Pijo de Podemos

¿Bastan tres palabras para definir a una persona? El ser humano es tan complejo, incluso tu cuñado – de verdad – que harían falta numerosas páginas en blanco para ahondar en las características propias de cada uno. La economía del lenguaje o los atajos cognitivos nos llevan a minimizar los esfuerzos de la lengua y las conexiones sinápticas. Ver, analizar, clasificar. Al cajón verde. O rojo. O azul, como los juguetes de los niños cuando toca cenar y recoger el desastre.

Pijo de Podemos son las tres palabras que han dedicado para definirme. Conversación aleatoria a altas horas de la madrugada, cuando el tintineo de los hielos ya no se escucha y la luz de las farolas se empieza a esconder tímidamente ante la claridad de la mañana que llama a las puertas.

Tú lo que eres es un pijo de Podemos.

Ahí está. Ya me han enviado al cajón. Al morado, pero de marca. ¿Me molesta? Un poco. ¿Me molesta porque es cierto? Quizá. Ahí estoy yo, dándoles vueltas al concepto en que me acaban de encasillar. Detesto la palabra pijo. Es evidente que lleva arraigada una connotación negativa y creo que mi día a día dista mucho de aquello que yo considero como tal. Puede que ahí esté la llave de la cuestión, de la primera cuestión.

Merino (PP): «Los dirigentes de Podemos son pijos disfrazados de progres»

Todos volcamos en significantes estancos comportamientos y actitudes sociales que vemos a nuestro alrededor. Mi concepción de alguien pijo no coincide con mi persona. Me viene a la cabeza Carmen Lomana y Taburete. Vacaciones en Marbella, viaje de esquí a Formigal. Un adosado en pleno barrio Salamanca y noches de jueves en Callejón (de Serrano). Toros, tanorexia y banderita de España colgando del retrovisor de un coche que ha pagado papá. Clichés. Como ven yo también tengo cajones donde clasificar. ¿Y si estoy equivocado? Quizá la elección de mis categorías no coincide con las suyas y mi comportamiento es digno de acabar en su cajón morado de Cartier.

Vayamos a la segunda cuestión. ¿Cuándo es alguien de Podemos? Mejor. ¿Cuándo es alguien de un partido político determinado? Más allá de sus afiliados, se trata de una cuestión porosa. Entiendo que nuestros padres o abuelos que lleven votando décadas a un mismo partido puedan fácilmente adscribirse socialmente al mismo. Los jóvenes no, creo. Es cierto que la identificación partidista está de capa caída en nuestro país, pero también que las primeras veces que depositamos el voto son decisivas a la hora de determinar nuestro futuro electoral. O suele ser así.

Hijo, ¿y tú de quién eres? es una expresión muy típica de los pueblos. De la Juani, señor. En el ámbito político circunscrito a una distendida charla con conocidos o desconocidos, la Juani es sustituida por el partido político de turno. No es común hablar de ideologías, más allá de izquierda o derecha, aquí los partidos son el AS de la baraja. De Podemos, por tanto. Si bien mi relación con este partido ha sufrido de vaivenes y terremotos relacionales debido a la pugna de corrientes internas, es cierto que he depositado en ellos mi confianza en un par de ocasiones. El tiro no era del todo errado.

Todos recordamos a Paco Umbral hablando de su libro en televisión. O mejor, queriendo hablar de su libro. No es exactamente mi caso. Tomo esta anécdota para abordar un tema más amplio y con más inri: pijos votando a Podemos.

«Pijos de Podemos»

El análisis poselectoral del CIS de las ya casi olvidadas elecciones de finales de 2015 dejaba un dato interesante: el 31% de los votantes de Podemos tenían rentas medias o altas (más de 4.500 euros mensuales) en su unidad familiar. Seguido por Ciudadanos con el 24.1%, PP con el 11.5% y PSOE con el 9.2%. La formación morada era, por tanto, quien conseguía un mayor porcentaje de votantes entre las rentas medias y altas. Es inevitable pensar que en ese agregado no es posible obtener una fotografía clara de lo que vota ese “1%” de ricos riquísimos que concentran en sus manos cantidades ingentes de dinero. Algo me dice que no será Podemos.

Analistas han destacado, además, que gran parte del voto a la nueva formación morada proviene de los sectores más jóvenes de población. Dada la imposibilidad de desagregar la renta de la unidad familiar entre sus miembros, una rápida interpretación nos llevaría a pensar que muchos hijos e hijas de unidades familiares de rentas medias y altas han decidido optar por el “Sí se puede” en alguna cita electoral, mientras sus padres no seguirían la misma tendencia.

No es mi intención realizar un análisis exhaustivo de los datos, hay grandes politólogos que lo han hecho antes y mejor que yo, pero sí me gustaría poner el acento en una serie de cuestiones. ¿Deja un partido “de izquierdas” de representar a la izquierda si le vota gente de clase media? ¿Y si lo hace gente de clase alta? ¿Está condenada la izquierda a una visión esencialista de la sociedad donde la clase social es el ÚNICO factor explicativo del voto? ¿Si asumimos la máxima de que las elecciones se ganan por el centro, está abocada la ‘verdadera izquierda’ a no ganar nunca? ¿Cómo transforma eso las condiciones de vida de la clase más humilde?

Se trata de la eterna disyuntiva entre autenticidad y centralidad, radicalidad y transversalidad. No existe una única respuesta ni un único modo de ver la realidad, por lo que se trata de un debate condenado a repetirse hasta la saciedad. Más aún en el seno de una izquierda cainita que jamás bajará las armas. Una izquierda que reparte carnés al mismo tiempo que hace las veces de portero de discoteca.

Religión, patria y clase son las tres ideas o conceptos marco principales bajo los que se definen las fracturas de una sociedad y en torno a las cuales se crean comunidades o grupos sociales. La primera ha perdido fuerza en el ámbito político en sociedades occidentales, aunque sigue teniendo un peso evidente en lo social. Son las dos últimas las que suponen la mayor disputa conceptual y dialéctica en el espectro político a la izquierda del 5 en la escala ideológica. Aunar comunidades en torno a un ideal de patria alternativo o ahondar en la lucha de clases. He ahí la cuestión.

Más de 240 libras cuesta la entrada a Glastonbury, el mayor festival del Reino Unido que congrega alrededor de 150.000 personas. Hace unos días, por encima de grandes artistas como Radiohead, Foo Fighters o Ed Sheeran, brilló otro rockstar. Un señor de 68 años y pelo blanco: Jeremy Corbyn. Su nombre era coreado una y otra vez por la multitud, una multitud que grababa el instante con sus smartphones dejando en el brillo de sus ojos un recuerdo inolvidable. Una multitud de pijos, cómo calificaría mi interlocutor de aquella noche estival, a quienes algunos parecen estar dispuestos a renunciar. Allá cada uno.

Rise, like lions after slumber

In unvanquishable number!

Shake your chains to earth like dew

Which in sleep had fallen on you:

Ye are many—they are few!”

(Fragmento del poema de Percy Shelley que declamó Corbyn en Glastonbury)

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