Lo siento, me equivoqué

Hoy quería pediros perdón, hermanas. Perdón porque he crecido creyendo que eráis la competencia. Que teníamos que pelearnos por los chicos, por la popularidad, por las amistades. Por quién era más guapa. Por quién tenía más amigas. Por quién se echaba novio antes. Perdón porque os he tenido envidia. De la mala, de la corrosiva. De la que no te deja pensar con claridad.

Perdón porque he pensado que habíais follado demasiado pronto.
Perdón porque he pensado que habíais follado demasiado tarde.

Perdón por haber creído que había edades correctas e incorrectas para hacer lo que nos diera la gana. Perdón por haber creído que teníais que vestiros de una u otra manera. Por haber pasado mucho tiempo sin comprender que no sólo hay muchas maneras de vestirse, de cortarse el pelo o de actuar, simplemente hay muchas maneras de vivir.

Lo siento porque os he llamado “mandonas”, cuando en realidad sólo erais fuertes.

Perdón por haber comparado nuestros cuerpos, nuestras pieles, nuestro pelo. Siento haber hecho de vuestros cuerpos mi campo de batalla. Haber tenido envidia de lo guapas que sois, de lo listas que sois, de lo ricas que sois. Haber tenido envidia de lo que conseguíais. Haber tenido envidia de las ideas que a mí no se me ocurrían.

Perdón, porque sí, os he criticado a vuestras espaldas. Os he llamado guarras. Os he juzgado a partir de una foto. A partir de la longitud de una falda. Me he reunido en corrillos cotilleando vuestros Instagram. He asentido cuando mis amigas han hecho comentarios despectivos sobre vosotras.

Y sé que vosotras habéis hecho lo mismo conmigo.

Y me asquea. Me asquea profundamente estar infectada de este virus. Este cáncer del machismo, esta misoginia. Me asquea tener prejuicios. Me asquea juzgaros sin conoceros. Me asquea no poder mirar a una mujer sin compararme con ella.

Quiero pensar que no soy yo, y que, si me hubieran educado en la sororidad, no tendría que hacer un esfuerzo consciente por frenar el primer pensamiento que se me viene a la cabeza cuando veo a una joven de catorce años vestida con un crop-top y unos pantalones cortísimos.

Pero también me alegra poder elegir qué pienso. Poder ponerme las gafas moradas y respirar. Y aunque duele y es difícil, es como abrir una puerta cortafuegos increíblemente pesada y dejar entrar la luz.

También quiero deciros que me emociono cuando os veo luchar. Que cuanto más mayor me hago más os veo como realmente sois: fuertes, capaces, sólidas, inteligentes, creativas. Os veo líderes. Os veo alcaldesas, concejalas y presidentas. Os veo ingenieras, doctoras, abogadas, juezas. Os veo madres. Os veo soldados. Os veo negociando crisis internacionales. Os veo porque sé de lo que somos capaces. Y no, claro que no todas me caéis bien. Pero es que la sororidad no va de eso. La sororidad va de que os respeto. Profundamente. Porque alienadas o no, estamos juntas en esto. Porque cuando vais solas por la calle con miedo, no estáis solas. Estáis conmigo. Porque yo también tengo miedo. Tengo miedo de un mundo donde se ha relegado a la mitad de la humanidad a un papel secundario. Tengo miedo de que nombres de mujeres importantes para la historia ni me suenen, porque no venían en los libros de texto. Tengo miedo de los siglos de polvo acumulado sobre nuestra memoria. Tengo miedo de que mi lucha no sea suficiente. De que mis futuras hijas tengan que seguir manifestándose. Pero si así tiene que ser, que así sea. El mundo avanza y la desigualdad, la opresión y la violencia quedarán en el lado oscuro de la historia.

Y brillaremos.

Vaya, que si brillaremos.

 

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