Ciudadano Beasley

Hay vidas que parecen escritas por novelistas expertos en los cambios de guion. De los que cuyos productos cuentan con el atractivo especial de nunca saber lo que pasará. Lo impredecible suele gustar, engancha. Pasa lo mismo en la gran pantalla y lo está viviendo el boom de las series. Obliga a estar atentos, no permite medias tintas. Para colmo, cierra el círculo la interacción que hoy permiten las redes sociales. Hoy, cualquier plan de marketing conserva entre sus puntales el uso de internet y herramientas como Twitter o Facebook para publicitar. Crear un mensaje potente o, incluso, que este lo cree el público. Alrededor de ciertas figuras suelen cernirse perfiles y usuarios para comentar cada movimiento. Además de toda una plataforma para vender, también es un hervidero. Y Michael Beasley, en perpetuo cambio de rumbo, lo ha sufrido.

Pero nunca se había visto donde hoy. Ha vivido la decepción, ha sido el centro del huracán, ha tenido que volar lejos para empezar de cero. Ahora, sus manos tienen un sentido distinto. Sus aptitudes sí parecen tenerse en cuenta. De una vez por todas, el baloncesto se antoja lo primero en cada conversación con él de por medio. El talento no sirve como motivo de un “y si…” más. Por fin, Beasley es alguien más que el que pudo y no quiso. Que aquel loco que lo tuvo todo consigo y prefirió el camino del olvido. Lejos, eso sí, de lo que en su día se imaginó.

Hoy, cada mañana se levanta siendo uno más. Que lo ha vivido todo, que tiene mucho que contar, pero al fin y al cabo, dentro del vestuario, no es distinto. No es una estrella ni un bicho raro. Es otro jugador y, como tal, recibe órdenes y cuenta con un rol. De Jason Kidd recibió una premisa que cumplió a rajatabla; tenía que aleccionar. Como muestra de compromiso, cumplió. Y para ello no había mejor vía que tomar el proceso en serio. Eran las perlas de los Bucks quienes tendrían que escucharle; Giannis Antetokounmpo y Jabari Parker.

Y adonde va, aún queda un mundo por hacer. Porque se encuentran en medio de una planificación atados de manos. Los New York Knicks han construido una plantilla alrededor de un hombre con el que no se cuenta. Carmelo Anthony vive total y absolutamente en tierra de nadie. Es quien más masa salarial acapara y la moneda de cambio más importante. Tiene el poder de cambiarlo todo de un plumazo. En gran parte, depende de lo que se consiga con su salida, nombrado plantel tendrá una cara u otra. Porque hoy, al alero, solo se le señala la puerta. No con rabia, sino con pena. Porque se conoce cuáles fueron las circunstancias, y Nueva York acabó adaptándose a su soledad. Y él, piensa, no hay más cambio posible que un sustancial acercamiento al éxito. No abandonará su casa, en la que hizo y deshizo a placer aunque eso trajera el caos, a cambio de más desgracias.

Foto: Stacy Revere/ Getty Images

A cambio, Beasley. Pero no como recambio. No está en posición para sustituir a una estrella. Solo puede aportar, y ese debe ser su única meta. Dice ser una walking bucket. Milwaukee le ha visto como tres y medio que, en unos minutos, puede poner su firma. No hay forma de describirlo sin usar el término talento. De esos que abren la cancha, de esos que aprovechan dichos espacios. A quien no le importa pisar la zona, alguien en quien confiar la esquina. Ahora, todo pasa más rápido. No tendrá que lucharse cada tiro, simplemente le llegarán. Y puesto en contexto, debe agradecerlo enormemente. Solo así podrá demostrar que la actitud de ciudadano se ha impuesto a la de astro.

«Mira a mi carrera de nueve años. Siempre he estado cerca del punto por minuto. Siempre he sido una canasta andante. Nadie puede pararme, nadie lo ha hecho en los últimos nueve años. Cada vez que he tocado el balón, el defensor estaba asustado.» Dijo Beasley al New York Post.

Jeff Hornacek gana una interesante pieza, pero el puzzle está por hacer. No sabremos hasta octubre si se apostará por disparar antes de preguntar, por la carrera como forma de vida, o por la imposición del tempo aminorado. Es la gran incógnita. Las opciones son diversas y hoy, dos alternativas ganan peso. Sea Kristaps, continuando con el roll o abriéndose para el pop, el centro de todo o Willy quien acapare protagonismo dándole alas para seguir asociándose en la pintura y sus inmediaciones mientras expone su juego de pies, el rol de Mike será el mismo. Sobre distintos papeles, sí, y con significados diferentes. En un supuesto, tendría la libertad de echar el balón al suelo para hacer fluir la ofensiva. La comodidad de sus labores nacería en su personalidad. Dejarle ser para que todo funcione, aun con minutaje limitado. En el otro, será sin balón donde deba definirlo todo. Confiando en la lectura del resto para que sus movimientos se vean correspondidos, todo partiría de la idea del balón compartido. Del poste para todos. Del juego colectivo.

Foto: USA Today Sports

Hoy, Michael tiene que lograrlo. No va a lograrlo, no puede prometerlo. Pero sí tiene la necesidad. Porque su vida y estatus dependen de esto. Hay tantas preguntas en el aire que solo una cualidad puede despejar. Si es una canasta andante, si de verdad puede ser el anotador del que hablaban, tiene que ganarse tal estatus. Tiene que hacerse con el puesto. De una vez por todas. Y se coronará. Será el dueño del respeto que tanto proclama. Del nombre que tanto pide, casi a gritos, como un borracho que recuerda mejor tiempo pasado.

Nueva York adora a estos personajes. A quienes deambulan pero quieren caminar recto. A los que pueden y nunca han querido, a aquellos que copan las portadas del Post y quieren serlo de Times. A las historias, a los productos. Aunque a veces sea demasiado para ellos, aunque acabe por destrozarlos.

Y quién sabe si este quincuagésimo hogar será el adecuado. Lo que sí sabemos es que, por paradójico que suene, la capital del mundo, el foco de todas las miradas, no será un elemento que le presione. Que, por una vez, NY no será el devorador ente que ha podido con estrellas y los ha convertido en estrellados. Esa trituradora ha convertido en pacientes a los observadores. Porque no hay más remedio. Porque las otras opciones abrazaban el suspense.

Para él, los Knicks son una oportunidad. Para mantener la normalidad. Para establecerse. Para ser Peter Parker y no Spiderman. Que nunca más se recuerde ese segundo pick y que, si se hace, sea fruto de un renacer. En el presente, ser un sexto, séptimo hombre (que no nombre), es una bendición. Michael se está empezando a conocer. Y es justo lo que necesitaba. Peón antes que capataz. Y desde ahí, construir.

Foto: Mike Ehrmann/Getty Images
Su firma está cargada de valor simbólico. En las cifras, en la duración del contrato. Porque ya no busca el oro. Porque ha pisado el suelo. Y hoy, por el mínimo, quiere deshacerse de todo. Casi empezar de cero. Un año para darse a valer. Un millón para reconocerse. En un lugar que hoy abraza estas situaciones. Que vive de esperar sorpresas, de buscar el menor riesgo posible en operaciones con alta posibilidad de acierto. En las oficinas de la franquicia son sabedores de que en sus manos tienen a alguien capaz de lo mejor y lo peor, con todo lo que significa. Y hoy, lo buscan. Porque tienen tiempo y el contexto no exige nada desde el principio. Pero qué dulce sabría dar en el clavo y romper la banca. Ciertamente, es una posibilidad, como cualquier otra. B-Easy es una esperanza a bajo coste.
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