Baudelaire, rey de poetas

Charles Baudelaire encuentra la belleza donde el resto no la ve o castiga, la desprecia o destierra. Su visión estética y vital ha quedado plasmada en su obra maestra, aquella a la que debe su fama inmortal, pero que en vida le causó más disgustos que otra cosa, Les Fleurs du Mal: un clásico de la literatura universal.

En vida estuvo marcado por el dandismo, los viajes y su gran pasión, la actriz mulata Jeanne Duval. Con su “Venus negra”, como la llamaba, compartió veinte años de amor borracho, infiel y voraz, convirtiéndose en su perdición y poesía.

Tú que, como una cuchillada,

En mi corazón doliente has entrado;

Tú que, fuerte como un tropel

De demonios, llegas, loca y adornada,

 

De mi espíritu humillado

Haces tu lecho y tu imperio,

-Infame  a quien estoy ligado,

Como el forzado a la cadena

(Fragmento de El vampiro)

En la Ville Lumière optó por el bajo mundo parisiense y se entregó de lleno al vicio, a las drogas, el alcohol y el sexo, contrayendo la sífilis en la cama de una prostituta. Baudelaire aspira, con los sentidos exaltados, a la Belleza. Pero no dentro de una concepción determinista: para él no existe la Belleza “única y absoluta”. Anhela encontrarla en el mundo presente, aunque tenga que valerse de la magia y hasta de Belcebú.

¡Ilumina tu pupila a la llama de los candelabros!

¡Ilumina el deseo en las miradas de los rústicos!

Todo lo tuyo para mí es placer, morboso o petulante;

 

Sé lo que quieras, noche negra, roja aurora;

No hay una fibra en todo mi cuerpo palpitante

Que no exclame: ¡Oh mi querido Belcebú, te adoro!

(Fragmento de El poseso)

Dicho elemento fantástico explica cómo su sentido de belleza necesita de la magia y el artificio. Estos elementos son los que se hallan en la fórmula de la belleza baudelairiana “pura y extraña”: lo bello es siempre extraño, porque es esa extrañeza la que particularmente la hace ser la Belleza.

Cuando Natura en su inspiración pujante

Concebía cada día hijos monstruosos,

Me hubiera placido vivir cerca de una joven giganta,

Como a los pies de una reina un gato voluptuoso.

(…)

Recorrer a mi gusto sus magníficas formas;

Arrastrarme en la pendiente de sus rodillas enormes,

Y a veces, en estío, cuando los soles malsanos,

(…)

(Fragmento de La giganta)

Con la publicación de su obra más conocida, Les Fleurs du Mal (1857), Baudelaire es acusado de inmoralidad y su obra censurada por delito de ultraje a las buenas costumbres e inmediatamente retirada de las librerías. Gustave Bourin escribió en Le Figaro que “nunca se vio sobar y morder a tantos pechos en tan pocas páginas; nunca se contempló semejante desfile de demonios, de fetos, de monstruos, de gatos y de podredumbre”.

Es en ese momento cuando su fama comienza a extenderse y, pese a las críticas y censuras, Baudelaire amplía Les Fleurs du Mal, que vuelve a ser publicada en 1861, siendo un itinerario moral, espiritual y físico. “Hay solo dos maneras de alcanzar la fama”, escribió el poeta en un ensayo de arte, “sumando un éxito después de otro, año tras año, o deslumbrando al mundo de repente como en la caída de un rayo”. Les Fleurs du Mal fueron el rayo de Baudelaire, su gloria póstuma.

También vieron la luz otras de sus grandes obras, como Los paraísos artificiales (1860), después de que el tedio vital (esplín), el afán de ir más allá y el ahogo que le producía la sociedad burguesa llevaran a Baudelaire a explorar realidades alternativas a través de vías de escape como el alcohol, el hachís y el opio.

Por mi parte, yo creo que me encontraría siempre bien allí donde no estoy… ¡En cualquier lugar, con tal que sea fuera de este mundo! ¡En cualquier lugar!…

(El esplín de París)

Cansado de la presión de los sectores más rígidos de la sociedad parisina, Baudelaire abandonó la capital francesa para establecerse en Bruselas. Gravemente afectado de la sífilis y sometido a los paraísos artificiales de los alucinógenos, los días de Baudelaire terminaron un sábado de 1867 en los brazos de su madre. Tras su muerte, sería aclamado por generaciones posteriores como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos, en el que se combinan el romanticismo con el simbolismo de una manera única e incomprendida en su época, hecho que le hizo ganarse, junto con su actitud frente a la vida, el sobrenombre de poeta maldito.

¿Quién fue Baudelaire, qué fue para usted, qué fue para la poesía?, le preguntaron a Rimbaud en cierta ocasión. “Es rey de los poetas”, respondió. “Baudelaire es un verdadero dios”.

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