Kyrie Irving y el reto de la virtud

El cuerpo nunca miente, porque como decía la bailarina Martha Graham, expresa lo que las palabras no pueden. Hablamos con él, nos proyecta y nos confiesa. Es a la vez nuestro escondite y nuestro desamparo. Nuestra realidad y nuestro mayor secreto. En cualquier caso, es lo que somos, aunque siempre se quede corto.

Hay quienes seducen con él por belleza o por lo que no dejan ver. Y hay otros, en cambio, que cautivan por su manifestación más exigente y sincera. El deporte ayuda a encontrar sus límites, a estirarlos y en ocasiones, hasta nuevas formas de usarlo. La potencia, la fluidez, la coordinación. En la élite el cuerpo es tu instrumento.

A veces pasa que la cabeza no llega a alcanzarlo, o al revés. Es en la máxima conexión donde se hallan los prodigios, aquellos en total armonía con sus facultades. Porque no es tanto cuestión de cantidad como de gestión, de saber hacer y gobernar.

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En esta lista encajan varios, algunos por su simple despliegue y otros por la exquisitez de su obra. Kyrie Irving es de los segundos. Porque si la técnica es el lenguaje del juego, que diría Gonzalo Vázquez, él es académico de la jerga.

Hace dos años, en plena eclosión de triples y contraataques de vértigo, el periodista Scott Cacciola se atrevió a comparar a Stephen Curry con un bailarín de ballet. German Lustig, director artístico de la compañía de Oakland, encontraba similitudes. El control sobre su cuerpo, pero sobre todo, la ausencia de esfuerzo en sus gestos evocaban a los de un danzante sobre el parquet.

Cuesta identificar a Irving con un estilo concreto. De reconocerse con uno, tendría que recoger un impulso instintivo, básico, simple desde lo complejo. Uno en soledad contra el colectivo, uno en el que valerse por sí mismo. Un estilo en ocasiones individualista pero sin acapararlo todo, porque no lo necesita.

En la época de los “superequipos”, y formando parte de uno, él ha ido a contracorriente. Mientras unos reinventaban el cinco contra cinco Kyrie alzaba su torre de marfil. Y lo hizo causando una fascinación perenne. Cómo de especial era para que estando al margen del resto conseguía ser diferencial como nadie.

Es (era) innegable la compañía del rey, como también que  una vez el balón está en sus manos, no importa ningún otro. Irving cambia el péndulo por el bote para crear una hipnosis fugaz y espontánea. Se trata de él y su adversario, o cinco, qué más da. El baloncesto actual exige el máximo del colectivo y, sin embargo, él sigue pidiendo aclarados.

Disfrazó la rebeldía de victorias, se puso el anillo y justificó cada acto en solitario. Todo mediante una determinación indómita,  un gusto irremediable por las horas bajas y una estrecha relación con la bocina. Nos apartó del análisis y nos limitó al disfrute, como esos elegidos cuya mayor creación es evadirnos al resto.

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Getty Images

Kyrie Irving es, en definitiva, un catálogo infinito. Un rincón del recreo en el mejor baloncesto del mundo.

«Kyrie tiene el mejor manejo de balón de la historia»  – Eric Gordon, jugador de los Houston Rockets.

Sea cierto o no, sólo el hecho de plantearlo advierte de su magnitud. Lo demuestra tantas veces como posee el esférico, pero lo consolida trazando momentos para el recuerdo. Desconfía de quien afirma haberlo visto antes, porque tal vez sea cierto, pero no en esa coyuntura.

Hoy la retina del aficionado guarda dos acciones que lo justifican. Dos situaciones distintas con mismo resultado y víctima. Porque el simbolismo, cómo no, lo ponen los Warriors.

La primera llega en un séptimo partido de las Finales, en Oakland, con menos de un minuto por jugarse y el marcador empatado. Sin cadenas ni estrategia, rienda suelta para un Irving con las llaves para reescribir la historia y completar una remontada insólita hasta entonces. El ’30’ delante y dos cambios entre las piernas para tantear. Radiografía a su defensor, pies, manos y su orientación. Ésta le da espacio a fondo y a su mano derecha, confiando tanto en la penetración como en el sistema de ayudas. Kyrie decide: finta con el cuerpo, juego de pies, impulso explosivo hacia atrás y dentro. Desde el momento en el que levantó la mirada, sabía que aquel triple guardaba su nombre.

El segundo llega por Navidad. Esta vez en Ohio, con Golden State uno arriba, a falta de 13.5 segundos y Klay Thompson de por medio. Si hubo pizarra, fue más bien para sacarle brillo. Con toda la cancha por delante y el resto de su equipo a la expectativa. Abiertos, conscientes de que lo mejor que podían hacer era dejar trabajar al genio. Esta vez Kyrie tiene más tiempo para pensar. La oposición es mayor pero la disposición es la misma. Aprovecha la inercia para entrar a canasta. Esta vez es menos meticuloso, improvisa. La defensa le cierra el paso y hay que poner en marcha la inventiva. Frena en seco, contacta, media vuelta y dentro.

Buena parte de los mortales estarían pidiendo una ambulancia; el resto, una tobillera.

De aislar ambos gestos de sus circunstancias, tal vez no cautiven tanto como de costumbre, pero representan a Kyrie y su forma de afrontar el juego. Donde los demás vemos trucos circenses, él asume una evolución lógica, lejos de estridencias.

«Todo el mundo siempre me pregunta, ¿qué hacías de niño para conseguir un manejo así?», explicaba Irving a Bleacher Report. «Les digo que primero simplemente practicaba movimientos sencillos – como crossovers, entre las piernas, por la espalda – y luego, una vez controlados, los combinaba entre sí poco a poco, siempre solo. Quería tener variantes para cada movimiento que hago, estar preparado – no solo ese segundo gesto, sino el tercero, el cuarto o el quinto. Por si acaso.»

La lógica nos lleva al trabajo, como tantas veces. Sin embargo, también a la necesidad de sentirse de seguro, de tener una vía de escape. No hay espectáculo sin dificultad, pero Kyrie no la entiende sin sencillez.

En su aptitud hay tangibles, pruebas de un trabajo continuado y persistente no por dominar el balón, sino para hacerlo suyo. El centro de gravedad es bajo, el tren inferior y superior funcionan con total independencia, disocia pies y manos para poner el cuero donde él quiere.  El resultado es una integración perfecta que adapta a su antojo, hasta el punto de crear un lenguaje corporal totalmente reconocible.

Porque cualquiera puede driblar, entrenar un cambio de mano y retozar con la pelota. La diferencia la marca la aplicación. La ejecución en un momento concreto, en una circunstancia imprevisible. El factor tiempo está en relieve, ahora más que nunca. En la elite la defensa te analiza, te conoce y te exige una capacidad de respuesta inmediata.

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«Definitivamente (el bote) es un arma», confiesa Irving a The Undefeated. «Pero el hecho de que sea un arma con otras armas hace que sea un poco más peligroso al ser capaz de entender donde puede llevarme el regate, de lo que puede sacarme y cuánto más efectivo puede ser si lo utilizo de forma más eficiente .»

Por ello, la simple prestidigitación es inútil. Se dio cuenta Micah Lancaster, un prestigioso entrenador personal al que conoció durante su etapa universitaria en Duke. A Lancaster le hicieron falta pocos ejercicios para darse cuenta del talento que tenía enfrente. Sabía que era especial, pero también que lo que mostraba no era suficiente.

Lancaster había trabajado con otros jugadores NBA en el pasado, y era consciente de que conforme el juego avanzaba, los espacios eran más valiosos. Con su altura y su físico, Kyrie iba a tener que apañarse con poco, así que Micah le dio a sus pies todo lo que tenía en las manos.

Ya en el instituto, Kyrie dominaba los cambios de dirección. Sin embargo, a veces el cuerpo no le acompañaba. Faltaba estabilidad, potencia para encarar el siguiente obstáculo y controlar la finalización. En lugar de adaptarse, tenía que diseñar su propio compás. Dirigir al defensor para poder volar raso.

“Fue un desafío para él”, declaraba.  Ahora simplemente acciona los frenos. Muchos jugadores que van a 60 millas por hora necesitan ir antes a 40 y 20 antes de llegar a 0. Tras un entrenamiento, él era capaz de ir de 60 a 0. Creo que es lo que le hace diferente, no simplemente sus manos,  sino que sus pies son extraordinarios hasta el punto de que, literalmente, puede frenar como un running back y cambiar de dirección”.

De hecho, a Lancaster le gustaba compararle con el legendario Barry Sanders. Mientras muchos jugadores necesitan espacio primero para crearlo después, Irving sabe cómo mantener su espacio y utilizar el área que lo rodea, independientemente de lo limitada que sea, para embolsar el balón, protegerlo y llevarlo a la zona de anotación.

Controla los apoyos, tiraniza con los pivotes y exhibe su equilibrio sin contemplaciones. Todo en su cuerpo regatea y engaña. Un proyectil teledirigido a merced de su imaginación. El origen de todo. Y es que antes de toda esa disciplina, la fantasía ya había cogido sitio.

Kyrie se aferró a ella para ponerse retos y expandir horizontes. Sus entrenamientos en soledad invitaban a perder el miedo, a experimentar y examinarse. «Nunca te conformes», le decía su padre. Y no lo hizo. Ni lo sigue haciendo.

«Hay mucho entrenamiento detrás, pero también una imaginación a veces fuera de este mundo”, reconoce. “Pruebo cosas entrenando solo, imaginando defensores, poniéndome en situaciones de partido y me dejo llevar.»

Su trance es también el nuestro, porque su creatividad huye de lo obvio. Por eso en él todo parece novedoso. Cuando activa el instinto, para el defensor ya es tarde. Actuar sin pensar o pensar para actuar. A Irving le basta con lo primero mientras el rival cae con lo segundo. Un talento, que indescifrable, se engrasa con automatismos.

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USA Today

Un virtuoso del juego, solitario en sus formas pero ambicioso en el fondo. Aquel, que cansado de mecenazgos, estallidos y despachos, cambia la sombra del rey por el timón del otro bando. Él quería un desafío y Boston se lo presenta: devolver la gloria a quienes más se acostumbraron a ella.

Porque el baloncesto es para los inconformistas, para quienes descubren e inventan, para quienes disfrutan y hacen disfrutar. El baloncesto es para Kyrie, como el arte para el artista.

FUENTES: The Undefeated, Bleacher Report, SLAM Magazine, GQ.com

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