No todo es La vida de Adèle

Hace unos años La vida de Adèle se convirtió en un fenómeno mediático por mostrar sin tapujos el romance entre dos chicas, algo que desgraciadamente nos sigue sorprendiendo a día de hoy. El éxito fue total por la manera realista de retratar una relación de pareja con todos sus altibajos y lanzar al estrellato a Adèle Exarchopoulos. Sin embargo, la polémica estuvo servida tanto por el uso de escenas sexuales muy explícitas y largas y diferencias entre las actrices protagonistas y el director. Este es un punto que tal vez ha pasado desapercibido para mucha gente, y la pregunta es, ¿un director, un hombre, ha grabado todas esas escenas de sexo lésbico?

Es fácil pensar en el morbo, pero no voy a adentrarme en el tema para que así cada uno saque sus conclusiones. La cuestión es que por muy “abierta” y “moderna” que sea la película, no hay que pasar por alto que fue rodada desde una óptica masculina. ¿Cuándo tendremos un cine romántico de mujeres, por mujeres y para mujeres que no se quede en segundo plano, oculta del público general? Para eso está Un amor de verano, una película de Catherine Corsini. Sí, la ha dirigido una mujer. Y dinamita el test de Bechdel.

El movimiento feminista radical surgió con gran fuerza en Estados Unidos a finales de los 60 y se extendió como la pólvora por todo el mundo. En Francia se juntó con los cambios que se sucedieron después de mayo del 68 y los intentos de las feministas por legalizar el aborto. Esto, por supuesto, era visible solo en las grandes ciudades como París, un entorno al que llega una de las protagonistas, Delphine. Proveniente de un entorno rural, tradicional y más bien pobre, Delphine busca un trabajo en la ciudad y acaba encontrándose por puro azar con un grupo de militantes feministas.

Entre ellas está Carole, una profesora treintañera que acaba cautivándola. Este no es el caso de una chica pueblerina que descubre su sexualidad en la gran ciudad; al contrario, Delphine ya había tenido una relación con una mujer antes, pero una relación oculta por miedo al rechazo de sus padres (recordemos que estamos en 1971). Se enamoran y Carole deja atrás a su novio para estar con ella.

Aquí es cuando acontece el clímax de la película. Justo cuando todo va bien para Delphine, se entera de que su padre ha caído enfermo y tiene que volver a su pueblo. Pero lo hace con Carole, fingiendo ante su madre que no es más que una amiga. Al ver que lo más probable es que su padre no sea capaz de sacar adelante la granja, tiene que enfrentarse a una decisión que supone, a grandes rasgos, resignarse a una vida tradicional con su madre, que se empeña en buscarle marido, o romper lazos con su familia para militar y ser pareja de Carole.

Aunque en una primera impresión pueda parecer una simple historia de amor, lo cierto es que va más allá al ser un buen ejemplo de la lucha LGTB y feminista y de mostrar los problemas de la vida real que también afectan al colectivo. Y siempre conviene recordar que la ha dirigido una mujer y que, por supuesto, hay muchas más películas lésbicas que no sean La vida de Adèle.

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