El truco del Joker

Era de madrugada en su hogar de Sombor (Serbia). Era una noche cualquiera para muchos, pero no lo sería para él. Sonó el teléfono. Era tarde.

A esas altas horas de la madrugada el sueño pesaba y estaba adormilado, pero Nikola descolgó. Era Nemanja quién estaba al otro lado del aparato, uno de sus dos hermanos mayores. Entonces, éste residía en Estados Unidos y estudiaba en una modesta universidad ubicada en Long Island. Él estaba eufórico, Nikola no tanto. La diferencia horaria de 6 horas entre Serbia y Nueva York era patente en el estado de ánimo de cada uno.

Nikola se despertó de golpe.

“Has sido drafteado en la NBA! ¿Cómo vas a dormir ahora?”

Era una noche con la que muchos jóvenes soñaban a lo largo de su vida, incluso él era consciente de ello, pero permanecer despierto esperando a que el vicecomisionado de la liga, Mark Tatum, pronunciara su nombre podía resultar una odisea para Nikola. Por supuesto, no salir elegido entre aquellos 60 afortunados también era una posibilidad. La noche se le podía hacer eterna.

Entonces, Nikola Jokic era uno de los talentos más intrigantes del baloncesto europeo. Era un jugador atípico por su talento y sus cualidades, pero principalmente por el cuerpo que arrastraba. Un joven serbio que, a sus 17 años, medía cerca de 7 pies (casi 2’10m) y pesaba más de 135 kilos. Un grandullón que se salía del guión, con habilidades para ejercer de base y con una visión de juego asombrosa para su posición. Parecía difícil de creer.

“La primera vez que le vi jugar, tiraba pases por detrás de la espalda que ningún otro jugador era capaz de intentar. Nadie le decía que no podía hacerlo. Sabían que esa habilidad era única”, decía su hermano Nemanja.

Sus descubridores se quedaron atónitos al verle por primera vez, mientras que otros, como Misko Raznatovic, uno de los ‘peces gordos’ del mundo de la representación de jugadores, empezó a saber de la existencia de Jokic siguiendo su rutina de ojear el periódico de cada domingo. Vio los números y quedó asombrado con los números que era capaz de sumar el joven pívot que militaba en el Vojvodina, un club en el que ni siquiera Nikola jugaba bajo contrato. El domingo de la semana siguiente, ocurrió lo mismo. Eso llevó a Misko a actuar antes de que alguien se le adelantara, y envió a su mejor hombre de la agencia para que el pívot no se les escapara de las manos. Unos días después, Nikola firmaba con la agencia de Raznatovic y, poco después, recalaría en el Mega Leks (en 2012) para seguir con su progresión. Apenas tenía 18 años cuando su vida empezó a cambiar.

Con él hubo (mucho) trabajo entre bastidores.

Al llegar al equipo situado en Belgrado, era evidente que había algo que podía suponer un problema a la hora de desarrollarse como jugador.

“Era obeso”, aseguraba tajantemente uno de los preparadores físicos del club. Al firmar con el Mega Leks, su peso se acercaba a los 140 kilos. Si quería jugar, ponerse mínimamente en forma era innegociable, y eso incluía apartar los poco más de 2 litros de Coca-Cola diarios y los böreks de su alimentación habitual. Para asegurarse de que seguía el plan, en sus primeros 15 días con el equipo, Marko Cosic, el preparador físico, fue su sombra. No le dejó entrenar con el resto del grupo hasta que su forma física mejorara, que entonces era tal que Nikola era incapaz de completar una sola flexión.

Él quería divertirse jugando al baloncesto, incluso llegó un punto en el que no se tomaba muy en serio su físico, pero para competir, trabajar su condición física y suprimir sus malos hábitos eran el precio a pagar. Su hermano mayor, Stranhinja, también se involucró en ese proceso por tal de que Nikola siguiese el plan específico. Fueron horas, días y semanas de dedicación.

Justo en el momento en el que ya pudo incorporarse al grupo y volvió a tener un balón en las manos, empezó a demostrar que, además de tener un talento innato, jugaba para pasárselo bien. Eso le motivaba. Era un truco sencillo, pero era su truco. Poco más de un mes después y ya integrado en el equipo, se convertía en no sólo uno de los mejores jugadores de su equipo, sino también de la competición. Dos temporadas en la Liga Adriática fueron suficientes para inscribir su nombre en la lista para el Draft de la NBA de 2013/14.

“Cierra los ojos e imagina que estás jugando contra mí y mi hija por unas galletas de chocolate”, le decía Raznatovic a Nikola a modo de motivación para los grandes partidos.

“Era obeso”

Equipos NBA se interesaron en sus capacidades, pero ninguno como lo hizo tanto como Denver. Mientras unos alegaban su falta de definición muscular y de capacidad atlética, Tim Connelly, general manager de la franquicia de Colorado, vio en Jokic algo más que un jugador endeble físicamente. A pesar de sus evidentes limitaciones, Tim era consciente de que ese grandullón serbio era técnicamente brillante para su posición y que era especial. Para demostrarlo, garantizó a Raznatovic, su agente, que el pívot no pasaría de la elección #41 de Denver.

Y Connelly no faltó a su palabra. A partir del pick #42, Jokic ya no estaba disponible para el resto.

Pero él no tenía intención de dar el salto a Denver, no al menos ese año. Entonces, se forjó un nuevo plan: continuar en Europa para seguir fogueándose unos años más antes de cruzar el charco. Y mientras seguía militando en el Mega Leks, un nuevo club apareció para hacerse con él: el FC Barcelona. De hecho, Jokic estuvo muy cerca de jugar en el equipo de la Ciudad Condal.

En invierno de la temporada 2014/15, el Barcelona estaba a punto de completar el fichaje del prometedor pívot serbio, y los dirigentes del club azulgrana viajaron a Belgrado para concretar el acuerdo y, de paso, verle jugar en directo. Antes de ese partido, “lo teníamos prácticamente cerrado, tan sólo nos quedaba discutir pequeños detalles después del encuentro”, decía Raznatovic.

“Estuvo horrible. Realmente horrible. No te puedes imaginar lo mal que jugó.”

USA TODAY Sports

Ese partido llevó al club azulgrana a paralizar temporalmente las negociaciones por Nikola. Querían valorar su fichaje con más calma, pero eso no era el fin del mundo para él. Ni mucho menos. Denver no le había perdido la pista en absoluto, seguían muy pendientes de él e incluso lo tentaron con incorporarse a los Nuggets en plena temporada regular, pero lo declinó para continuar en Belgrado, al menos, hasta que concluyera la temporada.

Sin embargo, cada día que pasaba veía con mejores ojos afrontar un nuevo desafío en Denver, soñaba con ello. La intervención del lituano Arturas Karnisovas, asistente de Connelly en la front office de los Nuggets, fue decisiva a la hora de cambiar de planes a partir de ese verano.

“Sus habilidades están fuera de toda duda. Lo que lo está es su cuerpo. ¿Dónde tendrá una mejor posibilidad de mejorar eso, en la NBA o en la Euroliga?”, le dijo Karnisovas a Raznatovic. Eso aceleró el plan.

Nikola dio el paso. Junto a sus hermanos, Nemanja y Stranhinja, y su pareja, que entonces estudiaba en un junior college de Oklahoma, viajó a Estados Unidos para emprender, ahora sí, una nueva aventura lejos de su Sombor natal. Los Nuggets le esperaban con los brazos abiertos y su confianza en él se vio reflejada desde el principio. Aun así, él era consecuente de que le iba a costar tiempo adaptarse. Pero no.

“No esperaba jugar en mi primer año”, afirmaba.

En verano, meses antes de debutar oficialmente con Denver, se preparó a conciencia para llegar a punto, perdiendo hasta 15 kilos. Ese esfuerzo se vio transformado en minutos desde el primer partido de temporada regular, y no fue hasta el duodécimo partido como novato que aportó su primer doble-doble en la NBA. Poco a poco y a medida que iba pasando la temporada, Jokic disfrutaba de más minutos más regularmente, y la situación deportiva de los Nuggets, alejada de un contexto más competitivo, daba pie a ello. Nikola se encontraba a gusto y lo mostraba en la cancha, pero todo iría a más a partir del segundo año, el de su confirmación. Jokic no era un interior más.

El año sophomore del serbio rompió cualquier previsión existente, y Denver y la liga se dieron cuenta de ello al instante. Verle jugar se convirtió en una experiencia fascinante para el espectador, siempre expectante a su siguiente movimiento, ya fuera un pase sin mirar, un pase sin apenas ángulo, un triple-doble, dirigir un contraataque, un triple… Su inteligencia era su mejor arma. Cualquier cosa que salía de sus manos era puro deleite para Denver.

“Yo creo que los únicos músculos que necesitas en el baloncesto son los que tienes en el cerebro”, afirmaba Jokic a Sports Illustrated.

A mediados de diciembre, se hizo con la titularidad y su competencia, Jusuf Nurkic, puso rumbo a Portland. Los Nuggets lo tenían claro. En menos de dos años, vieron que ese grandullón serbio era el futuro de la franquicia.

Y entonces, fue cuando su mejor versión llegó. Los ‘flashes’ mostrados hasta la fecha se convirtieron en algo habitual. Nikola Jokic ya era una de las grandes atracciones de la liga. Su juego, placer visual. Empezaba a sentirse libre. Se divertía. Esta vez, sin condicionantes que le barrieran el paso. Sin mirar atrás.

Un partido, aquel desastroso partido que hizo que dirigentes del FC Barcelona se replantearan su fichaje, condicionó su futuro. Un choque que, paradójicamente, le cerró una puerta y le abrió otra que cambiaría su destino.

“Creo que fue una señal. Sin ese partido, ahora mismo podría estar en Barcelona.”

Sólo él sabría un tiempo después que, esa otra puerta que se le abrió, sería para bien.


Fuentes: Sports Illustrated, FiveThirtyEight, Bleacher Report, SB Nation, NBA.com.

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