Foo Fighters

La búsqueda de los Foo Fighters hacia la originalidad

Foo Fighters es una lucha constante por salirse del status quo e innovar. Así como su séptimo álbum, Wasting Light, se grabó íntegramente en el garaje de Dave (Grohl) y en formato analógico, su siguiente trabajo, ‘Sonic Highways’ estuvo compuesto por ocho canciones grabadas en ocho ciudades diferentes y contando con la colaboración de músicos locales en cada una de ellas.

La mente de Dave es una mente inquieta, que ha ido reclutando colaboradores de los que hablaremos más adelante como si se los encontrara casualmente por el camino. De esa búsqueda permanente sale este nuevo trabajo, que contiene en sus once ‘tracks’ influencias de The Beatles y Beach Boys así como muchos coros y armonías que inevitablemente recuerdan al sonido de Queen. Y estas no son las únicas sorpresas del álbum. Con colaboraciones sorpresa como Justin Timberlake como corista o Paul McCartney tocando la batería en una de las canciones, podemos decir muchas cosas sobre las entrañas de este nuevo álbum.

Pero no sólo vemos curiosidades en el plano artístico, también nos las encontramos en el plano de la producción. Últimamente parece que las colaboraciones inesperadas en la industria musical dan resultados. Así como nadie se esperaba que Mark Ronson (sí, el de ‘Uptown Funk’) produjera el último disco de Queens of the Stone Age, los Foo Fighters también han sorprendido al elegir a Greg Kurstin (productor de grandes personalidades como Adele o Sia) para producir su último disco y el objeto de este artículo: Concrete and Gold.

¿Qué suena cuando uno de los mayores productores de pop actual se junta con la mayor banda de rock del momento?

Concrete and Gold deja, a pesar de todas las sorpresas que guarda, un sabor agridulce en la boca. Aunque mejor que ‘Sonic Highways’, el álbum que le precede, este no llega a los extraordinarios niveles de calidad que alcanzó el grupo con ‘Wasting Light’. Si tuviéramos que ordenar los discos de los Foo de mejores a peores, Concrete and Gold se encontraría en la mitad baja de la escala. Quizás ese afán de innovar y hacer siempre algo especial de cada álbum que caracteriza a Dave hace que a veces se deje en el tintero lo más importante: La calidad de la música y de las letras. Aun así, hay mucho que analizar en esta nueva entrega de talento del grupo, que lleva haciendo vibrar los escenarios más de dos décadas.

El álbum abre con “T-shirt”, un breve tema que deja con la miel en los labios y ganas de más. Funciona como un resumen del disco, alternando partes acústicas y coros grandiosos sin perder de vista los riffs de guitarra que caracterizan a la banda.  Cuando todavía no has tenido tiempo de reponerte de esta pequeña pero poderosa introducción, ya está sonando el arpegio de ‘Run’. El primer single que publicaron, casi cinco minutos y medio de montaña rusa sonora, comienza con una intro de tintes espirituales para romper con un oscuro riff que recuerda a Wasting Light, y un Dave dejándose las cuerdas vocales. Tanto en la letra de ‘Run’ como a lo largo del disco podemos adivinar algunas referencias al turbulento momento político que se vive al otro lado del charco. El propio Dave Grohl ha comentado en entrevistas haberse sentido algo alienado por la ola de conservadurismo que vino de la mano de Trump, afirmando que el hecho de ser padre de tres hijas le hace preocuparse por un futuro en el que sus representantes políticos al más alto nivel atacan los derechos de las mujeres y no se preocupan por temas tan candentes (nunca mejor dicho) como el cambio climático.

Foo Fighters

A partir de ‘Run’ se suceden canciones que mezclan brillantes armonías vocales con guitarreos al puro estilo post-grunge. Destaca ‘Make it Right’ (con coros de Justin Timberlake), que por momentos parece una improvisación, con un sonido que evoca bandas como Led Zeppelin o Motörhead. ‘The Sky is a Neighborhood’, otro de los singles, nos trae nostalgia de blues rock a lo White Stripes. También encontramos ‘tracks’ como ‘Dirty Water’, una de las joyas del álbum, que suena a las primeras baladas del grupo y que explota en un cañero puente.

Hacia el final del álbum nos topamos con canciones con un ritmo más pausado, como ‘Happy Ever After’ y ‘Sunday Rain’, esta última con la rasgada voz Taylor Hawkins (el batería de la banda), quien le cede las baquetas a nada más y nada menos que a Sir Paul McCartney. El disco acaba con la canción que le da nombre, ‘Concrete and Gold’, que, a pesar del tono pesimista del conjunto del álbum, termina en una nota esperanzadora. Este último tema es un cántico lento con toques ‘Pinkfloydianos’ y con coros por Shawn de ‘Boyz II Men’ (a quien Dave se encontró en el aparcamiento del estudio e invitó inmediatamente a colaborar).

Todo ello conforma un disco con una producción y un sonido muy pulidos, pero con falta de inspiración en los momentos importantes por parte de la banda. No obstante, siempre es positivo ver cómo un grupo intenta superarse y buscar nuevos aires, y no dejarse llevar por su propia fórmula para acabar convirtiéndose en una autoparodia.

Artículo co-escrito entre Paula Ducay y Nacho Iglesias (@NachoI6)

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