Milicianas: De la realidad histórica al ideal romántico

«El siglo XX despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales». Desde mi más temprana juventud he devorado libros de Historia y puedo afirmar que, hasta la fecha, no he encontrado una mejor definición del siglo XX que la del violinista Yehudi Menuhin.

España no fue indiferente a los fenómenos políticos, sociales, económicos y culturales que vivieron Europa y buena parte del mundo durante el siglo XX. En 1931 llegaba, a través de la victoria electoral de la coalición republicano-socialista en las elecciones municipales, la II República. Su advenimiento se vivió como una auténtica fiesta popular. Las ilusiones y aspiraciones que los sectores de la sociedad tradicionalmente desfavorecidos depositaron en el gobierno republicano fueron inmensas. Quizás también las frustraciones posteriores. Lo que sí era cierto es que los/as sin voz comenzaron a poder hablar y los/as sin tierra, a tener esperanza por un futuro que se preveía más optimista que el pasado inmediato. Al menos en un primer momento así se sintió. Las mujeres vivieron uno de los momentos de mayor esplendor de derechos, oportunidades y libertades jamás conocido. Que esos años de ilusión y banderas de morado que relataba la mítica canción de La Raíz no nos los arrebaten también.

Los gobiernos progresistas de la II República fueron gobiernos de corte liberal-reformista. Progreso significaba no dejar a nadie atrás y las reformas de calado planteadas por la República, sobre todo durante el Bienio Progresista, en ámbitos tan importantes como la educación, la agricultura, el trabajo o el ejército, supusieron un punto de inflexión en nuestro pasado reciente.

Las fuerzas reaccionarias y conservadoras contrarias a la República no tardaron en hacerse presentes y utilizaron todos los escenarios que pudieron para forzar su caída. Desde dentro el Bienio Negro fue su máximo exponente, y desde fuera intentaron forzar una crisis social que desembocase en inestabilidad y desasosiego ciudadano.

Finalmente un golpe de Estado fallido desembocó en una guerra civil que se prolongó durante tres años y que culminó con la victoria del bando sublevado y el ascenso al poder del dictador Francisco Franco, que instauró un régimen dictatorial basado en la pedagogía del terror coercitivo y colectivo.

No obstante quería centrarme en un momento histórico concreto y en unas figuras específicas de nuestro pasado: las milicianas. En torno a ellas, y sobre todo a los ideales que encarnaron, floreció una importante colección literaria, cinematográfica y artística. Un relato de nuestro pasado que, en la mayoría de los casos, tuvo más de poético y de ideal romántico, que de realidad histórica.

En el primer momento del conflicto, durante el verano de 1936, en lo que el historiador Julián Casanova denominó “terror caliente”, y que fue el momento donde la violencia contra los/as republicanos/as alcanzó cotas inimaginables, pudimos encontrar alguna mujer republicana, alguna miliciana, en el frente. Estamos hablando de un momento en el que el bando republicano necesita organizarse, requiere de una estructura de mando que articule los movimientos a efectuar y cómo establecer tanto el frente como la retaguardia. Todo lo anteriormente mencionado pudiéramos creer que nunca llegó a materializarse, al menos no de forma plena, pero sí hubo por parte del Gobierno republicano y de la mayoría de las fuerzas que lo componían un interés inicial de reorganizarse en un contexto de guerra. Hasta ese momento la falta de órdenes y de organización nos habían dejado algunas imágenes puntuales y poco habituales de milicianas, fusil en mano, en el frente. No volverían a repetirse.

Largo Caballero dio órdenes explícitas de que el lugar de las republicanas eran la retaguardia y la reorganización de las mujeres que formaban parte de los partidos que componían el gobierno republicano en torno a la AMA (Asociación de Mujeres Antifascistas). El ideal femenino imperante en la época seguía siendo, pese a los notables avances durante la República, el de las mujeres como portadoras de vida. Ellas no mataban, ellas daban vida. Estas creencias estuvieron instauradas en ambos bandos, si bien es cierto las cotas de violencia contra las mujeres no fueron ni parecidas en uno u otro, al tener visiones muy diferentes del significado ideológico de unas mujeres y otras. Para los republicanos, las mujeres fascistas eran víctimas del clero y de los sectores reaccionarios, por lo que volcaron toda su violencia sobre éstos dos últimos. Sin embargo, los fascistas sublevados vieron a las republicanas como mujeres que habían renunciado a todo lo que significaba serlo, había que purgarlas, pues eran impuras. Esta visión conllevó durísimos castigos por razón de género. Las republicanas fueron violadas, vejadas, torturadas, rapadas y obligadas a la ingesta de aceite de ricino, antes de ser vapuleadas por las calles de los pueblos o las ciudades.

Las milicianas fueron, por tanto, más un ideal romántico que una figura histórica. Es más, fueron utilizadas como reclamo para que los varones fueran al frente, de ahí las representaciones en cartelería de la época. Podríamos afirmar que, en torno a su figura, hubo cierto sexismo propagandístico.

Ahora bien, que las mujeres republicanas no combatieran en el frente no quiere decir que su papel durante la Guerra Civil fuese baladí o menos relevante. Sobre sus espaldas recayeron la economía de un país en guerra y el mantenimiento del frente republicano, sin cuya labor en la retaguardia no hubiera sido nunca posible.

Soportaron la humillación de la derrota, que se saldó con más violencia y más ira. No hubo paz ni para las compañeras, ni para las madres, ni para las hermanas de los perdedores. Fueron las despojadas, las que vivieron tras los muros de las cárceles donde sobrevivían sus familiares. Fueron el rostro del exilio por el ideal. Pero también han sido las transmisoras de nuestro pasado, nuestras mejores maestras, empeñadas en no repetir la barbarie. Nos han enseñado a amar la República, que era la libertad. Ellas, con quienes ni el pasado ni la Historia fueron nunca generosos, eran los ideales en su encarnación más bella.

“Aunque el otoño de la historia cubra vuestras tumbas con el aparente polvo del olvido, jamás renunciaremos ni al más viejo de nuestros sueños”

–Miguel Hernández.

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