Entrevista a Julián Casanova: «Una lectura crítica del pasado no es lo mismo que una lectura inocente, neutral u objetiva»

¿Qué es lo que hace a una persona un intelectual? ¿Son sus conocimientos académicos o la acumulación de saberes tras pilas y pilas de libros en la memoria? Antonio Gramsci propuso una vuelta de tuerca respecto a este tema. Para el italiano, todos somos de una u otra forma intelectuales. De esta forma pretendía romper con el academicismo que comportaba una auténtica dictadura social que se ejercía de forma estructural. Una dictadura anclada al intelectualismo inoperante que crea una división y un orden social en sí mismo. Traza una línea para con el resto del pueblo difícilmente accesible.

En este punto nos encontramos, ante uno de los intelectuales aragoneses que más podría aferrarse a estas ideas, no por la parte marxista, sino por la vía del difusionismo. Así nos encontramos con Julián Casanova, catedrático e historiador de la Universidad de Zaragoza, quien recientemente ha publicado La venganza de los siervos, una excelentísima obra de síntesis sobre la Revolución rusa (o revoluciones). Una persona que entiende la Historia como una herramienta del saber y puede nutrir positivamente a la sociedad. Una Historia cuidada, crítica y accesible para todos los extractos sociales.

Así comienza una conversación sobre el caleidoscopio de revoluciones que se da en el marco del Imperio Ruso, sus causas, sus consecuencias, las pasiones y las figuras que marcaron el inicio del corto siglo XX como Eric Hobsbawm predicaba.

Para comenzar me gustaría resaltar la gran capacidad de síntesis que ha desplegado usted en su última obra La venganza de los siervos. Rusia 1917 en la que se aborda el siempre complejo asunto de la revolución rusa. ¿Por qué realizar una obra tan sintetizada y no seguir la línea de otros historiadores que apuestan por obras más extensas?

Creo que la precisión, unida al cuidado narrativo, y siempre sin dejar el rigor de un historiador bien formado, son esenciales para que en este mundo de sobreinformación la historia llegue al mayor número de personas posible. Es algo que llevo practicando hace tiempo, como por ejemplo en mis libros Europa contra Europa y España partida en dos.

El acceso a los archivos siempre es esencial a la hora de estudiar procesos como este. Contando con la “reciente” caída del bloque soviético, ¿qué facilidades y qué inconvenientes ha tenido usted para informarse y documentarse de fuentes directas de esos países?

He utilizado más fuentes secundarias, dependiendo de otros historiadores, porque mi intención era investigar en profundidad los viejos y nuevos enfoques sobre las revoluciones de 1917 en Rusia, un tema con una bibliografía ingente, difícil de seleccionar, pero también he usado fuentes primarias traducidas en inglés o que me han proporcionado otros colegas. Y he rastrado también la evolución de los archivos, desde la época soviética hasta la actualidad, para ver precisamente cómo han cambiado las dificultades de acceso a ellos dependiendo de las épocas desde 1917.

A veces se suele caer en pequeños determinismos en algunos procesos históricos como este, aquello de que la Revolución rusa era inevitable, que plantean algunos. Desde su experiencia de campo y en la materia, ¿cómo es posible ser capaz se escapar de este tipo de determinismos?

Lo que los historiadores llamamos antecedentes son esenciales para examinar los acontecimientos. Y comprender esos acontecimientos, y a la gente que los vivió, en su contexto. El peligro –algo que el buen historiador siempre tiene que evitar- es analizar el pasado desde los planteamientos morales y políticos desde el presente. La mayoría de la gente que analiza aquellos acontecimientos desde el final, “ya sabemos cómo acabó”, cae en ese determinismo.

El proceso revolucionario en Rusia no solamente es el movimiento bolchevique, pero este sí que es el más efectivo para articular mayorías. Ahora bien, este proceso se granjea fuera de las condiciones subjetivas que los marxistas necesitaban para conformar una revolución (clase proletaria mayoritaria, alta politización, intelectuales al servicio de la causa, etc). Por eso mismo le pregunto, ¿qué fallos políticos cometieron figuras como Georgi Lvov o Kerenski?

Ningún historiador analiza ya 1917 como si hubiera habido una sola revolución, la bolchevique de octubre (noviembre en nuestro calendario). La principal tendencia en la historiografía reciente, enriquecida por decenas de estudios locales, la microhistoria y la apertura de archivos, es subrayar que los acontecimientos en Rusia formaron parte de un “continuum of crisis”, de un proceso de crisis constante, en varias fases entre 1914 y 1921 –guerra mundial, revoluciones y guerras civiles-, y sin claros puntos de separación. Y esa es la cronología básica, el principio y el final, que también marca la narración en mi libro.

Desde febrero de 1917, Rusia pasó, a una velocidad de vértigo, por una etapa liberal, otra socialista moderada, después más radical, hasta que Lenin y los bolcheviques convirtieron lo que era una revolución por el poder de los soviets, con un amplio apoyo popular, en la dictadura de un partido. Lvov, un aristócrata, se vio incapaz de controlar desde arriba el vendaval revolucionario de soviets y comités que siguió a la caída del zar, y se fue (dejando para la posteridad esa frase, que utilizo como título del libro: “Esto es la venganza de los siervos”. Kerensky tenía más posibilidades de comprender esa vendaval popular, pero cuando llegó al poder la insurrección bolchevique desde abajo y el golpe militar fallido de Kornilov lo condenaron y en cierta forma le obligaron a asumir posiciones autoritarias que le dejaron aislado, sin apoyos.

Ernesto Laclau planteaba aquello de que, si una serie de demandas insatisfechas se cristaliza alrededor de un símbolo antisistema, de un discurso que trata de dirigirse a estos excluidos por fuera de los canales de institucionalización, podría darse una situación populista. Es claro que en el contexto posterior a la Revolución de febrero hubo una gran insatisfacción hacia el Gobierno provisional. Lo que planteo es, ¿fue Lenin capaz de leer esa situación populista y articularla de forma ganadora o solamente fue una suerte de casualidades propicias?

La Primera Guerra Mundial es una de las claves para comprender lo que pasó. ¿Hubiera podido evitar Rusia la revolución, de no haberse producido la Primera Guerra Mundial? Es una cuestión imposible de responder. Lo que sabemos es que la guerra actuó de catalizadora, empeoró los problemas ya existentes y añadió otros insalvables.

La guerra agravó las profundas divisiones en la sociedad rusa y, durante ella, el ejército se convirtió en un grupo ingente de revolucionarios, cuyo malestar y convulsión no podían separarse de la agitación violenta que sacudía a la sociedad. La crisis cambió de rebelión a revolución cuando los soldados se pusieron al lado de los trabajadores y de las mujeres que protestaban contra la escasez de alimentos y cuando los miembros de la oposición moderada abandonaron la autocracia para formar nuevos órganos de poder.

Lenin se dio cuenta antes que la mayoría de los bolcheviques que ni no salían de la guerra, la crisis de autoridad en el frente y en la retaguardia les impediría consolidar el poder aunque lo tomaran (y devoraría a los bolcheviques como lo había hecho con los gobiernos provisionales de Lvov y Kerensky).

Considero que sin Lenin no puede entenderse todo este proceso que figuras como Gabriel Sopeña consideran que conforma la mayor ruptura de la Historia puesto que supone un giro completo del tablero. Los dominados pasan a dominantes y al revés. ¿Qué posición adquiere Lenin dentro de todo este movimiento revolucionario?

La importancia de Lenin en todo este proceso está fuera de duda. Su visión centralista del Estado revolucionario y su búsqueda del poder por encima de cualquier otro objetivo, su idea de ganar a la población y movilizarla, le condujeron, cuando eso no fue posible de forma “natural”, a fortalecer los mecanismos policiales y de coerción, a establecer un Estado con un solo partido y a reprimir a las formas más moderadas de democracia socialista. Tras el atentado del 30 de agosto de 1918, el culto a Lenin se propagó como la pólvora. En un panfleto elaborado por Zinoviev se le llamó “líder por la gracia de Dios” y su culto recordaba en muchos aspectos al que se había profesado al divino zar. Lenin era ahora el “zar del pueblo” y la propaganda, y muchos historiadores que se la creyeron, le desvincularon de la parte más oscura de esa historia, la implantación del terror, como se haría después con otros célebres dictadores de la Europa del siglo XX.

La Revolución rusa y su transformación posteriormente en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas ha tenido siempre posturas enfrentadas como es lógico. Estoy pensando en David Dallin, Andrzej Paczkowski o Aleksandr Solzhenitsyn. Al vivir nosotros dentro de un sistema liberal-capitalista, los productos culturales propios siempre irán destinados al refuerzo de la idea de la Revolución rusa como un enemigo o algo malo desde el punto de vista moral. ¿Cómo puede uno ser capaz de estudiar desde fuera de la ideología esto sin caer en dentro del sistema al que uno pertenece?

Durante una buena parte del siglo XX, como nos recuerdan Reinhart Koselleck y David Armitage, la secuencia de grandes revoluciones –la norteamericana, francesa, rusa y china- se vio como “el hilo escarlata” de la modernidad. Frente a las memorias destructivas de las guerras civiles, las revoluciones eran momentos esenciales en la liberación progresiva de la humanidad, una idea que ya había surgido en el siglo XVIII.

Desde 1989, sin embargo, con el derrumbe del comunismo, el triunfo del neoliberalismo y la creciente preocupación por los derechos humanos, resulta ya más difícil ver esas revoluciones, y especialmente la bolchevique en Rusia, sin una conciencia de la espantosa violencia que las acompañó. Se sigue hablando de revoluciones, pero, en palabras de Arno Mayer, como “celebración de revoluciones esencialmente incruentas por los derechos humanos, la propiedad privada y el capitalismo de mercado”.

Más allá de consideraciones morales, mi libro trata de explicar las contradicciones y la complejidad de ese “continuum” de crisis que sacudió a Rusia desde 1914 a 1921, con las dos revoluciones de 1917 en el centro del análisis. Cien años después. El historiador solo puede escapar a las influencias ideológicas y a la propaganda investigando, contrastando argumentos, siendo consciente que una lectura crítica del pasado no es lo mismo que una lectura “inocente”, “neutral” u “objetiva”, algo que no existe.

Dentro del contexto en el que se producen estas múltiples revoluciones que conforman la Revolución rusa siempre se ha explicado el conflicto a partir de una lucha de clases, ya fuese en febrero o en octubre. Es muy complicado construir una voluntad colectiva sin ofrecer una alternativa al constructo colectivo predominante, ante esto yo le pregunto, ¿funciona el sujeto nación dentro del movimiento revolucionario?

La destrucción súbita y por las armas del Estado ruso abrió desde febrero de 1917 oportunidades extraordinarias y sin precedentes para diferentes y variados grupos sociales. Los obreros tomaron el control de las fábricas, los soldados desertaban en masa y rompían las relaciones jerárquicas con sus jefes, los campesinos ocupaban y distribuían entre ellos las tierras no comunales, las mujeres defendían sus derechos y las minorías étnicas aspiraban a un mayor autogobierno.

La revolución tuvo también un enorme impacto entre los pueblos no rusos del imperio, aproximadamente la mitad de la población total. En ello insisto en mi libro, pero también en el papel de los campesinos y las mujeres, subordinados al gran papel del proletariado en casi todas las aproximaciones militantes y desde la izquierda.

Manifestación de los soldados rusos en 1914

¿Es este predominante o solamente supone un matiz dentro del discurso de clase?

La intensidad de los conflictos y lenguajes de clase -entre obreros, soldados y campesinos- eclipsó aparentemente las reivindicaciones puramente nacionalistas, pero en la práctica resultaba más difícil separarlas porque la mayoría de los terratenientes eran rusos o polacos y en ocasiones al nacionalismo lo apuntalaban poderosos sentimientos de clase.

No era el nacionalismo, sin embargo, un fenómeno fácil y simple de resolver en el vasto imperio ruso. Y no todos esos diferentes grupos étnicos tenían el mismo sentimiento de nacionalidad. La intelligentzia y las clases medias urbanas más cultas estaban divididas entre quienes, ya rusificados, rechazaban el nacionalismo, a veces por razones ideológicas, como la mayoría del los marxistas, y los que, precisamente por poseer niveles altos de educación, se abrazaban a él en busca de la autonomía o de la independencia frente al Estado centralizado.

Al hilo de esto, usted siempre suele ser muy crítico con los nacionalismos, últimamente le hemos leído denominar al independentismo catalán como una especie de “provincialismo moderno”. ¿Por qué rechaza la construcción de lo político y la idea de comunidad desde el sujeto nación?

Nunca he subestimado los poderes de los nacionalismos, ni de los Estados, ni de los movimientos que asumiendo identidades culturales, lingüísticas o nacionalistas se les oponen. El análisis de la situación actual entre España y Cataluña, que nunca he rehuido, va mucho más allá de lo que puedo decir en esta entrevista.

Usted es ampliamente conocido por su labor en favor de la recuperación de la memoria histórica en el caso de la guerra civil española. Tras los diferentes acontecimientos que ha protagonizado la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. ¿Cuál es la situación de esta labor en lo académico y, lo más importante, en lo social?

Mientras que los vencedores de la la Guerra tuvieron reconocimientos y privilegios, lugares de memoria, y muchos de los mártires de la Iglesia católica han sido ya beatificados, las familias de miles de republicanos asesinados sin registrar, que nunca tuvieron ni tumbas conocidas ni placas conmemorativas, andan todavía buscando sus restos. Es uno de los legados irresueltos que nos queda todavía de la Guerra Civil.

Más de 40 años después del final de la dictadura de Franco, el Estado democrático, sus principales responsables e instituciones, no quiere gestionar ese pasado de violencia y muerte, ni está interesado en tomar decisiones sobre políticas públicas de memoria y educación. La principal: rescatar del olvido y de las fosas a todas esas víctimas sin registrar o en paradero desconocido. Es una cuestión fundamental, de dignidad, más allá del debate historiográfico o de las ideologías políticas.

 

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