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El triunfo de todo un país

En torno a las 22:30 hora local de la noche del pasado 17 de septiembre, un país entero se echaba a la calle a celebrar lo que semanas atrás se antojaba como una utopía. Un país entero festejaba uno de los mayores éxitos deportivos de su historia. El éxito de un proyecto por el que nadie apostaba. Un proyecto que, con el paso de los días, fue trocando en una realidad. Eslovenia había sido campeona de Europa sin hincar la rodilla en un solo partido. Eslovenia se había alzado con el primer título de su historia resultando invicta. Eslovenia había revolucionado el panorama baloncestístico europeo.

Pero todo éxito tiene un punto de partida.

Desde la federación del pequeño país balcánico consideraron que el ciclo de Jure Zdovc al frente del combinado nacional había finalizado tras la temprana eliminación en el Eurobasket 2015 -en octavos ante Letonia-. El elegido para sucederle fue Igor Kokoskov, reputado preparador en ese momento con un puesto de asistente en los Utah Jazz -que aún conserva-.

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Foto: FIBA

Él comenzó la transformación. La que les ha llevado a dominar el continente.

Logró convencer a Goran Dragić para acudir al Eurobasket y habló con Luka Dončić asegurándole un rol capital, con minutos y máxima incidencia en el juego. Junto a ellos, un ejército de soldados dispuestos a morir fieles a unos ideales y a un esquema de juego bien marcado: esquinas sempiternamente ocupadas, pick y repick central ejecutados a la perfección, multitud de mano a mano y una enorme calidad de pase acompañada de una maravillosa lectura del lado débil en absolutamente todas las situaciones.

Comenzaron el campeonato ejerciendo con oficio pero sin brillantez, venciendo a Polonia por 90-81 pero dejando entrever destellos del vendaval en el que se convertirían poco después: tras dos victorias ajustadas frente a Finlandia -uno de los partidos del torneo con el duelo Dončić vs Markkanen- y Grecia, arrasarían a Islandia, Francia y Ucrania para después vivir su momento más crítico del torneo.

En uno de los mejores choques que se recuerdan en una cita continental, los eslovenos se impusieron a Letonia en un día que quedará grabado para siempre en nuestra memoria. Fue el duelo Dončić-Porzingis. Fue el duelo entre dos de los mejores ataques del campeonato: el tan dinámico y que tantos frutos le puede dar en un futuro a los letones frente al ya citado esloveno. Un partido que puede marcar a una generación e iniciar una rivalidad histórica.

La semifinal sorprendió a propios y extraños dado el nivel exhibido por los balcánicos: fuertes e intensos atrás, hacían de la ocupación de espacios su máxima en la ofensiva, en la cual se encontraban extraordinariamente acertados -56% en triples-. Los españoles no pudieron siquiera toserles.

El resto es historia.

Eslovenia resultó campeona de Europa por primera vez tras vencer 93-85 en una brillante lucha cuerpo a cuerpo entre ellos y los serbios. Una final que tuvo de todo: buen juego, ritmo, intensidad y calidad en la toma de decisiones de ambos contrincantes. Una tremenda oda al baloncesto.

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Pero el trabajo de meses pudo haberse ido al traste por dos instantes fatídicos.

El primero, la lesión de Luka Dončić, quien al pelear un rebote defensivo apoyó mal su tobillo derecho, alcanzando un punto de torsión que rozaba los 90 grados. Su falta era vital en lo que a las opciones de su selección concernía, pues todos los balones pasaban por sus manos: los hombres altos le permitían capturar el rebote en su canasta para salir con velocidad al contraataque, al estilo de Oklahoma con Westbrook. Sin embargo, también era ilusión, era alegría, era entusiasmo. Él lo aglutinaba todo.

El siguiente daba la impresión de, a la postre, resultar definitorio. Un Goran Dragić desfondado y sufriendo de calambres emprendía camino al banquillo a falta de 3:50 minutos para la conclusión para no retornar a cancha en lo que restaba de encuentro. Hasta el momento, el base había impartido un clínic sobre cómo se debe dominar un choque: penetraciones de libro, absorción de contactos, triples, tiros de media distancia en step back… Eslovenia perdía así a su estandarte, a su líder. Al hombre que les había llevado en volandas. A su esperanza.

Entonces, llegó el momento. En un arranque de carácter sin sus estrellas, los jugadores de rol cargaron con el peso de todo un país. Apencaron con dos millones de almas que les apoyaban desde la distancia. Desde Ljubljana hasta Ptuj, pasando por Novo Mesto. Les era indiferente. Había llegado la hora de la intensidad de Vidmar, del acierto de Prepelič, de la inteligencia de Nikolić, del oficio de Blažič o de la calidad de Randolph. Había llegado la hora de defender como si les fuera la vida en ello, de cerrar y pelear cada rebote, cada balón, como si fuera el último. Se sentían en deuda con su afición –desplazamientos en masa desde Eslovenia- y sabían que les debían recompensar con el triunfo. No podían fallar.

Sofocaban a Serbia en cada ataque hasta el punto de verse obligados a lanzar a canasta en pésimas condiciones. Salían al contraataque raudos, veloces. Djordjevic no cesaba de desgañitarse en la banda mientras poco a poco veía que se le podía escapar de nuevo el triunfo en una final. No obstante, honor para el subcampeón. Habían alcanzado el partido decisivo del torneo con nada más y nada menos que ocho bajas fundamentales en su roster. De ellos también hay que acordarse.

Posiblemente, Eslovenia haya sido el campeón más poético y justo de la historia de Europa. Porque ha sido su Eurobasket. Pero también el de Dragić, Dončić, Randolph, Prepelič, Vidmar o Kokoskov. El de la fe inquebrantable. El del pundonor.

Pero, por encima de todo, ha sido el triunfo de todo un país.

Gloria eterna a este equipo.

 

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