Puños de asfalto

El boxeo es literatura. O la literatura es boxeo, como prefieran. Al final son lo mismo, un combate en situaciones adversas. Porque una persona no dista mucho de un folio en blanco. Su vértigo está en la soledad, una que devuelve los golpes.

Juan Tallón resucitó a Budd Schulberg para condensarlo: «Uno tiene un promotor, el otro un editor. Uno tiene un mánager, el otro un agente literario. Uno tiene un entrenador, el otro un corrector de estilo. Pero cuando suena la campana todo es accesorio. Estás ahí fuera, bajo las lámparas, desnudo y solo. Y lo que hagas o dejes de hacer puede formarte una reputación o destruirla de por vida».

De la miseria a la gloria, de la historia a la leyenda. Ningún otro deporte se acerca a su esencia. Esa que da vida a sueños adolescentes, a chicos sin estudios en lugares sin esperanza, a futuras víctimas de su fama, de oportunistas, sabandijas y alimañas. Relatos de extrarradio, de barrios violentos y gimnasios destartalados.

Como el de Anthony.

Anthony Joshua, en el Finchley Amateur Club. / The Guardian

Tenía 16 años y en su cabeza solo había sitio para coches, mujeres y su grupo de amigos. Soñaba con ser futbolista pero no tanto como para luchar por ello. Era capaz de correr los 100 metros lisos en poco más de 11 segundos pero el tartán le resultaba aburrido. Anhelos de grandeza sin ningún cometido.

Entonces, como ahora, en Watford había poco que hacer, salvo labrarse una reputación. Hijo de padres nigerianos, inmigrantes, se crió en las calles de la periferia, de un barrio problemático que pronto atraparía su adolescencia. Entre los bares y los campos de fútbol, Anthony Oluwafemi Olaseni Joshua se familiarizó con la violencia, la conoció y la incorporó a su vida.

Una mañana, en mitad de un partido en la escuela secundaria de Kings Langley, a Anthony no le gustó la entrada de un rival. Se acercó a él, le cogió del cuello y lo levantó del suelo. Cuando los asistentes quisieron intervenir Joshua ya había lanzado a su víctima un par de metros más allá. Primera denuncia, primera advertencia.

Fue así como empezó a ser consciente de sus condiciones, aunque en la dirección equivocada. De la noche a la mañana, las riñas de colegio pasaron a convertirse en peleas callejeras. Cada vez más organizadas, cada vez más peligrosas. Pero el asfalto, como sus rivales, se quedaba corto.

La sordidez aumentaba a la par que sus victorias. Más que un relato de superación, aquello tomaba forma de novela negra. Hasta que una noche salió cruz. Una velada en Reading acabó en prisión preventiva. Le obligaron a llevar grilletes y le impusieron un toque de queda a las ocho de la tarde.

Apartado de las calles, se refugió en el gimnasio y lo convirtió en su templo. No quedaba otra. Su madre se lo dejó claro: el tiempo corría en su contra, ya tenía 18 años y debía encontrar algo por lo que luchar. Joshua decidió hacerlo por sí mismo y contra todo lo que se pusiera delante.

La narrativa se reencontraba con los clásicos. Porque sea planteamiento, nudo o desenlace, el boxeo tiene un titular para todos ellos. Ya hace 80 años que Jack Dempsey, entre hitos y títulos, respondió a un periodista con la tesis que seguiría el resto:

  • ¿Qué hay que tener para ser campeón del mundo?

  • Hambre

Anthony era uno de tantos. Una metáfora humana de la existencia, o al menos, una de sus caras más ingratas, que diría Carlos Toro. De él dependía ser diferente, de bailar sobre la lona o ver sus pies levitar en los pasillos de la cárcel. Si decir que aprendió a golpes queda tópico, digamos que lo hizo enfrentándose al abismo.

Anthony Joshua con su entrenador, Tony Sims, en 2010. / Lawrence Lustig

A su mayor contrincante lo encontraba siempre que se miraba en el espejo. Porque el resto de mortales se quedaban lejos y así lo mostraba su trayectoria. Apenas hubo tiempo de meditar su génesis; desde que su primo lo llevara por primera vez a entrenar al modesto Finchley Club de Barnet, en North London, a su primer campeonato nacional amateur, apenas pasaron tres años. Bastaron dieciocho combates para que le ofrecieran un contrato profesional. 50.000 libras contantes y sonantes para un chaval que aún escuchaba el rumor del barrio. Los rechazó.

«Fue fácil. No escogí este deporte por el dinero. Quiero ganar medallas.»

En 2010 el ascenso había tomado la directa, tanto que la selección nacional le llamó a filas. Respondió a las expectativas: campeón británico amateur, plata en el europeo, en el mundial y reconocimiento como el mejor boxeador no profesional de su país.

Gran Bretaña ansiaba un nuevo ídolo, alguien que ganara no sólo en las islas, sino a los ojos del mundo. La sombra de Lennox Lewis era alargada, pero si alguien podía acercarse al León de West Ham, era aquel Adonis esculpido en hormigón.  Para ello, el primer paso estaba claro: los Juegos Olímpicos de Londres.

Sin embargo, todo ocurrió muy rápido, tal vez demasiado. Se acostumbró a ganar cuando aún no había aprendido de sus derrotas. Porque la capital le dio oportunidades, también para los problemas. El que los busca los encuentra y la discreción no era su fuerte.

Así fue como el 20 de enero de 2011, la policía mandó parar a Anthony Joshua. Ataviado con el chándal de la selección, conducía su Mercedes a bastante más de la velocidad permitida. Se podría haber quedado ahí, pero le descubrieron marihuana en el maletero. Resultó no ser para consumo propio, sino para venderla. Suficiente para enviarle a prisión. Otra vez.

Finalmente, la condena se quedó en 12 meses de trabajos comunitarios y 100 horas sin derecho a salario. Pero el firmamento había caído sobre sus hombros, y con él, el relato de siempre. El de los juguetes rotos, el de jóvenes perdidos en un éxito que sin conocer cumbre ya avistaban sus infiernos.

Estaba en sus manos, o mejor dicho, en su cabeza. Respondió. El gimnasio pasó de ser su refugio a su modo de vida. Conoció la disciplina, el alma del ring y todos los secretos que guardan las 16 cuerdas. Dijo adiós a las calles con la promesa de no volver a tropezar con la misma piedra.

Y finalmente, lo logró. El combinado nacional le dejó participar en los juegos. Era la enésima oportunidad para recuperar la confianza de su país, familia y amigos. Lo hizo ganando el oro.

«No estoy contento con lo que hice, pero en realidad me alegro de mis errores porque me hicieron despertar.»

De nuevo, el chaval de origen humilde volvía a derrotar a lo adverso, siempre ante un camino de obstáculos y dificultades. La diferencia era que se podría haber quedado ahí, pero para Anthony, no había hecho más que empezar. Se cansó de las medallas y saltó a la gran pantalla.

Anthony Joshua noquea a Dillian Whyte. / AP Images

Desde entonces cambiaron muchas cosas. Su imagen, su cuenta corriente, pero sobre todo, su legado. El boxeo profesional puso el contador a cero, y así sigue. Leo, Butlin, Kisicek, Darch, Avila, Legg, Bakhtov, Zumbano, Whyte, Molina… 18 apellidos, 18 KOs.

Suerte si superaban los tres asaltos. El de Watford es un relámpago, eléctrico y puntual. No se guarda nada, sin preliminares. Campana y latigazo. Sus casi 2 metros de altura encogen el ring y acurrucan al rival. Conecta, engancha y sonríe. Si saca la lengua es que se avecina el embiste. Su jab avisa, su crochet aturde y su uppercut te invita a la lona. Una colección de martillos para el mismo clavo.

Joshua exhibe la planta de un peso pesado con la velocidad de una pluma. Lanza los puños como LeBron James sus mates: proyectiles de vuelo elegante y destino implacable. Su silueta, esculpida hasta el mínimo detalle, recuerda a la del prodigio de Louisville, aquel que volaba como una mariposa y picaba como una abeja. Una figura inalcanzable, que sin embargo, tiene como meta.

Para ello debía consagrarse. Y el ritual empezaba por el relato. Los boxeadores, como las grandes obras, se asientan sobre escenarios mitificados por sus testigos. Ya conocía la gloria, ahora tocaba la leyenda.  El lugar y el contrincante invitaron a escribirla.

El elegido fue Wladimir Klitschko, y la historia se proyectaba sola. El príncipe frente al monarca, la juventud contra la experiencia, el caos frente al orden, la sombra de Lennox Lewis frente a la herencia del más grande. Eddie Hearn, promotor de la pelea, avisó a Joshua:

 «Si ganas, te conviertes en la estrella más grande del deporte británico y en la estrella más grande del mundo del boxeo.»

El cuadrilátero, 90.000 personas, Wembley y la historia contemplando desde la lona. Hearn no exageraba, el futuro de los pesos pesados estaba en juego y ambos púgiles se batieron como tal. El británico acumulaba 44 asaltos en su carrera profesional frente a los 359 del ucraniano; por primera vez, Joshua no podía permitirse la impaciencia.

Anthony Joshua en su presentación en Wembley. / Reuters

El respeto duró cuatro asaltos. Cómodo en la distancia, Joshua dirigió la primera carga. Rompió el sosiego con un ataque feroz, rápido, buscando la sorpresa en un rival que como siempre, no expresó atisbo de emoción humana. Klitschko cae, pero se levanta metódico, indemne, como quien dice “va, ahora en serio”.

Wladimir comienza a exhibir su gancho de izquierdas, primero tanteando, luego socavando. Joshua se muestra escurridizo, pero a la vez que esquiva los golpes está perdiendo terreno. En que se quiso dar cuenta, derecha a la mandíbula.  Joshua besaba la lona por primera vez en su carrera.

Su respuesta lo marcaría todo. El combate, su trayectoria, su futuro. Era reencontrarse con sus fantasmas, pero en el ring, cara a cara, solo. Y como el buen literato, llamó a la épica.

Cayó y se levantó, como los más grandes.

Pero no fue sencillo, ni inmediato. Joshua tuvo que madurar en cuatro asaltos, analizar y comprender. Klitschko le tenía intimidado, izquierda adelantada y derecha preparada para encajar el látigo. Sus carencias técnicas estaban ahora al descubierto, así que fue más allá.

Decidió que el undécimo sería el suyo, para bien o para mal. Un todo o nada encarnado por una ráfaga infernal. Porque fue un empezar y no acabar. Se lanzó a por él, conquistó su espacio y lo invitó a bailar. Un uppercut al mentón del ucraniano presagiaba. Caería una vez, también una segunda, pero Joshua no quería partido de vuelta y se fue a rematar. No habría una tercera, el árbitro paró el combate para confirmar el reinado de Joshua.

Joshua celebra su victoria ante Klitschko / REUTERS

Alzó su puño al cielo, y con él, sus tres coronas: la del FIB (Federación Internacional de Boxeo), la AMB (Asociación Mundial de Boxeo) y la OIB (Organización Internacional de Boxeo). Invicto.

Anthony Joshua no ganó una pelea, resucitó la categoría reina del boxeo. Suficiente para entrar en el Olimpo, divisar la eternidad y enmarcar su pasado. Suficiente para terminar su primer libro y empezar el siguiente.

Porque en Joshua han cambiado muchas cosas, menos una. Sigue viviendo con su madre, en un apartamento de dos habitaciones al norte de Londres. No necesita más. Solo retos y una leyenda que culminar.

«Os espero. Uno a uno»

Que se atrevan.


Fuentes utilizadas: The Guardian, The Telegraph, Daily Mail, BBC, ESPN, El Español, EL MUNDO, Sky, AEBox, Sur.es

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