La soledad del figurante

Eran las dos de la mañana y yo estaba en un set de rodaje. Por exigencias del guion, un borracho debía liarse a gritos a medianoche, y por exigencias de mi estómago yo acepté ese papel de extra. Estuvimos horas hasta que la escena quedó aceptable, el protagonista, supuestamente profesional, un cotizado treintañero, no conseguía recordar su frase. No fue hasta las tres que pude marcharme de ahí. Jordi Cases, el protagonista, me dijo:

–Bien hecho, Berto.
–Biel Ros, me llamo.
–Bueno, eso mismo.
–Sí, eso mismo, dejémoslo estar.

Era una cálida noche de agosto. Parecía mentira que fuese madrugada, me tocó sortear las inhóspitas calles de la Ciudad Condal hasta dar con el piso de Nou Barris en el que me hospedaba.

Me di una ducha fría y me salí al balcón a beberme una cerveza bien fría, hacía demasiado calor, y a falta de beberme el mundo –pensé– me puedo beber una docena de cervezas. Con el paso de las horas parecía que corría una pequeña brisa de aire, y la oscura noche estrellada parecía estarme dedicada a mí, un figurante. Cada estrella parecía una película en la que había sido figurante, desde esa función escolar para Sant Jordi en la que hice de dragón, porque había otro más rubio, más alto y con los ojos más claros, hasta esta última película, pasando por innumerables cameos en películas y series, tanto catalanas como españolas. Llegué incluso a hacer de extra en una serie valenciana. Me quedé dormido recordando mis momentos de figurante, olvidando por un instante la vez en que tuve texto. Fue en una representación teatral cuando estudiaba en la Universitat Central, oh, aquello eran buenos momentos, ya lo creo… Había llegado el veintinueve de enero, los premios Gaudí. La película “Una mort, dos assassís” había sido todo un éxito, todo tipo de reconocimientos llegaron, ¿todos? No, yo seguía siendo aquel cincuentón de aspecto tedesco que llevaba treinta años siendo el extra en muchas producciones de éxito. Lo había dejado todo por ser actor, una vida tranquila en Vic, donde podría haber estudiado cualquier cosa y formar una familia, lo que hace todo el mundo, pero no, yo decidí seguir mi sueño, y no se puede decir que no lo haya conseguido, soy actor, pero no es lo que yo esperaba. Sin pareja, sin familia, sin dinero, sin dignidad, años sin ver a mis padres, putrefactos en la comarca de Osona.

Los últimos meses del invierno pasaron entre lluvias y premios para “mi película”, pero sin reconocimiento para mí. Yo había formado parte de la mayor producción cinematográfica de Cataluña hasta el momento, pero no era a mí a quien me paraban. Recuerdo cuando entré en la escuela de interpretación y los profesores decían aquello de “se empieza de figurante y no se sabe dónde se puede acabar”, pero yo nací figurante y así me quedaré. Siempre sentí como que todos eran los protagonistas de sus propias películas, pero yo he sido un figurante en vida, así nací y así moriré.

Llegaba abril, sentimientos de tristeza me corrían por el cuerpo y me comían los adentros. Agotado, decido volver con mis padres a Vic. La gran ciudad es demasiado para mí, hago una pequeña maleta y me visto con mis mejores galas, las gafas gruesas, cual Antonio Baños, una pajarita, camisa a cuadros albinegra, unos tejanos oscuros levemente remangados en el tobillo y unos zapatos azul marino con pequeños motivos color beige. Durante el trayecto en tren me asaltan las dudas y los nervios. ¿En qué estado de conservación estarán tras tanto tiempo? ¿Tendré el coraje de hablarles? Entre temblor y remordimientos de cosas que ya no se pueden solucionar llego al nuevo hogar de mis padres, entre la Carretera de Manlleu y la calle Sot dels Pardals. Antes de llegar a su hogar atravieso un parque verde que me es un remanso de paz sin fin. Me quedaría allí para siempre. Por momentos no veía la razón y sentido de enfrentarme a la cruda realidad, más bien no encontraba el valor, pero lo busqué incluso de donde no lo tenía, reuní fuerzas y allí me planté. Reinaba un silencio de sepulcro en todo el lugar, alguna plañidera por allá y un hombre apoyado más allá aún, llorando por alguien que, al parecer, era muy bueno y siempre saludaba. Me puse frente a mis padres y, enfrentándome a la temida verdad, les hablé:

Papá, mamá, teníais razón, la ciudad me ha devorado como Saturno lo hizo con sus infantes, dejé atrás lo que hubiera sido una vida fácil, feliz, monótona, como la vuestra, lo cual no es algo malo, simplemente no es lo mío. Siempre fuisteis más de lo tradicional que yo, imaginadme a mí casándome, ¡Por favor! –hice una pequeña pausa para reír– en fin, quiero pediros perdón, tenía miedo de un “ya te lo dije”, “lo sabía” o, incluso peor, “deberías haberte casado con Isabel la de la papelería”. –hice una pequeña pausa– ¡Ahora lo único que me queda es llorar vuestra falta! –rompí a llorar como nunca–.

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