A Matilde

Creo firmemente en el valor de la política como herramienta para cambiar la vida de las personas. Para tornar realidades. Pero sobre todas las cosas, creo que no se puede hacer política sin convicciones. Es el ingrediente imprescindible. En tiempos de vaivenes políticos es bueno tener referentes, espejos donde mirarte y reflejarte. El de Matilde Landa es uno de los míos. El de Matilde y el de mujeres y hombres que lucharon por la libertad, la justicia social y la democracia desde la más firme convicción de que merecía la pena incluso morir por ellas.

Matilde Landa ha sido una de las grandes olvidadas de nuestra historia. Tanto es así que su nombre seguramente hoy en día apenas se conozca. Un nombre del que sólo emana dolor. Una de las historias más desgarradoras de la “cruzada del idilio”, del “politicidio impuesto por el vil vencedor”. Extremeña, proveniente de una familia republicana, poseía una formación académica nada común para su época. Fiel defensora de la República, no estaba bautizada, algo que tampoco era común en la época, pese a la imagen que se fraguó durante el Régimen dictatorial franquista de relacionar izquierdismo, republicanismo o laicismo con ateísmo. Fue una falacia creada como arma arrojadiza, como si la cruel represión no hubiese sido suficiente.

Activista de la causa, recorrió pueblo a pueblo la geografía española alentando a las tropas republicanas a que no se rindiesen. Trabajó en hospicios y hospitales republicanos. Militó en el PCE y puede presumir que el propio Miguel Hernández le escribiese un poema. Sin embargo, pronto sus ilusiones se desvanecerían. Fue apresada y conducida a la cárcel de Ventas de Madrid, por donde pasarían también las Trece Rosas Rojas.

De allí fue llevada al peor penal de todos, el de Gran Canaria. Fue objeto de prácticas aberrantes y antihumanas encaminadas a una “recristianización”. Se experimentó con ella la posibilidad de reconvertirla en una “cristiana de bien”. Ella siempre se negó. Siguió fiel a sus principios, aún cuando el miedo recorría cada poro de su piel. Se pretendía presentar a Matilde como ejemplo de las benevolencias de la férrea dictadura, y de haberse conseguido habría sido una gran victoria propagandística para el Régimen.

Pero únicamente consiguieron matarla en vida. Ella fue quien eligió que vida tener, qué camino tomar, pero también marcó su propio devenir. Cuando su cuerpo y su alma no pudieron soportar más dolor se arrojó desde la galería de la cárcel. Paradójico resulta que fuese la muerte quien la librase de la vida que le esperaba. Si parecía que no podían ir más allá, todavía les quedaba una carta bajo la manga. Fue bautizada in artículo mortis, algo que indignó enormemente a su familia cuando lo conocieron.

Le arrebataron su vida y la condujeron a su muerte, pero no pudieron lograr lo que pretendían. Dañaron su cuerpo, la torturaron psicológicamente, pero no consiguieron su sumisión. Y yo me quedo con su recuerdo, con su lucha, con sus ideales y con una gran frase de la canción Matilde Landa del disco de Barricada, “La tierra está sorda”, “Matilde Landa, republicana, no pudieron colgar de tu pecho ni crucifijos ni sotanas”.

 

A Matilde… y a Julia, Clementina, Palmira, María, Carmen, Virtudes. A la salud de todas las mujeres con conciencia.

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