Tú a Prijepolje y yo a Šibenik

El club de los 27 está formado por un número sorprendentemente alto de músicos que murieron a los veintisiete años. Nombres famosos e icónicos como Janis Joplin, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Jim Morrison o, más recientemente, Amy Winehouse, fallecieron a esa misma edad, ampliando así la leyenda iniciada por Robert Johnson. Quizás no sea más que un caso tristemente célebre de correlaciones ilusorias, pero sigue presente en la cultura popular.

Drazen Petrović no fue un músico, aunque le apodaron el Mozart del baloncesto. Tampoco murió a los veintisiete. No por ello deja de ser importante ni relevante en relación al primer párrafo. Llegó tarde. Murió a los veintiocho, igualmente joven y con demasiado talento aún en el tintero.

 

No obstante, si algo tiene en común con estos artistas es que su legado no hizo más que engrandecerse una vez exhaló su último aliento.

 

Irreverente, controvertido e indomable; todos estos términos siguen yendo de la mano de su nombre. Esa leyenda es gran parte de lo que nos queda de él. Era diferente, y siempre supo explotarlo para su beneficio. Mucho antes de ser un jugador de baloncesto en la liga más grande del planeta, Drazen era simplemente un niño yugoslavo con más talento que los demás. Y su herencia patria moldearía parte de los sucesos acontecidos a lo largo de su vida.

Yugoslavia era un mosaico, un país destinado a desaparecer desde su creación. Las diferencias políticas y religiosas entre croatas, serbios y bosniacos eran igual de fuertes que el único aspecto que les hacía similares: su irremediable negativa a dejarlas a un lado. Los musulmanes de Bosnia detestaban a los católicos de Croacia, quienes a su vez odiaban a los ortodoxos de Serbia. A pesar de los múltiples intentos de crear una cultura homogénea y plural al mismo tiempo, la tensión nunca dejó de ser patente.

Inmerso en este crisol étnico, Petrović nació el 22 de octubre de 1964 en la ciudad croata de Šibenik, a orillas del mar Adriático. Sus padres, Jovan y Biserka, siempre tuvieron grandes planes para él. Para ser justos, también los tuvieron para su primer hijo, Aleksandar, hermano mayor y único de Drazen. No obstante, en la familia de los Petrović -un hogar tradicional croata y muy religioso- querían que fuera la música el ámbito en el que los dos hermanos destacaran. En cuanto Aleksandar empezó con la guitarra y el clarinete, Drazen le siguió.

Uno de los aspectos más importantes del éxito posterior de Petrović fue su increíble ética de trabajo. Es imposible saber qué habría pasado si hubiera seguido con su educación musical, pero podemos imaginar que habría llegado lejos, con la condición de esforzarse tanto como hizo con la pelota. Desde que era niño, su gen competitivo conformó gran parte de su personalidad. Y sus ansias de dominar sólo eran igualadas por su aversión a la derrota.

Curiosamente, sus interminables entrenamientos a las seis de la mañana nunca habrían tenido lugar si su hermano no hubiera decidido probar suerte con el baloncesto. Cuando Aleksandar firmó con la Cibona de Zagreb, Drazen ya jugaba para su instituto. El equipo local de Šibenik era el ahora extinto KK Šibenka, del cual han surgido entidades sucesoras en los últimos años (entre ellas, una con el nombre de Drazen), pero ninguna reconocida legalmente. Por entonces, el Šibenka abrió equipos de baloncesto de formación para nutrir al primer equipo. Naturalmente, Petrović vio la oportunidad y accedió.

Gracias al trabajo duro, pronto se comenzó a acrecentar la diferencia -ya existente, por causas de talento- entre él y el resto. Por cada persona que decía que era un competidor nato, había otra que le tildaba de obsesivo y enfermizo. Lo que Drazen entendió como nadie es que tenía que serlo: debía ser obsesivo y enfermizo para ganar, sin días libres. Tiros, tiros, tiros y más tiros le hicieron progresar a través de las categorías inferiores del Šibenka.

En el año 1979, Zoran Slavnic tomó las riendas del primer equipo, y decidió utilizar de forma efectiva la cantera del equipo croata. Y es este punto donde se cruzan los caminos de Petrović y el baloncesto profesional. Aun jugando poco, lo cual es comprensible para un niño de quince años, la experiencia que adquirió fue indudablemente enriquecedora para su juego en años posteriores. No fue hasta un par de años después, con Faruk Kulenovic entrenando, cuando se comenzó a ver más de cerca de qué era capaz aquel chico local. En la campaña 81-82, tan sólo el veterano Branko Macura anotó más puntos que Drazen en el equipo. El campeón de la liga yugoslava ese año fue la Cibona de Zagreb, donde militaba Aleksandar.

Al contrario que la Cibona, el Šibenka era un equipo más bien modesto. Por ello, sus participaciones en las competiciones europeas fueron más que celebradas a inicios de los años 80. Se clasificaron para la Copa Korać, nombrada así en homenaje a Radivoj Korać, jugador yugoslavo fallecido en un accidente de tráfico. Llegaron hasta la final en años consecutivos, sólo para perder ambas ante el Limoges francés.

Además de sus periplos europeos, Drazen llevó a su equipo a la final del campeonato doméstico en 1983, ante el Bosna. Y perdieron en una de las series más surrealistas de la historia. Tras dos partidos igualados, se disputó el encuentro decisivo. El Šibenka se alzó con la victoria y, en principio, el campeonato. Dos tiros libres legales de Petrović sin apenas tiempo en el marcador desataron la alegría de los seguidores croatas. Sin embargo, el comité de la Federación Yugoslava de Baloncesto decretó la repetición del partido, atendiendo así a las quejas infundadas del Bosna. Sólo se presentó un equipo para el desempate en la ciudad serbia de Novi Sad. El equipo de Sarajevo era campeón tras el boicot del Šibenka.

Fue su última oportunidad de ganar títulos con el equipo de su ciudad. Tras cumplir un año de servicio militar obligatorio, Drazen tenía que elegir: Šibenik se le quedaba pequeño. Prácticamente toda la élite baloncestista yugoslava se lanzó hacia él. Varias universidades estadounidenses llevaban años siguiéndole y presentaron sus ofertas. Petrović hizo lo mismo que había hecho años atrás con gran éxito, seguir a su hermano. Era, por fin, el nuevo escolta de la Cibona de Zagreb.

 

 

Es, además, el año 1984 cuando se celebran los Juegos Olímpicos en la ciudad de Los Ángeles. Drazen fue convocado, como había hecho previamente en las categorías inferiores. De hecho, es en una Copa Mundial junior donde se comienza a observar el comportamiento característico del de Šibenik en las canchas. Actitudes para desestabilizar a los rivales, forcejeos que acaban en peleas, gestos de victoria en la cara del oponente y mucho más. Petrović era capaz de meterse en la cabeza del adversario, y utilizaba un arsenal de trucos sorprendente para alguien tan joven.

Unos años antes, se había enfrentado con el Šibenka a la Cibona en unas semifinales nacionales. Su hermano Aleksandar pudo ver de primera mano la sangre fría y obsesión por la victoria de Drazen.

Cuando Drazen se presentó en el pabellón, todo el público le aplaudió para felicitarle por su juego. Al final del encuentro, tenía que anotar dos tiros libres para llevarse la victoria. Este partido no significaba nada para ellos y nosotros, jugadores de la Cibona, obtendríamos dinero si ganábamos. Así que fui a hablar con mi hermano y prácticamente le supliqué que fallara ambos. Sonrió y encestó los dos. No sabía cómo perder.

Arvydas Sabonis, legendario pívot soviético, le consideraba un jugador despreciable. Muchos protagonistas del baloncesto europeo descubrieron que odiaban enfrentarse a Drazen cuando jugaron por primera vez contra él en Los Ángeles. A pesar de tener sólo diecinueve años, Petrović era uno de los líderes del equipo junto a su tocayo, Drazen Dalipagić, capitán de la escuadra. Tras vencer a Uruguay en cuartos, cayeron ante la selección española por siete puntos. Se alzaron con el bronce ante Canadá, pero existía una sensación de inconformismo. Querían haber plantado cara ante los estadounidenses en su casa.

No obstante, al volver se iniciaba un periodo ilusionante en la vida de Petrović. Disputaría por primera vez la Copa de Europa, dejando los recuerdos amargos de la Copa Korać atrás. La Cibona ya tenía cierto prestigio en el panorama nacional, y afrontaba la temporada 1984-85 con ganas de arrasar en todas las competiciones. No gozaban la misma historia que otros equipos míticos del país, pero su plantilla no tenía nada que envidiarles.

La liga yugoslava fue sencillamente fácil para ellos. Actuaciones antológicas de Petrović catapultaron al equipo de Zagreb hasta el campeonato. Ejemplos fueron sus 55 puntos vacíos de misericordia ante el Šibenka o sus 51 ante el Partizan en un encuentro de semifinales. En Europa, el dominio no fue diferente: victoria en la máxima competición continental ante todo un Real Madrid. A finales de abril, el equipo cerró su triplete particular con la consecución de la copa nacional ante la Jugoplastika de Split.

A pesar de alcanzar la gloria a nivel de clubes, la selección se le siguió resistiendo. Yugoslavia firmó un Campeonato Europeo decepcionante en 1985. La derrota ante Checoslovaquia en los cuartos de final eliminó a un equipo que parecía estar destinado a siempre querer más. Drazen formó parte del quinteto ideal del torneo y ya constituía una estrella brillante en la constelación europea, a pesar de no llevarse ninguna medalla a casa.

Al año siguiente, Petrović anotó 112 puntos en un partido envuelto en polémica. El rival, el Olimpa, puso en liza a su equipo juvenil por problemas burocráticos con las fichas de los jugadores. Los ciento doce puntos del croata siguen siendo uno de los mayores hitos que se le recuerdan. Tras otro año de dominio europeo, Drazen fue elegido por los Portland Trail Blazers en la tercera ronda del Draft de la NBA de 1986. También los Blazers seleccionaron ese año a Arvydas Sabonis, su némesis lituana. A pesar de ello, ambos decidieron quedarse en Europa unos años más.

Tanto Petrović como Sabonis capitanearon a sus equipos en el Campeonato del Mundo que se celebraba en España. Yugoslavia y la Unión Soviética llegaron a las semifinales, con una victoria de estos últimos que auguraba, una vez más, frustración de dimensiones desproporcionadas para Drazen. Unos dobles en el momento más inoportuno de su compañero y amigo Vlade Divac dieron paso a la remontada soviética. Su odio a la derrota se vería presente de nuevo cuando la Cibona no fue capaz de revalidar su título nacional ante el Zadar. El de Šibenik tendría que volver a la Recopa y a la Copa Korać que tantos disgustos le había dado en su día. Tras una temporada gris, era hora de ir a por nuevas aventuras.

La Federación Yugoslava de Baloncesto tenía por norma revocar la elegibilidad para jugar en el combinado nacional a cualquier jugador que hubiera jugado en el extranjero antes de cumplir los 28 años, en un intento de proteger el talento nacional. Sin embargo, la norma se flexibilizó ante los intentos de Drazen de irse, dando así origen a la ‘regla Petrović’. Tenía 22 años y varias alternativas: en Estados Unidos, los focos en Portland; en España, Barcelona y Real Madrid se peleaban por él; en Italia, el Granarolo Bolonia abría sus puertas. A pesar de haber existido un precontrato con el Barcelona, Petrović firmaría con el Real Madrid. El plan era recalar en el club blanco dos años después, cuando cumpliera los nuevos y más permisivos requisitos de la Federación.

El jugador croata había sufrido todo tipo de abucheos e insultos en la ciudad un año antes, con motivo del Mundial. Su estilo arrogante no calaba entre los aficionados españoles, que apoyaron a la Unión Soviética indiscutiblemente en las semifinales. Una capital como Madrid se debía preparar para amar a un jugador al que la lógica ordenaba odiar. Lo que es innegable es que las provocaciones, la arrogancia y los gestos se ven con otro filtro cuando vienen de tu bando.

Tras sus dos últimos años con la Cibona, en los que cada partido estaba impregnado con un triste olor a despedida, Drazen había ganado casi todo a nivel de clubes. Irónicamente, sólo se le resistió la Copa Korać, aquella de la que había estado tan cerca en dos ocasiones con el Šibenka. Ya no era el niño de entonces. Su experiencia internacional y sus 24 años le avalaban. El resto de la selección yugoslava también había madurado, y encaraba los Juegos Olímpicos de Seúl con deseos de canalizar el dolor de derrotas anteriores en combustible para vencer.

La nueva generación ilusionaba por su talento y su juego colectivo. Vlade Divac, Toni Kukoč, Dino Radja y Zarko Paspalj, entre otros, iban de la mano de Petrović para buscar el oro en Corea del Sur. Yugoslavia, como era habitual, comenzó de forma excelente el torneo, alcanzando las semifinales fácilmente. Además, por primera vez en la historia de esta generación, no tendrían que verse las caras con una potencia en la penúltima ronda: Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban entre ellos; España estaba eliminada. El rival para alcanzar la final era Australia, un equipo para el cual el cuarto puesto representaba un logro nacional.

El conjunto yugoslavo se deshizo fácilmente del australiano, pero el sobresalto llegó en el otro encuentro de semifinales. La URSS destronaba a una selección estadounidense compuesta de universitarios, avanzando así con paso fuerte a la final. La inercia fue demasiado potente y los soviéticos se hicieron con el oro, relegando así de nuevo a los yugoslavos a ver la entrega de medallas desde un cajón diferente al más alto.

Petrović tuvo que volver a centrarse en su equipo para olvidar los desencantos de las selecciones. Esta vez vería algo completamente distinto a las veces anteriores. Para bien o para mal, competir en España no es lo mismo que competir en Yugoslavia. Estaba por primera vez fuera de su país, algo a lo que ya se debía haber hecho a la idea. Era jugador del Real Madrid desde dos años atrás. Ahora sólo tocaba enfundarse la camiseta blanca y, cómo no, tratar de ganarse a un público que estaba en su contra.

El conjunto madrileño no estaba en su mejor momento, pero seguía siendo respetable y respetado. Drazen había sido una de sus bestias negras particulares en Europa en los últimos años. Desde la capital se pretendía que llegada del escolta yugoslavo sirviera para bajar al Barcelona de lo más alto del baloncesto español. En la primera temporada no fue posible, ya que el equipo catalán se hizo con la liga de Petrović en unas finales en las que el croata acabó expulsado. La Copa del Rey y la Recopa de Europa fueron sus primeros títulos en España. Su relación con Fernando Martín siempre fue objeto de polémica, pero la supuesta lucha de egos no impidió que vencieran en las finales al Barça y al Snaidero Caserta respectivamente. Antes de este último partido, disputado en Atenas, tuvo lugar esta conversación entre Ramón Trecet, comentarista de TVE, y Petrović.

– Drazen, ¿has visitado o tienes pensado visitar el Partenón?
+ El Partenón es esta tarde en el Palacio.

Y tuvo razón. En el que quizás fue el mejor partido de toda su carrera, Petrović anotó 62 puntos y dominó completamente al Snaidero Caserta del gran Oscar Schmidt, quien logró 44 en su cuenta particular. Tras un primer año de altibajos en Madrid, la apretada agenda internacional le obligó a volver con la selección. El Campeonato de Europa de 1989 sería disputado en Zagreb, y podría servir como revancha ante una Unión Soviética que parecía aparecer siempre para negar el paso a Yugoslavia. Los resultados fueron los esperados: Grecia, victoria; Francia, victoria; Bulgaria, victoria; Italia, victoria; ¿Grecia de nuevo? Los helenos, comandados por Nikos Gallis, habían dado la gran sorpresa y derrotado a la URSS por un punto en semifinales. La final siguió el guión esperado y la generación dorada yugoslava se alzaría con su primer oro, sinónimo de gloria para aquellos jóvenes.

No obstante, al éxito deportivo yugoslavo le siguió un panorama nacional más que delicado. Es ese mismo año cuando cae el Muro de Berlín y, con él, simbólicamente, los lazos que mantenían unidos a las naciones comunistas de Europa del Este. La unidad de estos países comenzó a resquebrajarse más aún, y en Yugoslavia el impacto fue potenciado. Ya habían pasado nueve años de la muerte del mariscal Tito, visto por muchos como la única fuerza unificadora del país. El escenario era el idóneo para que afloraran sentimientos nacionalistas e independentistas en repúblicas como Eslovenia o la Croacia de Petrović.

Intentando mantenerse al margen de todo esto, el de Šibenik volvió a Madrid para preparar un nuevo año. Se presentó con la plantilla para iniciar la pretemporada. Sus planes cambiaron unos días después. El interés de los Portland Trail Blazers, quienes le habían seleccionado en el Draft tres años antes, comenzó una serie de negociaciones que acabó con el croata dando el paso definitivo a los Estados Unidos. Era el siguiente escalón natural para su juego, y un movimiento necesario para desarrollar todo su potencial. Madrid sólo tuvo un año de Drazen, y qué año…

Un año después de irse, George Karl se convirtió en el entrenador del Real Madrid. Cuando llegó, se seguían escuchando historias sobre su ética de trabajo. Quinientos tiros antes de entrenar, quinientos después, quinientos triples, quinientos tiros libres. Le preguntaron al croata sobre su mejor entrenamiento. Petrović respondió que una vez quiso ver cuántos intentos necesitaba para anotar cien triples desde la línea internacional. ¿La respuesta? Ciento cuatro.

Estaba preparado para demostrar ese trabajo en Portland. Si ya le había resultado extraña la transición a la vida en España, lo fue más aún a la estadounidense. De todos modos, Vlade Divac, amigo y compañero en la selección yugoslava, se unió a la liga al mismo tiempo. Natural de Prijepolje, había sido elegido por Los Angeles Lakers. Fue titular en sus primeros partidos en la franquicia angelina, convirtiéndose prácticamente en una sensación mediática. Había pasado de jugar en Europa a rodar anuncios con Magic Johnson. Petrović, sin embargo, no tuvo la misma suerte.

Su primera temporada en Portland estuvo marcada por sus excesivos minutos en el banquillo. Se presentaba, en este caso, uno de los mayores dilemas por los que los jugadores europeos deciden quedarse en el viejo continente. Petrović había sido una estrella en cada pabellón que había pisado; en el Šibenka, en la Cibona y en el Real Madrid. No estaba acostumbrado a jugar tan sólo los últimos minutos de los partidos. Había demasiados jugadores por delante de él en las rotaciones. Sus estadísticas fueron mediocres, en gran parte debido a su escaso tiempo de juego, y el croata comenzaba a desesperarse.

El apoyo y la amistad de Divac, retratada de forma preciosa en este documental, sirvieron de gran ayuda a Petrović, quien no dejaba de trabajar duro por lograr su puesto. Al siguiente año, a la combinación de Terry Porter, Clyde Drexler y varios jugadores de rol se unió Danny Ainge. Tendría aún menos minutos. Drazen, frustrado, quiso presentar una petición de traspaso.

Ese verano se disputaba el Mundial de Argentina de 1990, una oportunidad de mostrar al mundo una Yugoslavia unida pese a las revueltas en varias repúblicas. Los nacionalistas se habían hecho con el poder en Croacia tras las primeras elecciones multipartidistas en la historia del país. La guerra civil parecía inevitable. Es, en definitiva, un caos al que unos jóvenes de gran talento buscaron disfrazar de orden a los ojos del público croata.

Sin embargo, las banderas croatas abundan en los partidos de la selección y las tensiones no cesan a pesar de un torneo impecable de Yugoslavia. Tras vencer a unos Estados Unidos débiles en semifinales, una victoria ante la Unión Soviética (75-90) sirvió para obtener el oro mundial y cerrar, por fin, la herida que llevaba abierta desde Seúl 1988. Fue un escenario especial para ser el último partido de Drazen Petrović con la selección yugoslava, aunque en el momento no podía saberlo.

Al finalizar el encuentro, un fanático saltó a la cancha con una bandera croata y se dirigió a los jugadores de la selección. Divac cogió la bandera y la tiró al suelo tras un intercambio acalorado con el espectador. En el momento, no tenía ni idea de la repercusión que llegaría a tener. El de Prijepolje se sentía más yugoslavo que serbio. Vio la bandera como un intento de desestabilizar, generar división y polémica en un grupo que se había hecho con el oro. La mayoría de los compañeros no se dio cuenta, pero la presión mediática hizo de las suyas y el incidente de la bandera se convirtió en un debate nacional.

La relación entre Vlade y Drazen era muy estrecha, pero este último amaba Croacia, la que consideraba su única nación. El gesto le dolió. La amistad se fue enfriando paulatinamente, pese a los intentos de Divac de arreglar la situación. A los ojos de la prensa croata, era un ultranacionalista serbio. Él sabía que no lo era, pero no importó. A pesar de actuar con normalidad en público, el resentimiento de Drazen no podía esconderse del todo. En los partidos entre Blazers y Lakers, estos últimos solían entrenar antes. Un día, Vlade le esperó tras el entrenamiento para hablar con él, pero el croata esperó a que se fuera para salir de los vestuarios. Todo había cambiado entre ellos. Sucesos como este hacen que no sea sorprendente el título del documental antes mencionado: Hermanos y enemigos.

Lo importante para Drazen en este momento era buscar una situación más favorable donde jugar al baloncesto. Llovieron ofertas de equipos europeos que habrían matado por haber contado con él en sus filas. Sin embargo, su futuro estaba en la NBA. Un traspaso a tres bandas entre Portland, New Jersey Nets y Denver Nuggets llevó a Drazen a los Nets. Se abría una etapa en un nuevo equipo, un periodo para resarcirse y, por qué no, una oportunidad de llevar a cabo su vendetta particular ante el equipo que no confió en él. Y la más diabólica venganza era convertirse en la mejor versión de sí mismo que podía llegar a ser.

Cinco meses después de su traspaso, Croacia se declaró independiente de Yugoslavia. Sin embargo, varios croatas jugaron con la selección yugoslava ese verano. Petrović se negó. No jugaría con sus antiguos compañeros. No jugaría con su antiguo amigo. Daba sus primeros pasos como jugador de los Nets. Las expectativas para el equipo de Nueva Jersey eran más reducidas que las de Portland, y su rol fue mayor que antes. Además, su entrenador, Bill Fitch, le mostró una confianza que valía oro para un jugador que se había visto menospreciado desde que empezó a jugar en la liga. Progresivamente se fue haciendo con protagonismo para no abandonar ya los focos.

Su segunda temporada -y primera completa- en los Nets fue la primera vez que Drazen pudo demostrar al público norteamericano de lo que era capaz. Su gran nivel desde la línea de tres le llevó al concurso de triples del All-Star Weekend, un buen escaparate para vender su imagen. Promedió 20.6 puntos por partido en el año, siendo así el máximo anotador del equipo. De todas formas, quizá la mejor versión de Petrović no se vio hasta que Chuck Daly llegó a los banquillos de Nueva Jersey. Justo después de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona.

Esta vez acudiría con una camiseta distinta a la que había portado orgulloso en los Juegos anteriores. El equipo croata llegó a la final y perdió contra el Dream Team estadounidense. Es inevitable plantearse qué habría pasado si se hubiera presentado una Yugoslavia en su cénit absoluto. Estados Unidos era prácticamente inalcanzable. Jordan, Bird, Magic, Malone, Stockton, Pippen, Mullin, Drexler, Ewing, Barkley, Robinson… y Laettner. Por otra parte, las repúblicas que formaban la Unión Soviética presentaron un equipo representando una Comunidad de Estados Independientes. El talento estaba más disperso que en años anteriores y, pese a que Croacia recibió gran parte del talento del equipo yugoslavo (Petrović, Kukoč, Radja…), el paseo militar estadounidense se antojó imposible de detener. De todos modos, esta vez la derrota no era tan humillante para Drazen, quien había demostrado que no necesitaba todo el talento yugoslavo para llegar lejos.

Daly entrenó al equipo estadounidense y conoció al de Šibenik durante los Juegos. Supo utilizarle a la perfección para su tercera y mejor temporada en la liga. A pesar de ser eliminado en los Playoffs por segundo año consecutivo ante los Cleveland Cavaliers, sus 22.3 puntos por partido le llevaron en volandas hacia la élite de los escoltas. Formó parte del Third Team All-NBA, galardón que le reconocía como uno de los quince mejores jugadores de la liga. Logró 44 puntos ante los Rockets, superando así sus 39 contra los Celtics como marca personal más alta en la competición.

Después de este año, Drazen sería agente libre. Se especulaba con una hipotética y sorprendente vuelta a Europa, donde los equipos seguían ansiosos por hacerse con sus servicios. Pensaba en concentrarse con su selección para un torneo preparatorio en Wroclaw (Polonia) en el que, de todos modos, no necesitaba participar. Croacia ya estaba clasificada para el campeonato, pero decidió ir igualmente para competir al lado de sus compañeros. La selección realizó una escala en el vuelo Zagreb-Wroclaw en la ciudad alemana de Frankfurt. Petrović decidió quedarse con su novia y una amiga en Múnich, a casi 400 kilómetros de la ciudad. Cuando salen en coche hacia Polonia, la lluvia y la nula visibilidad provocan que un camión se salga de su carril cerca de la ciudad de Denkendorf. El vehículo impacta con el coche de Petrović, quien duerme profundamente y no abrirá los ojos nunca más. Su novia y la otra mujer salen heridas.

La muerte de Drazen resultó un golpe duro para el baloncesto internacional. Incluso sus mayores detractores sintieron una inmensa tristeza. A pesar de convertirse en la polaridad personificada en vida, la muerte le hizo justicia. “Ninguna granada sacudió Šibenik tanto como la noticia de su muerte.” dijo Miro Jurić, un jugador local. Jordan, Bird, Magic y demás estrellas mundiales lloraron su muerte públicamente. Divac no tuvo oportunidad de arreglar una relación rota. No podría pedir perdón a su amigo. Drazen descansaría en paz, dejando atrás una carrera en proyección ascendente y la eterna duda sobre hasta dónde habría llegado. Veintiocho años de edad. No veintisiete. Se le etiquetó como un símbolo de resistencia y victoria, como la figura de un aspecto en el que Croacia podía presumir de ser la mejor del mundo. Se convirtió en leyenda demasiado pronto.

Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. En este caso, es difícil estar de acuerdo. No es el mejor ejemplo. Su carrera fulgurante debería significar una exhortación a aprovechar cualquier bien preciado que tenga el lector antes que las manos celosas del tiempo se lo arrebaten. El valor de su figura es directamente proporcional a la escasez de aquellos de su estirpe, aquellos con un objetivo claro y ningún obstáculo lo suficientemente grande para separarles de él. A esta regla, como a la práctica totalidad del resto, escapa la muerte, obstáculo único y final, y quien convierte estas líneas en réquiem y no relato épico. El genio de Šibenik descansa en paz.

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