo amigo Zvonimir Boban. De nuevo, llegarían empatados a 0 al descanso.

Pero nada más arrancar el segundo tiempo la férrea defensa francesa capituló por un momento. Nadie sabía como, pero Suker estaba ya frente a Barthez y el balón besó las mallas. Croacia se adelantaba en Saint-Denis. Francia necesitaba un milagro para estar en la final.

Y el milagro llegó. Un milagro nacido en la isla de Guadalupe y que, a sus 26 años, ya se había convertido en uno de los mejores defensores del mundo. Eso sí, marcar goles no era lo suyo. Lilian Thuram había disputado 37 partidos con Les Bleus hasta entonces sin celebrar ninguna diana pero, cuando más aturdido estaba el equipo, apareció para devolverle a la vida. Croacia retuvo el balón demasiado tiempo y demasiado cerca de su propia portería. Thuram, apareciendo de la nada, robaría el balón como el gran defensa que era para, tras pase de Djorkaeff, definir como si del mejor 9 del mundo se tratase. Solo habían transcurrido 60 segundos tras el gol de Suker y Francia volvía a creer.

Thuram, crecido tras su primer gol como internacional, no había terminado. Transcurría el 70 de partido cuando una pared con Henry devolvía el balón al pico derecho del área donde Jarni, de nuevo, esperó demasiado tiempo. Thuram cargó contra él y el croata cayó como un muñeco. El balón rodaba a unos 20 metros de la portería manso, esperando a su cita con la historia. A ella acudió Lilian Thuram, con un zurdazo que entraría en la meta ajedrezada con una rosca perfecta, como si de un gol de Arjen Robben se tratara.

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Thuram dispara con la izquierda para marcar el 2-1 frente a Croacia. Daily Mail

Francia resistiría pese a contar con un jugador menos en los minutos finales. Estaban en la final. De la magnitud de lo hecho por Thuram nos enteraríamos años más tarde, cuando dejó la selección con 142 partidos a sus espaldas (a día de hoy sigue siendo un récord) …y solo dos goles. Precisamente, los dos que le permitían a Francia disputar la primera final de su historia en un Mundial.

Y es aquí donde volvemos a la escena inicial, donde ilusión y miedo se mezclaban en las gradas de Saint-Denis. Los rumores decían que Ronaldo se había desmayado horas antes del partido pero, solo con ver la camiseta amarilla con el número 9, Francia entera se echaba a temblar. Suena La Marsellesa y Zidane la canta entre dientes, como si quisiera pasar desapercibido y no llamar la atención, algo que no importaba en absoluto a uno de sus compañeros.

Christian Karembeu, titular en la final, mantuvo el mismo semblante serio y la boca cerrada cuando sonaba el himno durante sus 53 partidos con Les Bleus. Tenía sus razones: un fuerte nacionalismo que ansiaba la independencia de su Nueva Caledonia natal (y que reconoció públicamente durante su etapa internacional) y, especialmente, el recuerdo de una historia que hoy nos costaría creer.

En 1931, cuando el imperialismo aún cotizaba al alza, se organizó en París una exposición colonial para dar a conocer a la gente de la metrópoli la clase de seres que habitaban sus colonias. Enjaulado a merced de sus visitantes y tachado de “caníbal” por sus captores, Willy Karembeu era una de las atracciones de la feria, que duraría hasta seis meses y recibiría más de 30 millones de visitantes. Cuentan que a su vuelta nunca fue el mismo, que aquella experiencia le había vuelto más agresivo. Y su nieto sabía por qué.

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Karembeu (19), con semblante serio. A su derecha Thuram (15), Lizarazu (3), Barthez (16) y Deschamps (7) cantan el himno. Libertad Digital

Pero una vez arranca el partido los rumores se confirman: Ronaldo es una sombra de sí mismo, una incapaz de sobrepasar a Frank Leboeuf, que suplía la baja por sanción de Laurent Blanc. Francia mandaba en el partido, pero hacía falta un gol para certificar la superioridad que se estaba viendo sobre el campo. Y de nuevo lo conseguiría de la forma más inesperada: Zinedine Zidane, el representante de la Francia de origen magrebí, apareció en el momento exacto para, de la forma más atípica, con dos cabezazos, darle a su país la primera Copa del Mundo. Brasil ni siquiera reaccionó ante la expulsión de Desailly y Petit, ya en el descuento, certificó la victoria por 3-0.

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Zinedine Zidane besa la camiseta tras marcar su segundo gol en la final. Playbuzz

Más de medio millón de personas se dieron cita en los Campos Elíseos para la celebración del título, pero también para darnos una de las grandes demostraciones de que el lenguaje es poder. Si hablar de los black-blanc-beur antes de la Copa del Mundo implicaba un tono despectivo hoy esos tres términos designan, no sin un toque nostálgico, a la mejor generación de futbolistas franceses de la historia.

Campeones del Mundo en 1998 y de Europa en el 2000, la influencia de Barthez, Thuram, Blanc, Desailly, Lizarazu, Deschamps, Karembeu, Djorkaeff, Zidane, Henry o Trezèguet abarca mucho más de lo que cabe en un campo de fútbol. Son los héroes que fundieron tres colores en uno solo: el azul de la camiseta, construyendo una patria a base de pases, centros y disparos a portería. En definitiva, son políticos de pantalón corto y botas de tacos que consiguieron algo que sus homólogos de traje y corbata no siempre podían: Que Jean Marie Le Pen se tragase sus palabras. Porque, como dijo Lionel Jospin, ¿a alguien se le ocurre un mejor ejemplo de unidad y diversidad que este equipo?

«Soy francés. Mi padre es argelino. Estoy orgulloso de ser francés y de que mi padre sea argelino» – Zinedine Zidane

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