Segunda oportunidad

Andaba por un camino donde el único paisaje visible eran campos, algunos labrados, otros aún repletos de trigo, y rodeándolos, pequeños chopos que no daban sombra.

Miré a mi derecha y vi un campo muy especial, en él había un enorme árbol cuyas ramas rodeaban por completo una pared agujereada por dos arcos, sin puertas, pintada del mismo color que el cielo, incluso, tenía nubes dibujadas haciendo difícil distinguir su contorno. Por suerte, el enorme roble sin hojas que la tenía agarrada ayudaba a ello.
Me quedé mirando la puerta de la derecha, ignorando completamente la otra. De hecho, mi mirada, fija en esta, me impedía distinguir la adyacente.

Caminé hacía ella, saliendo del camino. Oí una voz, aunque estaba caminando sola, que me suplicaba que no debía marcharme, sin embargo, aquello solo hizo que tuviera más ganas de alcanzarla.

Corrí tanto como pude por el campo labrado, y antes de cruzar la puerta el enorme roble se movió, me acarició con sus ramas y me empujó a ella, al otro lado de esta había oscuridad. Las ramas del roble se habían convertido en manos que acariciaban y tocaban por completo mi cuerpo desnudo.

Lejos de sentirme incomodada, me sentía liberada, querida y ligera, oía voces cada vez que se acercaban a otra parte de mi cuerpo. Estas me informaban de lo que me estaba ocurriendo, vi cómo me hacían más bella, retiraban de mi cuerpo todas mis imperfecciones y problemas, incluso los fisiológicos.

Observé mi piel, no tenía estrías, ni manchas. Después, cerraron mis ojos, y cuando desperté, aturdida y frágil como una muñeca, me hallé en una habitación vacía de paredes aún azules, bajas, donde si me levantaba podía ver las habitaciones contiguas a la mía.

Comprendí porque eran tan pequeñas en seguida, en las demás había niños de unos tres o cuatro años, que correteaban y me miraban con curiosidad.

En cuanto intenté cruzar la puerta, una cortina me separó del exterior y de nuevo, las manos aparecieron para enseñarme con la ayuda de un espejo, mi nuevo rostro.

Mis ojos seguían siendo los mismos, pero era una niña, las imperfecciones se habían marchado gracias a la juventud que se me había otorgado de nuevo.

-Volveré a nacer, en cuanto cruce esa puerta, ¿verdad?

-Si la atraviesas y aún no es tú hora, volverás. Pero, si estás lista, te marcharás. -Respondió una voz entre grave y harmoniosa. Era un sonido indescriptible, un tono de voz inimaginable, solo real entre aquellas cuatro paredes.

Crucé la cortina con los ojos cerrados y al hacerlo di una enorme bocanada de aire, volvía a respirar.
Abrí los ojos, aún era yo, repleta de cables y tubos, estaba en el hospital y mi madre sostenía mi mano con fuerza. Oí de nuevo la voz:

-Aún te quedan cosas por hacer. –

Me habían dado una segunda oportunidad.

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