Blade Runner

Blade Runner 2049: Contra el liberalismo

Cuando se piensa en el cine del (neo)liberalismo, en la obra fílmica de los años ochenta, en sus narrativas, sus historias, sus paradigmas y sus personajes, seguramente una de las piezas que viene a la memoria con más contundencia es el Blade Runner (1982) de Ridley Scott. El romanticismo del vagabundo Deckard, su enfrentamiento a su propia existencia a través de, primero, encararse con la humanidad de los replicantes y, más adelante – en la novela en que se basa el film pero solo en algunos cortes del mismo – de su propia naturaleza sintética, creada, son paradigmáticos de un modelo de narrativa individual, existencialista, en que el motor de los personajes es la exploración de su propio ser. Los 80 fueron la década de Nietzsche en Hollywood, de los héroes nietzscheanos, superiores, solitarios, de la búsqueda del ser ante un mundo cambiante. Blade Runner es una de las principales muestras de esa tendencia.

Debemos atender aquí a la tradición marxista y, tal y como planteaba Erik Olin Wright en Clase, crisis y Estado (1984), pensar los fenómenos concretos en tanto que nos sirven para descubrir algo más profundo con que relacionarlos, de donde emanan: En tanto que nos sirven para descubrir estructuras.

La necesidad estructural de generar una cultura del neoliberalismo, de la individualidad como algo político, del rechazo a la colectividad como espacio conductor y transformador de la realidad explica en gran medida al Deckard de Scott – y en parte también al de Phillip K. Dick, aunque éste tuviera otros objetivos en mente. La oferta de ese modo de vida aventurero, emotivo, pero también racional y eficiente frente a una masa sin ideas, sin creatividad e incluso opresor – lo colectivo –, está profundamente relacionada con la necesidad de desactivar lo popular, lo transversal, como actor político sólido, en favor de una individualidad mucho más en línea con la política de la revolución conservadora. En otras palabras, se puede situar en un plano parecido el cine de los 80 con los recortes en vivienda social y las campañas a favor de la propiedad privada del thatcherismo o los embates contra el sindicalismo y las políticas sociales municipales en el Nueva York de los 70.

Con todo esto, la nueva Blade Runner 2049 (2017) se sitúa en un plano diferente, o al menos sitúa el universo en un plano diferente. La premisa, aunque con un prisma diferente, parece la misma. K/Joe, el personaje de Ryan Gosling, empieza la película, en este caso, como un replicante de nueva generación completamente consciente de su naturaleza de replicante (al igual que Deckard, en su día, era completamente consciente de su condición humana). Donde el personaje de Harrison Ford comenzó a enfrentarse con la problemática de la esencia replicante contra la esencia humana, el protagonista de la secuela de Dennis Villeneuve se choca contra el nacimiento. “Nunca había tenido que retirar a algo que hubiera nacido”. K/Joe se siente cómodo con su cometido cuando está retirando seres sintéticos, fabricados. Cuando se le ordena retirar a un replicante nacido de forma natural, entra en juego la duda existencial: ¿En qué se diferencia un replicante nato de un humano? La jefa de policía, interpretada por Robin Wright, enfrenta cara a cara al público con la contradicción del sistema de clases del universo creado por Dick: “Esto rompe el mundo”. El nacimiento – como procedimiento reproductor, por supuesto, pero especialmente como símbolo –, levantaría la barrera natural que separa a los humanos, libres, de los replicantes, esclavos.

Aquí aparece la primera separación con el planteamiento conceptual de la cinta original. El antagonista de Blade Runner – y, en general, toda su causa, todos sus compañeros – se refieren solo tangencialmente a la esclavitud que sufren los replicantes como pecado original de su enfrentamiento con la humanidad. El personaje al que da vida Rütger Hauer en la película de Ridley Scott recorre, igual que el Deckard de Ford, una ruta existencial. Una búsqueda del reconocimiento, propio pero también externo, de su condición de sujeto más allá de las condiciones materiales de su existencia (una demanda que, sin duda, existía, pero que en ningún momento es central en la historia). El personaje de Wright, en el caso de 2049, sitúa este conflicto en el plano social. “El mundo gira entorno a un muro que separa clases. Di que no existe ese muro, y la guerra está garantizada”. La lucha de los replicantes no es un conflicto interno – la lucha por la condición de sujeto – que se exterioriza, sino un conflicto material, explícitamente de clase.

El recorrido de K/Joe, sin embargo, sigue la línea trazada por Deckard en el 82. Mantiene el conflicto interior – en la creencia de que él mismo es el replicante nacido, y por tanto es especial, es superior – y busca la razón y el origen de su existencia. La misión deja aquí de estar en consonancia con su entorno. Deckard, como guardián del orden, perseguía a los replicantes que buscaban la subjetividad, que amenazaban activamente este orden. La Tyrell Corporation de 2049 persigue una contradicción objetiva mientras K/Joe se persigue a sí mismo, con lo que el enfrentamiento pierde parte de su sentido, al haber un antagonista explícito que no necesariamente se plantea como el impedimento final de los objetivos del héroe.

La revelación final de la película, sin embargo, pone todo en su lugar. La contradicción material/estructural se sitúa por primera vez en el centro de la narrativa de 2049. K/Joe pierde su individualidad nietzscheana al revelarse que él no es el nacido y vuelve al suelo, a la esencia replicante. Encuentra esa esencia, opuestamente a lo que ocurría en la película original, en lo colectivo, en la organización de unos replicantes que ya no buscan una revelación subjetiva, sino que, siendo ya sujetos, siendo ya sí mismos, plantean subvertir una estructura social basada en su no-subjetividad – el muro del que hablaba la jefa de policía. Y no solamente eso. El camino de K/Joe, que antes era una búsqueda de la propia existencia, se desvela en ese momento como una creación de la identidad – colectiva – replicante para el héroe. Su viaje cobra sentido a través de los replicantes organizados con los que se encuentra – de ahí la trascendencia del personaje de Dave Bautista: “vosotros los nuevos nunca habéis visto un milagro”.

Y aquí podemos volver a Olin Wright y a los planteamientos de la tradición marxista. Blade Runner, su discurso, sus personajes, se explicaban históricamente a través de la óptica de la construcción/reproducción del discurso liberal/neoliberal – pese a que en la novela original Phillip K.Dick se enfrenta a la guerra de Vietnam. La crisis del neoliberalismo, una de las depresiones más profundas del capitalismo, sin duda la más profunda desde la revolución conservadora, y el retorno de lo político, entendido como el retorno de lo colectivo como vehículo principal de lo político y lo social y la penetración de una tendencia de rechazo al individualismo radical como pieza central de nuestras sociedades, pueden explicar esta idea que plasma 2049 en pantalla. De hecho, no es la primera. Tal y como planteaba el periodista cultural Pedro Vallín en un interesante programa de Fort Apache titulado El cine del neoliberalismo, esta aparición de lo colectivo es toda una tendencia a tener en cuenta en el cine popular, más concretamente en los blockbusters de acción y aventuras, de los primeros años del siglo XXI. Vallín contrapone el cine, especialmente la ciencia ficción, de los 80, <<liberal, y por tanto individual y existencial>> con películas como Los Juegos del Hambre, Divergente… Verdaderos éxitos en taquilla que marcan el género en la última década y que optan por la colectividad enfrente de la figura nietzscheana del übermensch solitario.

En 2049, el nacimiento natural de un replicante es la condición de una suerte de liberación cognitiva que desplaza la existencia – porque está ya dada por hecho – de una centralidad que ahora ocupan las condiciones materiales del colectivo. Por dar una lectura interesada desde posiciones emancipatorias, parece incluso que los replicantes se constituyen como clase: comparten condiciones materiales, tienen un lugar propio y una influencia sustancial tanto en el campo económico como en el político de la sociedad que muestra Villeneuve y se organizan en una suerte de partido autónomo que busca subvertir el orden y las relaciones de poder y no solo una igualdad material con la humanidad a través del reconocimiento material y subjetivo. Nuevas tendencias, nuevas mayorías, nuevo cine.

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