Antes del amanecer: el amor intelectual

Richard Linklater es uno de los máximos exponentes del cine indie americano. Desde que ‘Slacker’, su primera película, se convirtiera casi por sorpresa en un referente cultural, nos ha deleitado con diversos largometrajes, siempre caminando por la fina línea que separa Hollywood del cine independiente. A Linklater no le interesan las producciones multimillonarias a las que nos tiene acostumbrados el gigante de la industria cinematográfica. Su trabajo está alejado de las explosiones, las persecuciones, los tiros y las comedias románticas de final fácil. No le interesan los presupuestos estratosféricos. Trabaja con lo que tiene, su talento y el de aquellos de los que se rodea. Una de las películas más representativas del estilo del director es Antes del Amanecer y las dos películas que completan la trilogía.

Antes del Amanecer comienza y acaba en un tren en Austria. En un principio, Linklater había imaginado la historia en suelo americano, en alguna ciudad como Philadelphia o San Antonio. La decisión de cruzar el océano se hizo por motivos económicos. Cuando hablamos de cine indie cada centavo cuenta y en Austria y en concreto en Viena, la producción de la película podía beneficiarse de subsidios que en Estados Unidos eran impensables.

La historia comienza, pues, en la campiña austriaca, en un tren cuyo destino final es París. Entre el tren en el que Jesse y Céline se conocen y en el que se despiden transcurren cerca de veinticuatro horas. Un día entero en el que dos desconocidos descubren Viena al mismo tiempo que van descubriéndose ante la cámara. El elemento principal de Antes del Amanecer es su diálogo y la manera tan sutil de interpretarlo de Julie Delpy y Ethan Hawke.

La química entre los dos es palpable. Resulta todo un logro sostener turnos de palabra tan extensos sin sobreactuar o caer en el aburrimiento, pero la pareja de intérpretes lo consigue sin esfuerzo aparente. La película es lenta, sí, pero funciona. No pretende ser más de lo que es, una conversación constante entre dos jóvenes que se acaban de conocer y sin embargo llega a ser mucho más. Linklater ve en sus personajes bastante más que un manojo de hormonas descontroladas. Hace que se enamoren con la que quizás sea nuestra arma de seducción más eficaz: la mente.

Céline no se baja del tren con Jesse porque le parezca atractivo físicamente, sino porque coincide con él en que tienen una conexión intelectual. La conversación de ambos durante la película discurre sobre mil y un temas. Sus padres, los conflictos intergeneracionales, el sexo, las expectativas de futuro, la música, la muerte y la reencarnación, entre otros muchos.

Buscan, sobre todo, escapar su propia inmortalidad (y al amanecer, cuyo aliento les sopla en la nuca desde que se bajan del tren), encontrar alguna prueba en contra de lo efímero de las cosas. Es una película obsesionada con lo caduco y con la propia mortalidad del ser humano, aunque no se vea a primera vista. En un momento de la película, Céline le dice a Jesse: “I think I’m afraid of death 24/7”, tras lo cual procede a explicar el miedo que le dan esos segundos antes de la muerte, cuando el sujeto ya se ha dado cuenta del inevitable final, pero todavía es consciente de estar vivo. Incluso el núcleo de la película, la simple idea de dos jóvenes vagabundeando durante toda la noche, esperando con algo de aprensión el amanecer, podría simbolizar ese querer mantenerse despierto (o vivo) cuando deberíamos estar en brazos de Morfeo, burlando así a la vez al sueño y a la muerte.

En este fluir de conversación, Linklater intercala algunos personajes que podríamos tildar de terciarios (su “cuota de pantalla” es ínfima comparada con la de la pareja) que le dan a la película una pizca mágica. Un joven que vende poemas por un euro a orillas del río, una pitonisa que no duda en leerles las líneas de la mano y un camarero que se deja engatusar para prestarle a Jesse una botella de tinto mientras Céline se guarda disimuladamente dos copas en la mochila.

Lo curioso del relato es que provoca en el espectador una sensación dual. La de “esto nunca pasaría, es demasiado perfecto” y la de “esto podría pasarme a mí, no hay nada fuera de lo común en esta historia”. Es un largometraje tan real que parece más un documental que una película. Es su simplicidad y su desnudez la que capturan al público y la que le hacen tirarse de los pelos cuando ambos protagonistas terminan su noche romántica sin haber intercambiado teléfonos, direcciones o incluso apellidos. Deciden mantener el relativo anonimato, aceptando que probablemente no vuelvan a verse, desechando el común ritual de intentar seguir en contacto vía carta o llamada. Se citan, sin embargo, seis meses después en el mismo andén y Linklater cierra la cinta sin revelar si nuestros protagonistas vuelven a encontrarse.

Hubo que esperar nueve años para descubrir si los caminos de Céline y Jesse volvían a cruzarse (aunque considerando que la historia se convirtió en trilogía, no es difícil adivinar la respuesta).

Denle al play. Viajen a Viena.

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