El Papa ha muerto y Dios lo ha matado

The Young Pope es una historia de amor. Una historia sobre los que amaron, los que son demasiado cobardes para hacerlo, sobre los arrepentidos por no poder amar y sobre los que adoran lo que no deberían. Yo no sé si amar y tener fe son cosas parecidas, pero Paolo Sorrentino parece querer demostrarnos que sí. No descubro nada nuevo si os advierto de que no todas las historias de amor terminan como desearíamos.

En la primera escena,  Lenny Belardo emerge de una pila de bebés. Entra en esta montaña de infantes siendo un recién nacido y reaparece convertido en un hombre, pero sólo es un sueño. Es el nuevo Papa, Pío XIII, uno que no cree en Dios. Tiene sólo 47 años, lo que no tiene es fe y eso le consume. En esta primera escena, Sorrentino nos permite acercarnos a la esencia de aquello que va a desarrollar a lo largo de los diez episodios de la miniserie. Vamos a ser testigos de cómo un niño se convierte en un hombre, de la belleza absoluta recogida en cada plano y de que las dudas son la esencia misma de la fe. Entenderemos, si no lo sabíamos ya, que el hombre no fue creado a imagen y semejanza de un ser divino, más bien fue al revés.

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Vía HBO.

¿Existe Dios? ¿Importa acaso? “Sus ojos son la prueba de que Dios existe”, eso le dice una puta al Papa mientras este se cuestiona su falta de fe. El Cardenal Caltanissetta nos da la clave: “La pregunta ahora no es si Dios existe, sino: ¿por qué dependemos de Dios?. Sorrentino nos acerca a las sombras de la Iglesia católica: pederastia, corrupción, conservadurismo e intolerancia. El director nos confía un secreto a voces:  “Los rumores en el Vaticano se convierten en calumnias”. Si bien esto no es nada novedoso, pienso que Sorrentino ha tenido la suficiente destreza como para colocar el foco de atención en lugares menos explorados. Se centra, también, en el sufrimiento del hombre, en el desamparo de alguien que necesita creer y no es capaz de hacerlo. Que Dios exista o no, no es importante. Lo interesante es de qué manera afecta al individuo no recibir respuesta cuando mira al cielo y reza para que así sea. Lenny Belardo alza la mirada y siente que nadie le escucha. El Cardenal Voiello, en cambio, encuentra a Dios en un niño con diversidad funcional y en el fútbol. La hermana María ve la santidad en Belardo y en él descubre a su propio Dios.

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Vía HBO.

 

El trabajo de Jude Law es impecable. En ocasiones, es difícil olvidar que hay un actor detrás de algunos personajes. En este caso, lo complicado es recordar que Lenny Belardo no existe y que bajo su piel se encuentra un hombre británico. El Papa que se nos presenta es un político cruel, ambicioso y profundamente consciente de la legitimidad que le otorga la fe de los demás, que no la suya propia. Un hombre herido, un huérfano resentido. Es un Papa que no quiere tener rostro, que aspira a ser como Salinger, Daft Punk o Kubrick. Sin embargo, este nuevo líder no sabe de qué manera dirigirse a sus fieles. No busca regalarles calma, sino tempestad. Es conservador y desprecia a los creyentes, pues considera que el mundo se ha alejado de Dios. Es interesante adivinar que lo que le sucede a Belardo es que es un ególatra, considera que lo que siente la humanidad está arropado por sus propios sentimientos. Uno termina por darse cuenta de que no es el mundo el que se ha alejado de la divinidad, sino el propio Papa.

Encontramos en el elenco a una Diane Keaton que podría brillar mucho más, al igual que James Cromwell o Javier Cámara. La  sorpresa, sin embargo, llega de la mano del italiano Silvio Orlando, que parece el único capaz de no quedar eclipsado por Jude Law. Los secundarios lo son demasiado y sólo destacan cuando el protagonista interactúa con ellos. Lo que, sin lugar a dudas, atrapa de esta producción es el componente visual. Me sorprendió la delicadeza que hay tras cada plano, el profundo erotismo que transmiten algunas escenas y las continuas referencias al arte oculta tras los muros vaticanos.

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Vía HBO.

Esta serie me ha dejado con ganas de caminar por los pasillos de un Vaticano vacío. De cuestionarme por qué no creo en Dios y si debería hacerlo. Me ha dejado pensando cómo es posible que un personaje como Pío XIII no sea real, porque me gustaría ser testigo de una revolución de esta magnitud en el corazón de la Iglesia. Sigo admirando lo grandioso que es Sorrentino y lo bella que es La Piedad. Y, para mi sorpresa, me he encontrado preguntándome si la existencia de Dios daría a la serie algún tipo de sentido. Aunque, probablemente, el sentido se lo dé que no sea así. Comenzaba advirtiendo que no todas las historias de amor terminan como deberían. The Young Pope no podría tener un final mejor.

‘What is more beautiful, my love? Love lost or love found? Don’t laugh at me, my love. I know it, I’m awkward and naive, when it comes to love, and I ask questions straight out of a pop song. This doubt overwhelms me and undermines me, my love… or to lose? All around me, people don’t stop yearning. Did they lose or did they find? I can’t say. An orphan has no way of knowing. An orphan lacks a first love. The love for his mama and papa. That’s the source of his awkwardness, his naiveté. You said to me, on that deserted beach in California, “you can touch my legs.” But I didn’t do it. There, my love, is love lost. That’s why I’ve never stopped wondering, since that day: where have you been? And where you are now? And you, shining gleam of my misspent youth, did you lose or did you find? I don’t know. And I will never know. I can’t even remember your name, my love. And I don’t have the answer. But this is how I like to imagine it, the answer. In the end, my love, we have no choice. We have to find’. L. Belardo.

 

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