Educación, poliamor o amor romántico

Los modelos más insospechados cobran vida dentro de colegios e institutos, camuflándose en una realidad educativa que reproduce comportamientos sociales de manera escalofriante. El amor romántico, tan extendido en las “sociedades modernas”, agita las instituciones educativas en un papel anulador de las libertades, empujando inconscientemente a la idealización, la renuncia y la culpabilidad.

Metáforas intensas que nos hacen pensar en la repercusión que esto tiene en aspectos nada inocuos y, sobre todo,  reflexionar sobre el tipo de amor que queremos, pues, como parece, al igual que la educación, es el que está detrás (o delante) de todo.

Esta educación romántica celebra la abdicación de la infancia, convirtiéndola en una carrera competitiva que olvida las necesidades del niño, forzándolo a hacer-lo-mejor, aun sin tener certeza de que lo sea, pero jugando menos y memorizando más. Porque la letra con sangre entra, ¿no?

Amar cosas perfectas, como Platón querría, desencadena una colisión con nosotros mismos, despertando dudas hasta forzar el sacrificio. Personalizando la abnegación y acariciando la frustración ante límites impuestos entre lo que sentimos y lo que se supone que deberíamos sentir.

Disney ha jugado fuerte en esta “idealización”, entre comillas, por si todavía alguien puede encontrar alguna conexión entre este término rosa y la machista vida sus princesas. Demasiado mainstream pero muy real. La influencia en el comportamiento de los más pequeños, sumergidos en estas ideas de “señoritas” incompletas que necesitan a un príncipe azul para cambiar su condición; para avanzar en la vida o, simplemente, para despertar de ella. Mejor seguir durmiendo.

(via Getty Images)

Como un edificio principal que crece y aquellas plantas anexas que se desarrollan en torno y a partir de él. Así es relación tradicional en las aulas que se niegan a avanzar, donde el docente-todopoderoso se resiste a perder una autoridad que solo él cree que exista.

La realidad es que en el proceso de enseñanza-aprendizaje entran en juego muchos más agentes, siendo demasiado obsoleta la concepción bidireccional. Los alumnos construyen conocimiento, según sus experiencias, preferencias y destrezas, y, como en un espiral, van creciendo con el acompañamiento del docente que, sin duda, también aprende. Aunque, más allá de estos, muchos otros participantes contribuyen en este recorrido, enriqueciendo al proceso al entender que la relación de dos no solo dejó de tener sentido, sino que además resultaba imposible.

La multiplicidad interpretativa debería hacernos comprender lo que nos rodea desde todos sus matices, o al menos tomando consciencia de su existencia. El reto es ser capaces de aprovechar cada una de esas visiones para alcanzar una idea más amplia y diversa, acogiendo al mayor número de realidades posibles, que nos hagan cuestionarnos todo aquello que considerábamos evidente e innegable.

Mi propuesta es practicar el poliamor en educación, a pesar de que muchos aún vean en el amor romántico la única opción viable y ética; basada en la fusión exclusiva de dos amantes. De medias naranjas: forever and ever. Eso siempre, muy inclusivo.

¿Y en la vida?

 

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