Blue Effect, o cómo en el Este también se hacía buena música

Pensar en países socialistas es pensar en estereotipos y en culturas. Sea desde el folclore de la izquierda o desde la caricatura sesgada de la derecha, las imágenes siempre son las mismas, y lo más probable es que no pienses mucho en ello y te conformes con esa especie de revoltijo de símbolos e ideas superficiales.

Pero, a la hora de la verdad, caer en ese juego hace que te pierdas muchas cosas interesantes. Es más, cuando te pones a investigar un poco más sobre la vida y cultura de los países socialistas, muchas veces descubres que no todo son consignas, ni niños con pañuelos rojos de pioneros, ni represión. Obviamente, es innegable que esos elementos estaban presentes, pero casi siempre lo guay está más allá. En este artículo, hablaré de una de esas cosas que encuentras de improviso y que en realidad son las más geniales: una escena musical comparable e incluso más experimental que la de otros países.

Estamos en Praga en 1968. Una ciudad en efervescencia, y no es para menos: el líder del Partido Comunista Checoslovaco Alexander Dubček ha comenzado una ola aperturista en lo político y lo cultural, y a los ciudadanos les encanta, especialmente a la juventud, que se lanza a los bares y salas por las noches a escuchar la música que viene de fuera. Para agosto, los soviéticos habían invadido el país, Dubček estaba a punto de ser enviado a dirigir una planta maderera y el grifo cultural se había cerrado bastante, pero ello no impidió que tres músicos, dos de los cuales venían de una de las mejores bandas de una cultura rock incipiente en el país, los Matadors, se juntaran y empezaran a hacer música juntos. Para octubre, Blue Effect era una realidad.

Al principio, y siempre bajo la atenta mirada del gobierno, que obligó a cambiar el nombre de la banda a la traducción checa del original inglés, modrý efekt, el estilo era más que equiparable al de la escena beat británica de finales de los 60. Aquí, en un concierto de 1969 en una de las salas más importantes de Praga, los parecidos a los Who son muy evidentes; toques psicodélicos, ritmos rápidos, estilo desenfrenado. Pero la banda no se quedó ahí y siguió experimentando. El resultado más impresionante salió en 1971, cuando los componentes lanzaron un álbum que es reconocido como un clásico: Nová syntéza (nueva síntesis). El trabajo se caracteriza por mezclar elementos de jazz, de blues y de rock, creando una fusión muy interesante que maduraba trabajos anteriores (Coniuctio, un disco de 1970 que es una antesala menos pulida) y algo adelantada a su tiempo en el resultado final. Su guitarrista se llama Radím Hladík, muerto, por desgracia, en diciembre de 2016. Sí, es probable que el nombre sea impronunciable: pero la forma en que toca la guitarra y la mezcla del sonido con el de toda una banda de jazz en vivo lo compensa.

En 1974 salió a la venta una secuela, Nová syntéza 2, que no fue tan exitosa. Para entonces había una nueva ola en auge en Europa: el rock progresivo. Así que los chicos no dejaron que pasara más tiempo y se montaron en la ola sacando un disco, Modrý Efekt & Radim Hladík, que es reconocido por muchos fans del prog por su similitud al sonido que grupos emblemáticos del momento en el resto del continente, como YES, estaban haciendo. Svitanie es otro álbum que se considera como el epítome de la carrera de Blue Effect, pues, aunque quedan reminiscencias del resto de la escena contemporánea, el estilo ya es tremendamente personal y distintivo, incluyendo cambios de tempo imprevisibles y creando una genial combinación con sintetizadores. En 1979 se lanzó un último disco de progresivo con toques espaciales que se considera como el broche discográfico de esta banda.

La lección que podemos aprender de este grupo es muy interesante. Y es que, a pesar de que había un cierto grado de cerrazón cultural en el bloque socialista, era perfectamente posible reproducir tendencias que están en vanguardia en países capitalistas, y no solo eso, adelantarse a ellas. Blue Effect ya controlaba muchos elementos del jazz fusión cuando en Europa todavía estaba incipiente, por ejemplo, en el trabajo de Michel Colombier. En Estados Unidos habría que esperar dos o tres años para que comenzase a aparecer en la escena musical de otros países un género parecido, muchas veces con elementos de funk o soul, como en el caso de Weather Report.

Y, a pesar de ello, todavía hay mucha gente que sigue empeñada en decir que la música en el bloque socialista es un sinónimo de miembros del Komsomol tocando canciones de los años 50, aislamiento absoluto del mundo exterior en lo musical y censura de la vanguardia artística. Quizá les vendría bien escuchar a Blue Effect y callarse la boca.

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