El dinero (no) es poder

Desde que tenemos uso de conciencia, vivimos aprendiendo y asumiendo la idea de que el dinero es poder. Y es innegable que, como decía Quevedo, “poderoso caballero es Don Dinero”. Pero una cosa es que este caballero sea poderoso y otra es que sea poder, es decir, que el verdadero poder resida en la acumulación de riqueza.

El ficticio (aunque cada vez más real) Frank Underwood dijo una vez que “dinero es la gran mansión que empieza a caerse a pedazos después de 10 años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste durante siglos“. Y al personaje encarnado por Kevin Spacey no le falta razón. De hecho, la propia historia reciente de la humanidad puede corroborar el hecho tras la frase: Dinero y poder no son lo mismo, sino que este último trasciende y afecta mucho más que el primero.

Piénsese en los fenómenos revolucionarios que han transcurrido entre los siglos XVIII y XX. Las revoluciones liberales, en las que la burguesía que empezara a nacer en el siglo XVII se hizo con el poder, fueron posibles y exitosas no porque los burgueses tuvieran un gran poder adquisitivo (y, aunque ciertamente tenían un nivel de riqueza considerable, palidecía en comparación con los del monarca absoluto), sino por la voluntad y la participación de las masas. Y es por ello que uno de los principios fundamentales que nos han legado dichas revoluciones es el que afirma que la soberanía nacional reside en el pueblo.

No en la providencia divina que recae sobre el monarca, ni sobre aquellos con mayor nivel adquisitivo. El pueblo es, por tanto, el verdadero ostentador de poder, aquel que lo enarbola y usa como cree conveniente. Y es este poder de las masas el que produce cambios en el mundo, equiparándose al espíritu que, en el discurso hegeliano, mueve la historia. Ello se demuestra en estas mismas revoluciones liberales y nacionales, y también en los movimientos obreros que tendrían como una de sus más célebres expresiones la Revolución de Octubre, de la que se cumplen 100 años este 2017.

Hay un inconveniente, no obstante, a este hecho fundamental: que la masa olvide o ignore su propio poder. Para entender esto, hay que tener en cuenta una noción que aparece en La Ideología Alemana, obra de Karl Marx y Friedrich Engels: la ideología dominante en la sociedad en cada momento histórico es la ideología de la clase social dominante en dicho momento. Sumada esta noción a la dinámica burguesa (que a las claras es la clase dominante de nuestro momento histórico actual), basada en la acumulación de capital, la conclusión es bastante obvia: es la clase dominante, a través de la creación de la noción “dinero=poder”, la que aliena y hace que las clases dominadas olviden que es la sociedad, la masa en su conjunto, la que ostenta el poder.

Ello tiene consecuencias directas que, sin embargo, parecen derivadas de otros factores. Y es que, por ejemplo, podemos pensar que el desencanto con el sistema electoral democrático es causado por la supuesta ineptitud de la clase política o su evidente corrupción. Pero estos hechos son solo las circunstancias, reales o no, que propician una idea que ya se nos ha ido inculcando a la sociedad moderna desde su misma concepción y configuración, en un esfuerzo de deslegitimar el poder de la masa. A esta deslegitimación sigue la introducción y la concesión de validez de la nueva idea: el dinero es poder.

Esto no significa, ni mucho menos, que haya que asumir esta idea, sino todo lo contrario. Hay que recordar, o más bien “re-enseñar” y reafirmar el poder popular, motor del progreso histórico humano, frente a los intentos de los dominadores de preservar el orden, el status quo, que ellos crearon, y que ahora más que nunca, con la aparición de nuevos retos para la sociedad, se muestra obsoleto e ineficaz.

 

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