Miguel Ángel y Tommaso: amor entre los mármoles

Ya que en tus ojos está entero el paraíso (“Poi che negli occhi hai tutto ‘l paradiso”), leemos en el último terceto del Soneto XXXIV de Miguel Ángel Buonarroti.

La vida de mi amor no está en mi corazón,
pues corazón no tiene el amor con que te amo.

Tenía el artista cincuenta y siete años cuando contempló, o, mejor diremos, cuando reconoció por primera vez a Tommaso Cavalieri, de incomparable belleza en palabras del historiador coetáneo Benedetto Varchi. En aquel joven caballero romano reconocía a su David; al Cristo desnudo del Juicio Final, a sus hoplitas de la batalla de Cascina, que él quiso esculpir sorprendidos mientras se bañaban desnudos en el río Arno; a su efebos del Tondo Doni.

Solo el genio transgresor de Miguel Ángel podía permitirse la blasfemia de incluir en el Tondo Doni una bacanal de cuerpos masculinos desnudos: José, María y el Niño, la Sagrada Familia, se sitúan en primer término, pero nuestra mirada se distrae de inmediato con la deliciosa escena de cancaneo renacentista que transcurre justamente detrás. Tondo cruising.

La obra pictórica y escultórica de Buonarroti es un canto extasiado al cuerpo humano, y muy destacadamente al cuerpo masculino. Materia, pura materia. Nuevo Apeles, paganizó el arte cristiano y en la mismísima Capilla Sixtina, donde son coronados los Papas, logró desplegar una sinfonía de hombres, sobre todo hombres, desnudos.

Miguel Ángel se quiso, antes que nada, escultor. Alcanzó fama inmortal con sus frescos. Mucho menos conocida es su faceta de poeta, pese a que sus cuadernos están llenos de poesía; una poesía que le servía para liberar sus frustraciones contra la curia romana y el Papa Julio II (Aquí se hacen yelmos y espadas de los cálices/ y la sangre de Cristo se vende a manos llenas), sus inquietudes religiosas (Las fábulas del mundo me han robado/ el tiempo en que debía contemplar a Dios) o sus pulsiones sexuales.

Negar la evidente homosexualidad de Miguel Ángel ya no se sostiene. La mirada homoerótica inunda su obra y es imposible ocultarla en sus Sonetos, una buena parte de los cuales dedicó a Tommaso Cavalieri, a quien amó, también físicamente. Cavalieri, amante un tiempo, siempre amigo, terminaría por sostener sus manos mientras moría en 1564.

Giovanni da Pistoia, Gherardo Perini, Febo di Poggio o Cechino Bracci también están ligados a la vida del pintor, escultor y arquitecto renacentista, pero éstos fueron amores efímeros, de poca huella. Con el chico romano fue distinto. Un detalle baste: Miguel Ángel nunca pintó retratos de banqueros, papas, reyes o nobles. Ni un solo lienzo de un poderoso de su tiempo. Y una sola incursión en el retratismo: para pintar a Tommaso Cavalieri; lienzo lamentablemente perdido.

Cavalieri era su Alcibíades.

Miguel Ángel – La caída del hombre

Quienes hayan leído la obra de Platón o Jenofonte, sin el expurgo al que se someten en nuestras clases de (mala) filosofía, habrán descubierto las constantes referencias homoeróticas de Sócrates por el apolíneo Alcibíades. La Iglesia y las almas hipócritas quisieron vendernos esa relación como “amor platónico”, espiritual, sin concurrencia del sexo; pero Sócrates amaba el espíritu y el cuerpo del bello Alcibíades.

Del amor entre Miguel Ángel y Cavalieri -¡cómo no!- también nos han intentado colar que era “platónico”.

Lo que en tu bella faz aprendo y busco,
Mal lo comprende el ingenio humano:
Quien saberlo quiera, ha de morir entonces
(Soneto LX)

Cuando Miguel Ángel reconoce a Tommaso, vivía una de sus crisis periódicas. Es la época de sus esclavos para la tumba de Julio II, aquellas moles humanas que se revuelven contra la piedra que los oprime, los apresa y los ahoga. Hombre de contradicciones, se debatía entre la pulsión por la materia y el misticismo, por el mundo neopagano de los Médicis y la hoguera de las vanidades del fraile Savonarola.

El bálsamo, la paz, la quietud, se llamó Tommaso Cavalieri y Miguel Ángel se sumergió en sus ojos, que contienen entero el paraíso.

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