Arquitectura de una oportunidad perdida

Leicester City en 2016. Grecia en 2004. North Carolina State en 1983. Pittsburgh en 1960. Los cuatro fueron considerados cenicientas por el público. Pero no por ellos mismos. Nutriéndose de esa característica inercia que vive en las historias de amor, llegaron a donde nadie creyó nunca que llegarían. Y acabaron pasando a la historia.

Sin embargo, de quienes ocupan el segundo puesto se acuerdan muy pocos. Sólo unos escogidos consiguen escapar al olvido al que suele relegar la derrota. La historia del equipo de baloncesto de la Universidad de Butler es quizá más bonita que las cuatro mencionadas anteriormente. Y es imposible que no ocupe un hueco en nuestra memoria.

It almost went in. Almost went in. Es difícil olvidarse.

El cinco de abril de 2010, Butler se convirtió en la universidad más pequeña en jugar la final del torneo de la NCAA desde Jacksonville en 1970. Tenían un equipo interesante, pero en teoría no lo suficiente como para hacer demasiado ruido en la escena del baloncesto universitario. La estrella de la plantilla era un jugador blanco y delgado llamado Gordon Hayward.

El entonces entrenador de los Butler Bulldogs, Brad Stevens, quiso a Hayward para el programa desde que éste estaba en el instituto. Cuando empezó a reclutarle para el equipo, Stevens era el entrenador asistente. Y Gordon era un chico demasiado débil comparado con el resto de atletas universitarios. Muchos pensaban que su futuro estaba en el tenis. Él mismo lo creía. Pero su madre le insistió para que siguiera adelante con el baloncesto.

Antes de ir a la universidad, Gordon no figuraba en las listas de jugadores futuros de la NBA. No obstante, su carrera en el instituto no fue mala en absoluto. Estuvo en el quinteto de mejores jugadores de Indiana y anotó la canasta ganadora en la final estatal. Tenía la capacidad de encestar tiros importantes. Tuvo ofertas de Purdue, IUPUI y Butler, todas de su estado natal.

Decidió unirse a Stevens, aquel que le había mostrado confianza desde el primer momento. Hayward creció y ganó peso, aunque no mostraba aún su versión final. La simbiosis entre ambos resultó increíblemente beneficiosa. Butler, una universidad alejada de los focos, conseguía un talento por desarrollar. Los entrenamientos a las 6:30 de la mañana no interferirían con los planes de Hayward de obtener el título de ingeniería informática.

Desde unos años antes, los Bulldogs habían logrado hacerse un pequeño nombre en la escena nacional gracias a victorias en una Horizon League muy débil y, en gran parte, a su filosofía. Conocida como The Butler Way, fue originalmente implantada por el entrenador Tony Hinkle, quien entrenó un total de 41 temporadas en la universidad. Tras décadas, fue revivida por Barry Collier y, finalmente, por Brad Stevens. Sus pilares firmes eran gratitud, humildad, pasión, servicio y unidad.

La elección de Butler por encima de otras universidades en Indiana no fue casualidad. Gordon sabía que no iba a quedarse sólo un año. No fue la pieza central de la plantilla en la primera temporada. Tampoco lo fue Shelvin Mack, quien acabaría compartiendo equipo con él en los Jazz ocho años después. Matt Howard ocupó ese puesto. Según el entrenador Stevens, era él quien representaba más fielmente la filosofía de la universidad.

Su primera temporada, la 2008/09, fue decepcionante. Pero lo fue dentro de un contexto. A pesar de llegar a competir en el torneo de la NCAA por novena vez en la historia de los Bulldogs, empeoraron el resultado de la campaña anterior. Perdieron en primera ronda ante Louisiana State. Era su tercera derrota en ocho partidos. Estaban fuera.

Hayward ya había dado el paso. El tenis ya no estaba en sus planes. Promediando más de trece puntos y seis rebotes por partido como freshman, ya era alguien. No alguien listo para entrar inmediatamente en la liga, pero alguien al fin y al cabo. Decidió tomar esa derrota contra Louisiana State como motor para alcanzar la victoria, su meta última y máxima.

Butler se rehizo rápidamente y ganó todos los partidos en la Horizon League la siguiente temporada. Dieciocho victorias y cero derrotas. No fue suficiente para los ojos del público nacional, que observaba la falta de talento en la competición. Obtuvieron el quinto puesto del Oeste a ojos de los organizadores de la NCAA, quienes eligen las plazas o seeds antes del torneo.

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En las dos primeras rondas, se deshicieron de UTEP y Murray State con relativa comodidad. Y llegaron a su ronda maldita: el Sweet Sixteen. Butler había llegado cuatro veces a los octavos de final, siendo incapaces en toda su historia de superarlos. Y ahora tocaba Syracuse. Comandados por Wesley Johnson, habían ocupado la primera plaza del Oeste. Primer puesto contra quinto.

En un partido tenso, Butler se puso pronto por delante para no mirar atrás. Hayward fue el máximo anotador de su equipo otra vez. Millones de aficionados rompían sus brackets en todo el mundo. En la siguiente ronda esperaba Kansas State. Los Bulldogs se encontraron a un equipo cansado tras haber jugado dos prórrogas en su victoria contra Xavier. Los veintidós puntos de Gordon ayudaron a superar un nuevo obstáctulo. Sólo quedaban cuatro. Y formaban parte de ellos. Formaban parte de la Final Four.

Se vieron las caras Butler y Michigan State. Fue un partido duro. Nadie esperaba otra cosa. Con seis segundos por jugarse, los de Stevens se encontraban un punto arriba. Los Spartans estaban en posesión del esférico. Draymond Green, entonces jugador de Michigan State, encaró a Hayward y falló un tiro en la zona ante una buena defensa. Se podría haber pitado falta. En una decisión controversial, los árbitros señalaron después falta del propio Green. Con todas las complicaciones del mundo, los Bulldogs lograron su vigesimoquinta victoria consecutiva. Y avanzaron a la final nacional contra todo pronóstico

Por el otro lado, se enfrentaron Duke y West Virginia. La inmensa superioridad de los primeros se hizo patente en el partido. Entrenados por Mike Krzyzewski, los Blue Devils llegaban a la final por décima vez en su historia. Habían sido los campeones de la Atlantic Coast Conference, mucho más potente que la Horizon League. Tras perder el año anterior contra Villanova en el Sweet Sixteen, buscaban venganza.

Hayward posteriormente dijo que todo el mundo pensaba en su historia como un relato de cenicientas. Ni él, ni Stevens, ni el resto del equipo lo veían así. Butler presentaba todas las credenciales para formar parte de la élite junto a cualquier otra universidad ese año.

Fue uno de los mejores partidos de la historia del baloncesto universitario.

La calidad de los jugadores de Duke se vio sorprendida por la intensidad de los Bulldogs. En la mayoría de los partidos de los Blue Devils, los encuentros habían estado igualados hasta que un parcial de los de Krzyzewski decantaba la balanza. Pero, por más que pasaban los minutos, ese parcial no llegaba.

Al descanso, el marcador reflejaba una ligera ventaja de Duke por un punto. Todos los factores se estaban dando para que el partido fuera decidido en el último instante. A falta de dos minutos para el final, la ventaja se había extendido hasta los cinco puntos. Butler llevaba siete minutos sin anotar un tiro de campo, pero seguían vivos a base de tiros libres y defensa. Los Blue Devils trataban de alargar las posesiones y dormir el partido.

 

It almost went in.
It almost went in.

Situación: balón para Butler con 33 segundos en el reloj. Habían recortado la desventaja hasta un punto. Ronald Nored subió la pelota. Tras una serie de pases, el envío de Mack hacia Veasley fue desviado por Brian Zoubek, pívot de los Blue Devils. Se habían consumido veinte segundos en la jugada. Sólo quedaban trece.

Hayward trató de sacar desde la línea de fondo, pero no encontró a nadie abierto. Tuvo que gastar el último tiempo muerto de los Bulldogs. Howard puso el balón en juego desde la línea de fondo. Gordon tendría así una oportunidad de intervenir en la jugada. Recibió el balón enfrente de Kyle Singler. Su lado favorito era y es la izquierda, con lo que decidió ir por ahí. Tras cerrarle el paso, tuvo que girar y salir por la derecha. Zoubek salió de la zona para alterar el tiro de Hayward. Y lo consiguió.

Tuvieron que hacerle falta inmediatamente. Zoubek anotó el primero. Krzyzewski le dijo que fallara intencionadamente el segundo para no dar oportunidad a Butler de conseguir un tiro en condiciones. Era una decisión arriesgada. Aunque era un escenario improbable, si los Bulldogs anotaban, se llevaban el partido. No habría prórroga.

Y Zoubek le hizo caso. Falló el segundo tiro libre. Hayward cogió el rebote con tres segundos y medio en el marcador. Zoubek estorbó lo suficiente para arañar tiempo valioso. Según Gordon llegó a la línea de medio campo, Howard puso un bloqueo duro que hizo que Singler cayera al suelo. Y Hayward tiró. La última oportunidad fue para él, al igual que en su final estatal del instituto. El balón salió de sus manos y sonó la bocina.

 

Almost went in. And Duke is the king of the dance.

A escasa media hora del estadio en el que Hayward anotó la canasta ganadora en la final estatal, unos centímetros separaron a aquel equipo de Butler de la gloria. Finalmente decidió dar el salto a la NBA, y fue elegido con la novena posición del Draft por los Utah Jazz. Sin él, los Bulldogs tuvieron otra oportunidad al año siguiente. Se convirtieron en el primer equipo de la historia en llegar a dos finales consecutivas sin ocupar una de las dos primeras plazas en el torneo. Volvieron a perder, esta vez ante Kemba Walker y Connecticut. Pero esa es otra historia que también requeriría otras casi dos mil palabras.

Stevens decidió quedarse tres años más antes de dar el salto a la liga como entrenador de los Boston Celtics. No consiguió igualar el éxito de aquellos dos años. No todas las historias de amor pueden presumir de tener un final feliz.

Siete años después, Gordon Hayward firma con Boston en la agencia libre. Y lo hace para tener una oportunidad de alcanzar, por fin, la victoria. No podría haber mejor forma de hacerlo que con el primer entrenador que realmente creyó en él desde el inicio. Quizás Hayward vuelva a tener un balón de suma importancia cuando el partido agonice. Si ese momento llega, aquel tiro ante Duke estará en su memoria. Pero hará todo lo posible para volver a sentir lo mismo que sintió cuando, siendo sólo un niño, pudo hacer con su instituto lo que años después no pudo en la universidad.

 

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