Bendita redención

Es frecuente escuchar a dispares eruditos afirmar que la vida se encuentra concentrada en pequeños y valiosos momentos almacenados en frascos que contienen la quintaesencia de la propia existencia. Dichos momentos suelen ser lapsos de tiempo que jamás querrás olvidar y sempiternamente recordar. Sin embargo, debido a la clarividente diversidad de conmiseraciones confluyentes en el ser humano, acaecen a su vez aquellos que únicamente anhelas resetear de tu subconsciente. Y el baloncesto no iba a quedar exento de todos ellos.

Un palmeo. Un condenado palmeo.

Bogdan Bogdanovic se hallaba sentado -afligido, abatido y atormentado- en un rincón del Mercedes Benz Arena localizado en Berlín. No daba crédito. Habían ejecutado lo más arduo –levantar veinte puntos de desventaja al coloso CSKA en la final de la Euroliga-, mas habían errado en la defensa de la ventaja obtenida. Una canasta de Victor Krhyapa a falta de 1.9 eternos segundos por disputarse tras un lanzamiento de Nando de Colo colocaba el 83-83 en el tanteador berlinés y, por tanto, una cuasi indudable prórroga. Posteriormente, el conjunto de Moscú aniquiló al Fenerbahçe de Zeljko Obradovic en el tiempo extra, finalizando el choque 96-101.

Un palmeo. Un condenado palmeo.

Bogdan era consciente de que no había realizado un buen partido. Su actuación –en términos única y estrictamente estadísticos-  se había acotado a unos discretos seis puntos, tres rebotes y tres asistencias para un misérrimo -2 de valoración en treinta minutos de una bárbara contienda con prórroga incluida que nos brindaron turcos y rusos.

El joven escolta aún recuerda el tacto de las lágrimas emergiendo a borbotones de sus ojos y el fluir de éstas a través de su deshecho rostro. Habían llegado al Edén para, pocos minutos más tarde, caer en sus redes y ser su víctima. En ese preciso instante le invadió una ávida sensación de desafío, revancha, represalia y carácter que ocasionó un desplante a los seductores cantos de sirena de la NBA: juró y perjuró que no cruzaría el charco hasta que se hubiera alzado con el trofeo de campeón de la máxima competición europea.

Un palmeo. Un condenado palmeo. Esas dos sencillas frases no cesaban de sobrevolar su intelecto cual tortura china.

Asistimos pues al día 19 de mayo del presente año 2017 y nos situamos en Estambul, sede de la primera final a cuatro de la plenamente renovada Euroliga, caracterizada por la colosal igualdad sustentada por los gigantes del baloncesto europeo. Habían sido 30 jornadas de equidad y exaltante emoción en las que más de un aficionado a buen seguro se encontró cerca de padecer un infarto debido a la montaña rusa en la que se encontraba sumida la competición.

El talento serbio estaba sediento de victorias. De puntos. De títulos. De sangre. El tiburón había percibido el miedo en su rival y no iba a dejar escapar la coyuntura de lisiarle casi hasta el óbito. Defender, generar, ejecutar. Tres directrices señaladas a fuego por el maestro de maestros –el inmortal Zeljko Obradovic- y llevadas a cabo a la perfección por un Bogdanovic en incesante pesquisa de la supina y grandilocuente excelencia en su juego.

Un inicio arrollador. Anotar. Defender. Destruir. Aniquilar todo conato de rebelión blanca mediante una sugestiva combinación de juego dentro-fuera. Con Bogdan produciendo y abriendo espacios provechosamente aprovechados por el MVP Ekpeh Udoh, Jan Vesely o Nikola Kalinic, el actor secundario protagonista de la semifinal.

No sería mínimamente admisible la acción de tolerar el dejar de lado la brega de Bogdanovic en la sombra. Además de cargar con parte del peso ofensivo de su equipo, hubo de realizar la peliaguda faena de tratar de detener al formidable juego exterior del Real Madrid. Con un Sergio Llull extático, la tarea quedaba patente: que se encontrase desamparado y sin un ápice de socorro de sus compañeros. Exceptuando a Carroll, quien igualmente irrumpió en el partido en fase de flujo, el objetivo se logró. La gloria, cada vez más próxima.

La noche del 21 de mayo se puede etiquetar como la noche en la que el deleite se impuso a lo eterno. Sí, a ese Olimpiakos de Spanoulis que permanece en la élite eternamente sin dar señales de que vaya a decaer. Asimismo, podría ser catalogada como la noche en la que el rey resultó derrocado por un solo hombre: Obradovic triunfaba con su Novena particular e igualaba al Real Madrid en el escalafón de Copas de Europa. Pura y exclusivamente inefable.

No obstante, había un pequeño gran individuo serbio que se encontraba infinitamente más extasiado que cualquier persona de las allí presentes.

Exactamente, lo han adivinado. Era Bogdan Bogdanovic.

Amarillo. Felicidad. Dicha. Embarullamiento. Bogdan había logrado redimirse de la maldita pesadilla sufrida el año anterior y que tanto tiempo le había atormentado: al fin se alzó ganador de la Euroliga desplegando un precioso y agradable juego que le permitió erigirse como uno de los hombres más notorios de su equipo. Al fin. Había recibido todo tipo de improperios tras la final frente al CSKA en la que se le acusó de pecho frío y sobrevalorado. Sentía una grata armonía interior.

Previsiblemente, el todavía jugador del Fenerbahçe emigrará a Estados Unidos a medirse con los mayores talentos del mundo entero en lo que a baloncesto se refiere. No obstante, lo hará con la deuda que se impuso un infausto 15 de mayo de 2016 totalmente saldada.

Bendita redención.

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