La enfermedad infantil del ciberactivismo twittero

Decía el pensador sardo que en el claroscuro entre el nuevo mundo que no acaba de nacer y el viejo que no acaba de morir es donde surgen los monstruos. Resulta aterrador poder aplicar este axioma a prácticamente cualquier aspecto de la loca realidad que nos ha tocado vivir en este, nuestro siglo XXI. Y sin embargo, lo voy a hacer y para referirme nada menos que a Twitter, la red social que ha cambiado la forma de entender la información.

El pensador sardo.

En nuestra transformación como sociedad, estamos empleando Twitter como la herramienta potente de difusión que es, como forma de contrapoder (los Watergate que ahora se produzcan no serán provocados por la prensa, sino por el poder de las redes), pero también como herramienta para aliviar nuestras conciencias. Miles y miles de personas se apuntan al carro del ciberactivismo, una práctica fácil, sin riesgos y tremendamente cómoda: desafiar a los poderes desde el sofá de tu casa.

El ciberactivismo (y ojo, no hablo de grupos como Anonymous, sino más bien de personas concretas que dan la batalla desde sus cuentas de una red social) presenta diferentes formas: desde el manido #PrayFor cada vez que hay un atentado en la Europa occidental, hasta teorizar e hiperteorizar en base a hilos de Twitter sobre las identidades y orientaciones sexuales. En principio, esto no debería ser objeto de crítica, si no fuese por el cinismo terrible de quienes lo practican: policías morales con miles de twitts a sus espaldas, pero ninguna calle pisada. Mi problema con el ciberactivismo es que lo llaméis activismo.

No quisiera caer en una mistificación de qué es la calle como espacio de militancia y activismo, pero sí que quiero dejar algo bien claro: sin calle no hay revolución. Seas activista LGTB+, feminista, antifascista o ecologista, sin la visibilidad y el trabajo colectivo con otras personas como tú, jamás conquistaremos una sola de las necesarias victorias. A menudo lxs ciberactivistas (en especial en Twitter) actúan de una forma dogmática, infantil e individualista. Es, sin duda, una victoria de la sociedad neoliberal. Considerarse activista tiene que ver con trabajar y pensar colectivamente. Por eso, necesitamos espacios de debate y acción colectiva lo más amplios e interseccionales posibles. Y esto, queridxs, dista mucho del ciberactivismo feroz y narcisista de Twitter a día de hoy.

El activismo social es duro, te deconstruyes, te comes mil reuniones, críticas, amenazas y coacciones, pero merece la pena porque estás luchando por lo que crees y lo haces junto a tus compañerxs. Quizás compartir un par de enlaces y crear hilos de twitter sea para vosotrxs igual de satisfactorio, pero por favor, sed conscientes de qué hacéis y qué perpetuáis con ello, Che Guevaras con smartphone.

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