Asomándome a la ventana de Overton

Últimamente estoy a vueltas con un concepto de teoría política muy interesante conocido como La ventana de Overton. Este concepto, acuñado por un señor llamado Joseph cuyo apellido da nombre a la ventana, vendría a definir qué ideas se encuentran dentro de lo políticamente aceptable para el público general, situándose dentro de los límites de la misma, y cuáles permanecen fuera y son consideradas como impensables, radicales, utópicas o insensatas.

Esta ventana no permanece nunca fija, aunque pueda parecerlo, y se desplaza de forma independiente entre los diferentes issues políticos de forma más o menos veloz dependiendo de los cleavages que se configuren en ellos. La legítima “pelea democrática” en sociedades libres siempre se configura entre los diferentes actores políticos, no siempre institucionales, en marcar aquello que podemos denominar como sentido común de época.

Describía George Lakoff en su famoso libro No pienses en un elefante como al otro lado del charco, en la tierra de la libertad (tienen ahí un significante al que meter caña), los think tanks situados en el entorno más cercano al partido republicano habían invertido cantidades ingentes de dinero en fomentar líneas de pensamiento económico que abogasen por una menor regulación y una mayor libertad económica, en pro de la mercantilización de servicios estatales y a favor de una bajada de impuestos, ya conocen el mantra, un robo contra la propiedad individual.

A este lado del charco, la famosa Dama de Hierro reconocía que su mayor victoria política fue el viraje que protagonizó el Partido Laborista constituyendo la Tercera Vía, que continuaría las mismas políticas neoliberales que en su día comenzaron a aplicar los tories. Thatcher había desplazado la ventana de Overton hacia su terreno y con ello, arrastraba al Partido Laborista y al sentido común de época hacia unas posiciones que años atrás se situaban fuera de la misma.

Si bien esta ventana se desplaza de forma independiente sobre los diferentes issues, la economía ocupa una posición predominante como uno de los núcleos centrales de la discusión política. Bien por las construcciones esencialistas de las relaciones sociales de las que parten ciertas ideologías, bien porque el precio del pan tiene un mayor calado en el día a día de los ciudadanos que la discusión sobre la ética de la gestación subrogada.

Precisamente la economía, y en concreto el tratado de libre comercio con Canadá (CETA) que tanta polémica y titulares ha acaparado en los últimos días, me hizo reflexionar y asomarme a esta ventana para comprender. Rolling down the timeline, descubro las reflexiones de una eurodiputada española acusando al PSOE – hoy sí, hoy no, hoy me abstengo con el CETA – de situarse al lado de los enemigos del comercio, la libertad y formando junto a Franco en un modelo autárquico de sociedad. Sí, han leído bien. Junto a Franco. Si bien matizaba sus palabras, no dejaba de expresar que el viraje del PSOE del SÍ al NO – o abstención – al tratado respondía a una visión temerosa y profundamente equivocada de la economía mundial. Ideas radicales, fuera de la ventana.

Esta posición es defendida por muchos, quienes acusan a los diferentes partidos políticos que se oponen a este tipo de tratados, si incluimos el TTIP, de escorarse a los márgenes del sistema, siendo portadores de ideas insensatas y radicales. Quien se sitúe con ellos, lo será también. No es nada desdeñable analizar cómo el auge de los partidos anti establishment en las diferentes sociedades occidentales podría responder a la consolidación de una cadena de equivalencias entre diferentes sectores sociales, cuyas posiciones se han ido desplazando fuera de esta famosa ventana que nos indica aquello que es razonable pensar.

Traigamos ahora a colación otro concepto de teoría política: la espiral del silencio. Noëlle-Neumann introduce esta idea para valorar cómo la sociedad amenaza con aislar a aquellos individuos que se atrevan a levantar la voz ante las posiciones que son asumidas como mayoritarias. Si bien pueden defender sus ideas atendiendo a las posibles represalias sociales, los individuos tenderán a ser más cautos a la hora de expresar opiniones minoritarias. La televisión, convertida en catalizador estrella de esta famosa espiral.

El cambio climático, la situación de los derechos civiles del colectivo LGTB+, la posición social de la Iglesia, el aborto, la inmigración, la situación de las mujeres en el sistema patriarcal o la identidad nacional son también parte de una lista de asuntos donde la ventana se ha ido desplazando con el signo de los tiempos. Cualquier issue podría servir de ejemplo.

Pelear los límites de lo políticamente correcto, empujar los marcos de la ventana hacia una dirección alternativa o, en definitiva, tratar de construir hegemonía cultural son el campo de batalla de una sociedad libre que puede servirse de armas más letales que las bombas si no se usan bien. Las palabras. Y es que, cómo nombramos el mundo o qué nombramos en el mundo, determina cómo se configuran nuestras estructuras mentales frente a ello.

Y terminaré, como no podía ser de otra forma, citando a Íñigo Errejón: “[…] en política las lealtades, las posiciones en el tablero, no están predeterminadas ni son fijas. Por el contrario, se construyen discursivamente, por agrupaciones del tipo amigo/enemigo y se negocian permanentemente”. Sigamos asomándonos a la ventana, siempre hay un nuevo paisaje que contemplar desde allí.

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