Muerte de un maestro de primaria

Cuando vi la esquela se me paró el corazón. Durante la milésima de segundo que tardó mi cerebro en ponerle cara al nombre que acababa de reconocer, el muerto podría haber sido cualquiera. Mi padre, mi marido o uno de mis hijos. Pero no. El muerto era mi maestro de primaria, cuyo nombre aparecía en letras negras e imponentes debajo de una cruz, en una de las páginas principales de la revista del pueblo. Junto con la dedicatoria de sus familiares más cercanos venía la fecha del funeral. Me invadió una profunda tristeza. Hundida en el sofá, sujetando todavía la revista, mi mano descolgó el teléfono automáticamente. A los tres toques, escuché la voz de Andrea al otro lado de la línea.

-¿Lo has visto? – le pregunté.

Cuando le conté la noticia no se lo creía. Invertimos la hora siguiente en recordar las excentricidades de Tomás Blasco. Cómo solía plantarse en la puerta de clase cada mañana antes de que llegásemos y no nos dejaba entrar hasta que estuviéramos todos colocados en fila india. “Mirando el cogote del compañero”, solía decir. “Si os estáis quietos abro la puerta y pasáis a clase.” Nos quedábamos entonces todos inmóviles, sin mover un músculo y cuando pasado un minuto la puerta seguía cerrada y alguien preguntaba “¿Por qué no la has abierto?” Tomás simplemente se reía y contestaba: “Os he mentido.”

Al día siguiente subí con Andrea la cuesta que lleva a la iglesia. Era un martes de junio gris y reinaba un bochorno asfixiante en el aire. El pueblo estaba callado, como de luto. Cuando llegamos eran las seis menos cinco de la tarde. Seguí a mi mejor amiga por los escalones que subían a la puerta. Estaba abierta. Más allá del umbral, el silencio. Dentro hacía frío, como en toda iglesia que se precie. Arrugué la nariz. La sala parecía desierta a excepción de un ataúd cerrado delante del altar.

-Tía, aquí no hay nadie.

-Sí, mira. – Andrea me señaló hacia delante.

Una figura redonda, de calva incipiente, estaba sentada en el primer banco. Le reconocí de inmediato.

-¿Javier?

La figura se dio la vuelta, sorprendida.

-Joder, menos mal. – dijo. – Creía que iba a ser el único.

Nos saludó con los dos besos de rigor antes de volver a sentarse. Andrea y yo hicimos lo propio en el segundo banco. Javi se giró para poder hablar y por un momento me sentí como en clase, cuando hacíamos corrillos para cuchichear en cuanto Tomás nos daba la espalda.

-Igual se ha retrasado. – comentó Andrea.

-Sí, no sé… ¿Cómo os habéis enterado? ¿Por la esquela? –preguntó Javi.

Asentimos con la cabeza. Durante un par de minutos permanecimos en silencio, sin saber muy bien qué hacer, hasta que unos tacones resonaron en el suelo. Elena entraba medio corriendo en la iglesia para pararse de golpe al darse cuenta de que apenas había nadie. Vestía pantalones negros y americana, claramente recién salida de la oficina. Se acercó tentativamente, con la misma expresión de sorpresa que llevábamos los demás.

-Hola… Eh, ¿ha acabado ya?

Negamos con la cabeza y nos encogimos de hombros. No nos dio tiempo a seguir hablando, porque las figuras de Pablo y Miguel aparecieron también recortadas en el marco de la puerta.

-Menuda reunión, ¿no? ¿Cuántos años hacía que no nos veíamos todos? –preguntó Elena.

La respuesta de Javi fue inmediata.

-Veintitrés.

Le miré divertida.

-Tú y los números. No has cambiado.

-¡Bueno! – Exclamó Pablo. – Yo no entiendo nada. Está claro que nos hemos equivocado y el funeral no era hoy o por lo menos no es a esta hora.

-Sí… yo me tengo que ir. Tengo a los niños en casa. – Respondió Elena.

-Pero… – Andrea nos miró titubeante. – ¿Y eso? – señaló el ataúd.

Nos encogimos de hombros. No nos quedaba otra que irnos. Nos levantamos y salimos despacio, todavía confusos. Cuando estábamos a punto de cruzar el marco de la puerta, una voz resonó a nuestras espaldas.

-Vaya, vaya. Tienen ustedes la misma paciencia que cuando eran unos mocosos.

“Hostia” murmuró Miguel. Andrea y yo nos agarramos del brazo instintivamente, abriendo los ojos como platos. Nos dimos la vuelta a cámara lenta, como en las películas de terror, para descubrir el ataúd abierto por la mitad y a Tomás Blasco dentro, recostado, con el brazo apoyado como si estuviera en la barra de un bar, sonriéndonos socarrón.

Elena pegó un grito. Yo le clavé las uñas en el brazo a Javi, que protestó imperceptiblemente y Pablo y Miguel recularon un par de pasos. El muerto estaba, claramente, vivo y coleando.

-¿Qué coño? – exclamé.

-¡Gómez! ¡Voy a tener que lavarle la boca con jabón exactamente como cuando tenía ocho años! Siempre tuvo usted un particular sentido del oportunismo para decir vulgarismos en lugares sagrados.

-¿Qué coño? – Repetí. – ¿Sagrados?

-¡A callar! No me venga con milongas ateas.

Resoplé, atónita. Tomás salió del ataúd con dificultad y se plantó frente a nosotros, con las manos en las caderas. De repente, un fantasma de nostalgia cruzó su expresión.

-Sólo han venido seis.

Nos quedamos en silencio, con la mirada clavada en nuestro antiguo profesor, estupefactos. Este se encogió de hombros.

-Bueno, acérquense. No se queden ahí parados como pasmarotes. – nos dijo gesticulando con las manos. – ¡Venga! López, está todavía más gordo que cuando era pequeño. – añadió señalando a Miguel al ver que seguíamos clavados en el sitio.

Este tomó la iniciativa con un gruñido, acercándose a Tomás. El resto le seguimos.

-Bueno. Estarán preguntándose por qué les he reunido aquí hoy.

-Pero vamos a ver… – empezó a decir Andrea, que se había llevado las manos a la cabeza y miraba a Tomás con los ojos como platos.

-¡Ssh! – Tomás levantó una mano, autoritario. – Silencio en el aula.

Agarré a Andrea del brazo y nos sentamos en los bancos.

-Les he reunido aquí hoy porque el otro día, revolviendo entre cajas de fotos antiguas me topé con una de su clase. Uno de los mejores grupos de primaria que recuerdo. Y como me voy a morir más pronto que tarde y el mes pasado a Ángela y a mí nos tocó la lotería, he decidido que podría hacer algo por mis antiguos alumnos.

Tomás acabó su discurso con una sonrisa satisfecha y una palmada cuyo eco resonó en las paredes de la iglesia.

-No entiendo nada. – dijo Pablo.

-Bueno, nunca fue usted mucho de entender, Bascoy. Esperaba que los años le hubieran espabilado, pero qué le vamos a hacer.

-Pero, ¿y la esquela? – pregunté.

-Ah, muy bien, Gómez. Está usted atenta. Veo que eso no ha cambiado. – respondió guiñándome un ojo. – Nada especial. El director de la revista es amigo mío.

-Pero todo el mundo va a pensar que está usted muerto.

-No, no. Por dios, Gómez, ¿qué clase de persona se cree que soy? –respondió con tono ofendido. – Sólo había un total de veintidós ejemplares con la esquela. Uno para cada miembro de la clase. Deberían ustedes sentirse afortunados, son edición limitada. – dijo burlón al ver que yo enarcaba las cejas.

-¿No podría habernos llamado? – preguntó Elena con tono de fastidio.

-¡Ah! ¡Santos! ¿Qué gracia tendría eso? – le respondió Tomás.

-Bueno. – dijo Javi. – Entonces… A ver… ¿Cómo que le ha tocado la lotería?

-Ah, sí, el dinero. Voy a darles a ustedes dinero.

Se hizo el silencio entre mis antiguos compañeros de clase. De pronto, Elena se levantó.

-Es una broma. Es una broma, tiene que serlo. ¿Dónde está la cámara?

Tomás frunció el ceño y se encogió de brazos.

-No es ninguna broma, Santos. Le agradecería que se tomase mi testamento con un poco más de seriedad.

-¿Pero qué dice? ¡Está usted loco!

-Quizás. – Tomás se encogió de hombros. – Siéntese, Santos, haga el favor. Veamos. Aquí tienen. – rebuscó en el bolsillo interno de su chaqueta y empezó a sacar sobres.

-Parecemos del PP. – murmuró Pablo entre dientes.

-Uno para cada uno, con un cheque dentro. – Explicó Tomás mientras los repartía.

Andrea abrió el suyo y sacó, efectivamente, un cheque por valor de cien mil euros. Ahogó un grito.

-Pero vamos a ver. – dije. – No podemos aceptar su dinero.

Pablo me miró como si estuviera loca.

-¡Pablo!

-¿Qué pasa? Si quiere dárnoslo, está en su derecho.

-Pero… ¿Pero a qué viene tanto paripé? ¡Nos podría haber hecho una transferencia! – exclamó Elena.

-¡Santos! Es usted más lenta que la burocracia de este país. Son ustedes los únicos seis alumnos que han acudido a mi funeral. Tenía que comprobar de alguna manera que se merecían un pedazo de mi herencia.

-¿Pero por qué dárnoslo ahora? – pregunté. – Espérese usted a morirse.

-¡Ah, sí! Se me olvidaba. Es que me voy a morir hoy.

El silencio cayó sobre nosotros durante unos instantes.

-¿Perdón? – dije.

-Sí, sí. Hoy es el día de mi muerte. Creo que es apropiado.

-Apropiado. – repitió Javier.

-Sí, sí, apropiado. Estoy lleno de achaques y además me han detectado no un cáncer, si no varios.

Andrea se llevó una mano a la boca.

-Dios mío.

-Pero Tomás, ¿está usted loco? El cáncer se cura. – dijo Miguel, levantándose del banco.

-Ah, es verdad, López, es usted médico ahora, ¿verdad?

-Eh, sí. Oncólogo, de hecho.

-Uf, oncólogo. He visto a cuatro de ustedes estos últimos meses. Estoy harto, me voy a morir hoy y no hay más que hablar.

-Y… eh, ¿cómo, exactamente piensa usted morirse?

-¿Cómo? Pues muriendo, claro está. Estoy sopesando opciones. Pistola, pastillas, soga… Mire. – Sacó un papel arrugado del bolsillo de la chaqueta y se lo tendió a Miguel. – Informe médico. – añadió.

La expresión de Miguel se oscureció. Posó una mano sobre el hombro de Tomás.

-Lo siento.

-¡Ah! No hay problema, estoy viejo ya. Ángela está de acuerdo. Ángela, mi mujer. – añadió al ver la expresión confusa de Miguel. – Dice que entre la lotería y la pensión de viudedad se va a ver mundo.

-Tiene sentido. – comentó Pablo.

Los demás le miramos atónitos.

-Bueno, -concluyó Tomás. – creo que es hora de que se vayan y me dejen morir en paz. ¡Venga! Todos fuera. A llevar el cheque al banco y a disfrutar su dinero. Ah y hagan el favor de donar un poco a alguna causa benéfica y no se lo gasten en coches. Ni en televisiones de plasma. Ni… bueno, hagan lo que quieran.

Se alejó de vuelta hacia el ataúd. Elena fue la primera en agarrar el bolso y salir. El resto la seguimos, algo más rezagados, todavía con la sorpresa en el cuerpo, parándonos a los pocos segundos para mirar a Tomás, que nos despedía con la mano, alegre. A la salida nos reunimos en un corrillo, mirándonos en silencio. Andrea sopesaba el sobre en las manos.

-Bueno…

-Bueno.

-Pues…

-Yo me voy, que tengo a los críos…

-Sí. Yo igual.

-Pues nada.

-Nos vemos.

-Sí.

-Venga.

-No, pero de verdad. ¿Nos vemos?

-¿Por qué no?

-Un café, ¿la semana que viene?

-Venga.

-Vale, pues nada…

-Disfrutad del…

-Sí, sí, igualmente.

-Ciao.

-Ciao.

-Adiós.

Andrea, Javi y yo nos quedamos frente al paso de cebra.

-Yo voy hacia arriba. – dijo Javi.

-Nosotras hacia el otro lado.

Era como revivir sexto de primaria de nuevo, la despedida ante los caminos separados. Le di un abrazo repentino a mi antiguo compañero de colegio.

-Nos vemos.

-Nos vemos.

Justo cuando íbamos a irnos nos llegó de la iglesia un tufillo a formol. Tras unos segundos de silencio, un disparo y el sonido de la tapa del ataúd cerrándose. Abrimos los ojos como platos, conteniendo la respiración, con la vista clavada en la puerta de la iglesia. Una viejecilla vestida de blanco, con bastón y arrastrando una maleta bajó los escalones que daban a la calle y echó a andar. Era Ángela, la mujer de Tomás. Al pasar por nuestro lado, nos guiñó un ojo y se alejó calle abajo, con la maleta repiqueteando sobre el asfalto.

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