Leche y agua

Irene se miraba a su hijo, Dídac, restaban unos cinco minutos para que él se levantase pero la monotonía de los horarios ya la habían automatizado como persona. Así que comenzó a subirle las persianas para que el sol, que azotaba en aquel barrio obrero degradado por la post-industrialización, penetrase en la habitación del somnoliento niño.

Irene dio unos pasos al frente, los pocos que se podían dar en aquella habitación-prisión y cogió en brazos a Laia, la pequeña de la familia que tan sólo tenía dos años. Era una niña de sueño profundo y ni tan sólo con el asfixiante calor, ni con el traqueteo de escaleras abajo hasta la cocina se desveló, así que la dejó en el sofá del comedor y empezó a preparar un vaso de leche. Cayendo en la cuenta de que no le daba para el vaso al completo fue para la nevera, donde no había más que medio limón, un concentrado de cacao de alguna cooperativa y muy pocas cosas realmente aprovechables para un desayuno de un niño de ocho años.

Llevaba un tiempo sonando el despertador, y cómo Dídac no bajaba, decidió subir ella. Al subir se encontró con que el churumbel, lejos de haberse dormido por los incesantes rayos del vasto círculo de calor ubicado en las lejanías del espacio, se había dado la vuelta, dándole la espalda al gobernante sol, que presidía el cielo, como un Dios presidiría la mente de un creyente. Irene le sacudió por los hombros y le dijo –a despertar, dormilón. Éste, siguió haciendo el remolón hasta que no hubo más remedio que levantarse. Como vio que su vástago ya se levantaba, decidió bajar a toda prisa las escaleras y pensando una solución instantánea, pero no se le ocurrió mejor cosa que rellenar con agua del grifo el vaso de leche de su primogénito, a Laia tan sólo le dio medio vaso, total ella es pequeña y no requerirá de tanto alimento –pensó–.

De repente se escuchó bajar a Dídac a toda prisa, como si fuera un terremoto o llevase zapatillas de metal, lógicamente Laia empezó a llorar. Irene fue a donde su hija a tratar de calmarla, haciéndole carantoñas y repitiéndole «¿Quién es la más bonita de Rubí? ¡Tú!». La niña ya había quedado calmada y despierta en el sofá, aunque algo adormilado aún, como si fuera presa de narcóticos.

– ¿Tengo que ir hoy lunes también al colegio? –preguntó con cansancio.

– Pues claro, tienes que estudiar mucho para ser alguien de provecho.

– ¿Entonces papá volverá?

– Papá no volverá, cariño. –Dijo reprimiendo sus ganas de llorar.

– ¿Por qué? ¿Cuándo volverá del pueblo? –preguntó con la ingenuidad que se tiene a los ocho años.

– ¿Por qué, por qué? –Respondió cantando para cambiar de tema– prueba ya la leche –le ordenó después.

Se llevó el vaso de leche a la boca de una velocidad digna de un sigiloso felino que poblaba aquel barrio, pero al tiempo paró y bebió más tímidamente.

– ¡Ugh! Sabe rara, mamá.

– Saber, sabrá a leche, bebe que crezcas.

– Sabe cómo la fuente de la Plaza Mayor pero también a leche, es raro.

Irene cerró los ojos, se volvió a la cocina y cogió un yogur caducado de hacía unos pocos días y se lo dio a Dídac, «los yogures no caducan, que lo he visto en la tele» –pensó–. El yogur se lo devoró sin ningún problema, tuvo suerte de que el niño no pudiera apreciar ese par de días de caducidad, pero su órgano si lo notaría.

Con Dídac fuera de casa, en el colegio ya, la madre se metió para la cocina a llorar las preguntas que su hijo hizo con inocencia, pero al fin y al cabo una puñalada con inocencia no es menos puñalada. Él jamás supo que su padre era un cleptómano y maltratador que no sólo contento con pegar a su madre y que ésta tuviera una hija fruto de una violación los dejó –como suele decirse– con lo puesto.

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