Con la camiseta por bandera

Le pitaron. Claro que le pitaron. Durante el entrenamiento en Las Rozas. Cada vez que tocaba el balón en Alicante. Incluso algunos de los que no estaban allí presentes, pitaban a la tele. Así lo anunciaba una peña madridista de Salamanca, en un cartel que se convirtió en viral. Donde y cuando fuera, pero había que pitar. ¿Cómo no iban a hacerlo? ¿Debían permitir que uno de los mejores centrales del mundo jugase para su equipo? ¿Que se acercase, cada vez más, a los 100 partidos como internacional? ¿Que siguiera humillándoles como cuando marcó aquel gol para ganar a la República Checa? ¿Que ayudase a clasificar a España para el Mundial de Rusia?

Al culebrón de Gerard Piqué se le han dado demasiadas vueltas. Tantas, que uno debe hacer un esfuerzo para distinguir las verdades de las que no lo son. Esas que circulan tanto en las redes sociales, mensajes incendiarios de 140 (o 280) caracteres en los que retweets y “me gusta” ocupan el sitio de la veracidad. No en vano, de la respuesta de Piqué a la pregunta del millón (“¿Puede un independentista jugar con la Selección?“) se ha omitido, en muchos casos, el “No es mi caso” con el que el central introdujo su respuesta. ¿Faltaban caracteres o sobraba conveniencia?

La respuesta, por cierto, era un sí. En un mundo dividido en estados, pero aún más en naciones, es frecuente que los primeros agrupen a varias de las segundas. Son todos ciudadanos de dicho estado, en el que tienen derecho a, entre muchas otras cosas, practicar deporte y, si son suficientemente buenos, representar a la selección. España no es una excepción, por lo que cualquier futbolista con los papeles en regla puede entrar en la próxima lista de Julen Lopetegui. Así que calienta, que igual sales.

Lo que no está tan claro, por mucho que se empeñe algún periodista con vocación de vidente, es que Gerard Piqué sea independentista. Pero, si lo fuera, no sería el primer jugador que defiende a la selección española sin considerarse a sí mismo español. Así que, en cierto modo y con los libros de historia en la mano, Piqué tiene razón. Sí se puede.

España no siempre fue la potencia futbolística que es ahora. Al menos, a nivel de selecciones. De hecho en el año 2008 muchos se preguntaban cuánto tiempo seguiríamos con la Eurocopa de 1964, más una leyenda que un recuerdo real, como único éxito en el palmarés. Durante 44 años se mantuvo el recuerdo a los héroes del Bernabéu y hoy, que han quedado sepultados por los éxitos de la nueva generación, su hazaña sigue intacta.

Esa hazaña tuvo a la Unión Soviética como rival (sí, la URSS en la España franquista. Aquello debió ser mucho más que un partido de fútbol). La URSS formaba con el temible Lev Yashin, la Araña Negra, en la portería, aunque luego se demostró sus compañeros no eran tan buenos. España se llevó el gato al agua por 2 a 1, gracias también a la intervención del otro portero, un muchacho de 21 años que daba sus primeros pasos en el mundillo. Un tal José Ángel Iribar. El Txopo fue, durante 12 años, el portero indiscutible de la Selección. Tanto, que a su retirada quedó como el jugador con más partidos disputados con España (49). Todos ellos, por cierto, con el escudo franquista en el pecho. Y en la inmensa mayoría, a un nivel intachable.

Iribar era para los españoles un ejemplo. Un ídolo querido por los aficionados del Athletic y reconocido y respetado por los demás. Pero en 1976 el mito empezó a tambalearse. Pasaba un año de la muerte del dictador Franco, pero la Transición era lenta y la libertad de expresión se iba abriendo paso poco a poco. La ikurriña, la bandera del País Vasco, seguía estando perseguida y prohibida. El 5 de diciembre se enfrentaban en el viejo Atotxa Real Sociedad y Athletic, aunque el partido acabaría siendo lo de menos. Y eso que no es fácil eclipsar un derbi vasco.

El capitán de la Real Sociedad, Inaxio Kortabarría, tuvo una idea. A través de un amigo consiguió colar en el vestuario una ikurriña, tras lo que se dirigió a su homólogo en el Athletic para hacerle la propuesta. Iribar, que siempre había guardado silencio ante el tema nacionalista, dio un paso al frente. Aún hoy es icónica la imagen de los dos capitanes avanzando por el césped de Atotxa con la ikurriña desplegada. Una acción que unos meses antes podría haberles costado la cárcel o algo peor. Pero el nuevo gobierno de Suárez levantó la mano. Ni siquiera hubo sanción federativa para los implicados.

Iribar no volvió a la Selección. Pero sí a “mojarse” en temas políticos. En 1978, estando aún en activo, fue uno de los fundadores de la coalición Herri Batasuna, encuadrada dentro de la izquierda abertzale vasca. La noticia recorrió España como la pólvora e Iribar pasó de héroe y ejemplo a ser un auténtico villano para la opinión pública española. Su figura pasó de irradiar elogios a ser un tema tabú. Y así se retiró mediada la 1979-80, en el más absoluto silencio.

No obviemos un detalle: Iribar nunca renunció a la selección. Más bien dejaron de llamarle y solo eso le privó de cumplir 50 partidos con España. Quien sí lo hizo fue su compañero en la foto comentada antes, Kortabarría, que solo disputó cuatro partidos con España. Después, en 1977, hizo pública su renuncia a la selección “por motivos ideológicos”. Se convirtió en el primer jugador en realizar una declaración de estas características, marcando el camino a otros que vinieron después como Nacho, lateral gallego del Compostela (1995) u Oleguer Presas (2005), cuyo caso se sigue utilizando hoy en día como alusión a Piqué.

El caso Iribar, similar a otros más recientes como el de Pep Guardiola nos plantea varias preguntas: ¿Es correcto reinterpretar la carrera de un futbolista a raíz de unas declaraciones hechas una vez retirado? ¿Cambia en algo el legado de Iribar por hacer público su independentismo? ¿Es posible que el jugador con más partidos en la historia de España nunca sintiera la camiseta? ¿O acaso debemos creer que Iribar solo abrazó el independentismo una vez retirado?

La cronología en estos casos es contundente: los futbolistas solo declararon su independentismo a posteriori, cuando ya no les unía nada a la Selección. Resulta ingenuo pensar que, estando aún en activo, tanto Iribar como Guardiola no tuviesen opiniones políticas formadas, casi tanto como la teoría del cambio radical de pensamiento. Pero fueron cuidadosos. Antes de su salto a la política, no hay constancia de que Iribar, que levantó la Copa del Generalísimo en 1969 y 1973, fuera independentista, ni siquiera objetor del caudillo. Guardiola, criado ya en la democracia, hubiera tenido menos obstáculos para sincerarse. Pero tampoco quiso.

No sabemos si llegará el día en el que un independentista declarado juegue con la selección española. Pero, si ampliamos horizontes, nos damos cuenta de que tampoco sería el primero.

Seguramente os habréis dado cuenta de que aquí, en Farhampton Mag, nos gusta mucho todo lo que tenga que ver con Yugoslavia. Por eso el nombre de Zvonimir Boban os sonará de algo. Boban, el mediapunta que ahora enseña historia, el futbolista conocido por la patada a un policía antes que por sus goles, se convirtió en héroe de la causa croata en 1990. (Aquí puedes leer su historia)

Pero Croacia no fue hasta un país hasta un año después. Boban ya se había quitado la careta, su imagen había dado la vuelta al mundo. Pero siguió representando a Yugoslavia. No solo jugó sino que en su último partido, frente a Islas Feroe en Belgrado, anotó su único gol con la camiseta yugoslava. Era 16 de Mayo de 1991. Un año y tres días después del incidente. Un mes después, Croacia proclamaba su independencia de Yugoslavia.

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Karembeu (19), con semblante serio. A su izquierda Thuram (15), Lizarazu (3), Barthez (16) y Deschamps (7) cantan el himno. Libertad Digital

También hablamos aquí en su día de la Francia multicolor del 98. Un equipazo formado por muchos hijos de inmigrantes a los que se cuestionaba su implicación con Les Bleus. Uno de ellos, el canaco Karembeu, nacido en Nueva Caledonia y abiertamente independentista. Callaba siempre que sonaba la Marsellesa. Algo que no le privó de ganar el Mundial, siendo incluso titular en la final.

Es una categoría, la de los hijos de inmigrantes, la que mejor ilustra lo innecesario que es el patriotismo de galería, de postureo, ese de bandera a la espalda y mano en el pecho cuando suena el himno, para pegar patadas a un balón. En la misma Francia a Karim Benzema, pese a que se encuentra apartado de la selección (quizá tenga algo que ver el proceso judicial que tiene abierto) se le recuerda más por sus goles (o por los que deja de meter) que por unas declaraciones en las que era tajante: Argelia es mi país. Por eso tampoco canta la Marsellesa.

Es el mismo caso de Fellaini, que siempre ha afirmado estar “orgulloso de ser marroquí y de jugar con Bélgica” o del kosovar Xhaka, internacional por Suiza pese a que intentó cambiar de equipo tras el reconocimiento de la FIFA a la Selección de Kosovo. No pudo hacerlo, sigue jugando con Suiza y no pasa nada. Quizá el caso más rocambolesco sea el de Paulo Figueiredo, que disputó con Angola el Mundial 2006. Figueiredo, nacido en el continente africano, era hijo de un militar portugués destinado a la, por aquel entonces, colonia africana. Tras una larga guerra, el país africano proclamó su independencia en 1975 y, 31 años después, el hijo de uno de los militares que había privado a Angola de la independencia durante la guerra, representaba a la selección angoleña.

Son algunos de los muchos casos que muestran la realidad que vivimos. Una realidad pacífica, democrática y multicultural. Si el fútbol no es ninguna guerra y las selecciones no son ejércitos, no obliguemos al futbolista a ser un soldado.

FUENTES: As, El País, MarcadorInt, Marca, Sport.

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