La Cuenta

-Buenísimo, todo buenísimo. – Dice Santi palmeándose la barriga.

Le miro divertido.

-Me alegro de que te haya gustado, tío. Me lo recomendó Roberto y venimos mucho. A Clara le encanta.

Mi mujer levanta la vista de la pantalla del móvil y asiente distraída. Sus dedos no dejan de teclear en ningún momento.

-¿Podrías dejar el móvil?

-Lo siento, tengo un incendio. – Responde sin mirarme.

Santi nos observa extrañado.

-¿Un incendio?

-Es a lo que llama Clara cuando le surge algún imprevisto en el curro. Es decir, todos los días. – Explico con fastidio. – Así está la casa. – Añado en voz baja. Santi pretende no haberme oído.

-Ah, bueno. – Santi saca el móvil, finge que teclea y se lo pone a la oreja. – ¿Bomberos? Tenemos una emergencia.

Clara se ríe a su pesar y guarda por fin el móvil en el bolso.

-Bueno, pagamos, ¿no? – dice.

-Pagamos, pagamos. – Respondo asintiendo.

Pedimos la cuenta y el camarero la deja sobre la mesa al instante. Veo que Santi va a rebuscar en sus bolsillos y le sujeto del brazo.

-Ni de coña, tío.

-Bueno, hombre, – responde. – lo que faltaba.

-No, no, no, de eso nada. – Dice Clara. – Pagamos nosotros. Para una vez que vienes a la ciudad…

-Bueno, lo que faltaba. – Repite Santi. – Que no nos vemos desde hace siglos, no me vais a dejar pagar.

-Pues claro que no te dejamos. – Protesta Clara, sacando su cartera. – A ver, cuánto es…

-Espera cariño, – le digo. – pago yo.

-¿Qué más da? – pregunta extrañada.

-Bueno, hombre. Quiero invitar a mi amigo Santi a comer, ¿no puedo? – El tono me sale algo más duro de lo esperado y veo como Clara recula, con cierta señal de reconocimiento en sus ojos.

-Pedro, – me dice con suavidad. – es la misma cuenta. Da igual. Haz el favor.

-Ya empezamos.

-No, ya empezamos, no. Qué manía con querer pagarlo siempre todo cuando estamos con gente.

-Es un gesto de caballerosidad. – Le digo, no sin una pizca de altanería.

-¿Caballerosidad? ¿Podrías dejar el hacerte el machito para otro momento?

-Machi… No empecemos con tus feminismos.

Santi me mira sorprendido, frunciendo el ceño. Mientras Clara y yo discutíamos ha sacado la cartera y ha dejado el dinero en la bandejita de la cuenta. Se lo arrebato y se lo tiendo.

-Que no. – Le digo. – Que no vas a pagar. Pago yo. Con mi tarjeta. – Añado mirando a Clara.

-¡Pero si tengo la tarjeta en la mano! – Protesta esta.

-¡Bueno! Ya vale. – Interrumpe Santi mirándonos. – No quiero tener que llamar al abogado para que firméis el divorcio.

Clara suelta una risa tensa y ladea la cabeza. Santi sigue sin coger su dinero, así que me levanto e intento metérselo en el bolsillo de la camisa, pero me da un manotazo sin querer y los billetes salen volando por los aires. Clara se lleva las manos a la cabeza. Los clientes de la mesa contigua nos miran extrañados. El camarero, que no sabe muy bien si acercarse o no, hace lo mismo.

-¿Puedes dejar de comportarte como un crío? – Me espeta Clara entre dientes.

La imito burlándome.

-¿Puedes dejar de comportante como un crío? – Repito.

Abre los ojos como platos.

-¿Estás de broma?

Lo que estoy es muy nervioso y no atino a coger los billetes de Santi del suelo. El camarero se acerca para ayudarme, lo que no me calma en absoluto.

-¡Ya los tengo, ya los tengo! – Digo alzando la voz.

Santi me mira pasmado desde su asiento. Esta vez acepta el dinero cuando se lo tiendo y sube las manos en señal de derrota.

-Oye tío, mira, paga tú y lo dejamos.

Clara va a protestar, pero Santi le pone una mano tranquilizadora en el brazo. Le hace una señal con la cabeza, negando. Esta cede, pero casi puedo ver el humo saliendo de su nariz mientras me mira con enfado. Me siento, satisfecho.

-¿Veis? No era para tanto, ¿verdad, Clarita?

Mi mujer me lanza una mirada amenazante.

-¿Quieres pagar de una puñetera vez?

Me río victorioso.

-Hombre, no voy a poder invitar a mi amigo y a mi mujercita a comer, es lo que faltaba.

-Pedro, no me toques los ovarios.

Creo que Clara está a punto de romperme una copa de vino en la cabeza, así que me bato en retirada, exhibiendo una sonrisa socarrona. Descuelgo la chaqueta de la silla para sacar la cartera. Clara me mira apoyando la barbilla en las manos y Santi juguetea con las migas de pan, algo incómodo.

De repente, noto como enrojezco violentamente. Clara me mira extrañada.

-¿Qué te pasa?

-Eh… – suelto un murmullo incoherente.

-¿Qué? – Pregunta Clara entornando los ojos. – No te entiendo.

Santi alza la vista hacia mí.

Les miro con fastidio.

-Se me ha olvidado la cartera.

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