Los niños de clase obrera no gustan de cultura

«¿Pero cómo va a leer eso alguien tan joven? En mi barrio duraba cinco minutos». Dicho por cualquier persona, en cualquier lugar.

El sol azotaba sin piedad con su látigo de fuego incandescente en aquel barrio obrero. Ese tipo de barrio del área metropolitana de Barcelona, convertido en una gran colonia obrera y pluricultural donde convivían andaluces, extremeños, murcianos, alguna familia gitana y algún que otro inmigrante gallego, de este último colectivo los hay hasta en el espacio exterior, parece ser –cómo solía remarcar “el hijo del gallego”–, que no era tal, sino que, en realidad era berciano, pero prefería enmarcarse como gallego para sentirse parte de un grupo más numeroso.

Intentando escapar del sol, que no dejaba hueco libre en el patio de un instituto –el único– de aquel barrio, un joven rollizo y de facciones tedescas buscó refugio en la pequeña biblioteca, en la que, básicamente, se encontraban libros con temario de secundaria, alguna novela adolescente y libros más pensados para bachilleres (historia de España, historia universal, filosofía, literaturas y un largo etcétera de saberes). Se topó con algo que le llamó la atención, un libro que explicaba los años del franquismo de una forma resumida y condensada, de forma que cualquier chaval de instituto entendiera.

Pero aquel libro le llamó la atención, sobre todo, por las incontables historias –positivas y negativas– que había escuchado acerca de esa autárquica época. Y, contradiciendo a los que opinan que cultura y niños deben ser como cianuro y personas depresivas, lo devoraba a escondidas en casi todas las clases, leía en todas las asignaturas menos en historia. Pues había encontrado, con once años, su primer amor, la historia contemporánea. Aquel año no fue su mejor a nivel académico, pero desde luego que sí que fue un año muy sano para su cerebro. Descubrió, además de su primer amor, que las soluciones autárquicas y reaccionarias en tiempos de crisis económica y social no servían para nada, y ese joven rollizo fue abandonando su rancio ultranacionalismo español y desechó adentrarse en la selva del fascismo que cada vez tenía –y tiene– más peso en las calles de nuestras áreas metropolitanas.

Tras la lectura de aquel libro, ese joven rollizo arrancaría la pegatina de ‘Democracia Nacional’ que tenía en su casa, pero en la calle aún formaba una amistad con dos adolescentes filofascistas más y seguirían aconteciendo conversaciones xenófobas y respirándose un tufo a fascismo metropolitano en sus reuniones. El libro que le “curó” la islamofobia fue ‘Así vivieron en el Al-Ándalus’, viendo todos aquellos aportes que trajeron los árabes (y bereberes), como el ajedrez o las autopsias, no pudo hacer otra cosa que dejar de lado esas amistades y pensamientos y sentirse culpable por no poder pedir perdón por haber vivido en la ignorancia durante tanto tiempo.

Así, que a pesar de lo que muchos crean, y nos quieran hacer creer, todos pueden gustar de la cultura, a muchos puede, con las lecturas adecuadas, hasta salvar de un precipicio muy oscuro. Los niños, en general, gustan de cultura y la necesitan para crecer mentalmente sanos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s