Espacios no mixtos masculinos: un error

Muchas personas en el movimiento feminista mantienen un debate muy vivo sobre el rol que los hombres debemos desempeñar en él. Algunas de ellas plantean ideas que pueden sonar muy sugerentes y tentadoras. Una de ellas es que los propios hombres nos organicemos para replantear la masculinidad. Para ello usaríamos las herramientas que distintas autoras han ido creando para reanalizar sus raíces e implicaciones.

Esta idea es importante y necesaria y no plantea más problema. Este aparece cuando se llega a una propuesta de más calado. Para algunas personas, los hombres deberíamos crear espacios no mixtos en los que exclusivamente nosotros tomáramos la iniciativa. El argumento estribaría en que seríamos más eficaces y podría fomentarse la interseccionalidad, de modo que nuestros esfuerzos serían más útiles.

Siempre viene bien revisar las cosas dos veces. Aquí lo que encontramos es que la idea es peligrosa y nociva una vez vemos las implicaciones que tiene.

Por ejemplo, el propio concepto de espacio no mixto, que ya supera el ámbito de la militancia política y llega a mundos como el de los videojuegos, no tiene sentido cuando quienes lo usan tienen el privilegio de juntarse sin que se les critique o condene socialmente. Los hombres tenemos un rol destacado en la sociedad; nuestra voz se oye más fuerte. ¿Para qué deberíamos reunirnos entre nosotros si ya tenemos la fuerza suficiente sin hacerlo?

Ya estoy escuchando a algún otro compañero decir que en este caso el fin justifica los medios; ya que nos vamos a deconstruir, podemos usar esta herramienta exclusiva de los grupos oprimidos. Pero creo que eso supone perder perspectiva. La deconstrucción es un proceso que tenemos que llevar a cabo los hombres, pero la pauta la marcan las mujeres. Ellas son las que teorizan y las que llevan a cabo la mayoría del trabajo práctico. De ellas tenemos que aprender y tenemos que estar a su servicio. En algunos contextos podemos opinar, teorizar y a veces colaborar en el trabajo, por ejemplo, trabajando y hablando con otros hombres, pero jamás lo vamos a dirigir. Cuando lo olvidemos, lo cual es común, tendremos que recordar que ese camino es el erróneo. De hecho, el espacio no mixto masculino puede reforzar mensajes muy equivocados, puede comprometer los esfuerzos de las mujeres, y hacer que seamos más un problema que una ayuda.

Los hombres no podemos caer en la autorreferencialidad. La crítica de estos procesos la podemos encontrar en obras como Masculinidades y feminismo, de Jokin Azpiazu Carballo. En ella se pone en claro un riesgo que hay que combatir. No podemos seguir siendo los que más ordenamos, pero usando términos bonitos y excusas teóricas. Tenemos que comunicarnos con las mujeres, entender sus problemas, sus reivindicaciones y sus demandas. Tenemos que replantear la masculinidad y avanzar hacia un hombre nuevo en común con ellas. Solo así podremos deconstruirnos y acabar con los roles, conductas e instituciones del patriarcado.

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