Kill the mosquito

Ha llegado ese momento del año en el que hay que decidir si abrir las ventanas y que entre el ruido estival -la efusividad de la gente a altas horas de la madrugada, y el canto de las cigarras- o dejarlas cerradas y dejar que poco a poco la temperatura de la habitación vaya aumentando hasta hacer difícil llegar al sueño. A este dilema hay que sumarle el de los mosquitos. Si dejas la ventana abierta entran mosquitos, pero si la cierras es muy probable que ya haya entrado alguno y se quede dentro.

Hace unos días, sufrí una especie de invasión coordinada por parte de un grupo de hembras de estos pequeños dípteros, pues son las que necesitan la sangre para poder poner huevos -mientras que los machos se alimentan solo de néctar-. Durante la épica batalla contra ellas, en mi cabeza no para de sonar una canción a modo de banda sonora, una canción que siempre me viene a la cabeza cuando veo un mosquito: Kill the mosquito.

 

“Un día insoportable, había sido y hacía mucho calor, un calor de mil demonios. Estaba pasando el verano en casa de unos amigos, en el Algarve, y me encantaba pasar las noches en el porche, sentado en una enorme silla de mimbre, que parecía haber sido fabricada para mí.

Había árboles, decenas de árboles de los que salían extraños sonidos. Daba la sensación de que los árboles hablaban entre ellos, se reían de mí y me criticaban. Y mosquitos, gracias a dios es una de las pocas cosas a la que no soy alérgico: polen, picaduras de abejas, avispas, polvo, epitelios de animales, hongos de la humedad, látex e incluso algunas frutas, pescados y especias.

Pero no los mosquitos.

Fue el verano del 94, si miras los periódicos, podrás comprobar que nunca se había visto una plaga de mosquitos como aquella en el sur de Portugal. Mosquitos como puños, bichos enormes y grotescos, como víctimas de una rara mutación genética, aparecían cada quince minutos en formaciones de diez o veinte, como helicópteros.

Al principio el humo los espantaba, pero no podíamos estar fumando todo el rato, no podíamos no parar de fumar, así que ingeniamos un dispositivo a base de pequeñas hogueras y sacamos de un armario un puñado de viejas raquetas de tenis.

Todo cuanto podíamos decir era: kill the mosquito.

Apareció un coche con unos faros inmensos, y me deslumbraron tanto que me puse de muy mal humor. Tardé casi un minuto en recuperar la vista. Del coche bajaron dos hombres bien vestidos, dijeron que eran del gobierno y que debíamos encerrarnos en casa. El vertido había alterado el proceso de crecimiento de las larvas de mosquito y, en la costa, 48 personas habían sido hospitalizadas en las últimas 24 horas. El vertido en cuestión era el mayor desastre ecológico ocurrido en los últimos 20 años, y todo parecía haber empezado en Oil Island de Shell, la plataforma petrolífera más antigua de las que funcionan en el océano atlántico. Consulten la prensa*.

Nos dio por preguntarles a aquellos 2 hombres si era cierto eso de que sólo había 2 maneras de matar el tiempo en una plataforma petrolífera: putas y caramelos.

Pero todo lo que supieron decirnos fue: kill the mosquito

Decidimos quedarnos en el porche, nada de encerrarnos en casa. Hacía una noche espléndida y no se podía desaprovechar. Además, los mosquitos sabían mantenerse alejados del fuego. Los dos hombres se tomaron muy a mal eso de que quisiéramos quedarnos allí con los mosquitos, eso de que no nos importara convivir con los insectos pareció dolerles mucho. Nos decían que venían para ayudar y que no éramos conscientes del peligro. El hombre más alto me recordaba a mi padre, y yo me preguntaba si alguna vez le habría picado un insecto muy grande, a mi padre.

El otro hombre abrió el maletero del coche y comenzó a sacar algo que parecía pesar, algo se cargaban en la espalda, algo así como dos extintores blancos. Debían llevar algún gas o espuma especial anti-mosquitos. Insecticidas capaces de aniquilar humanos, estoy segura.

Una vez equipados los dos hombres empezaron a rociar el jardín, y poco a poco se fueron acercando hasta el porche. Al llegar frente a nosotros se pararon, el uno al lado del otro, y nos miraron fijamente.

Detrás de ellos vimos acercarse a un centenar de mosquitos embadurnados en espuma blanca, una enorme nube de mosquitos desorientados y enloquecidos. Detrás de ellos, y no les avisamos, no dijimos nada. Aquellos dos hombres, especialistas en plagas de insectos, no les dio tiempo a decir, kill the mosquito.”

Esta canción, una narración con música de fondo, crea en mí una imagen perfectamente nítida de lo que está contando. El calor, el verano, los mosquitos. Una de esas joyas desconocidas del año 2000. Perteneciente a Nadando a Crol, segundo disco de El Hombre Burbuja, antiguo grupo de Julio de la Rosa, ganador de un Goya en 2014 por la banda sonora de La Isla Mínima.

Gracias a internet, algunas historias no muy conocidas como esta han conseguido sobrevivir al paso del tiempo y el olvido, y formar parte del presente de algunas personas que, como yo, cuando vemos un mosquito todo lo que podemos hacer es decir: kill the mosquito.

*He consultado la prensa, pero no he logrado encontrar ninguna noticia en relación a los hechos descritos.

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