Peligro de extinción

Restan unos meses para concluir 2017 y el fútbol ha perdido (de nuevo) un ápice de romanticismo durante el verano. No ha sido culpa del jugueteo de Neymar con dos colosos europeos. Tampoco del efecto dominó que el fichaje de todos los fichajes ha causado, motivando que dos mercancías como Mbappé y Dembelé hayan movido más dinero del que han podido ver en sus (aún cortas) vidas. No. Si el fútbol ha perdido otro nexo con el pasado, ese del que reniega con tronío cada vez que cambia de camiseta, colores o estadio, cada vez que sube los precios de las entradas a la burbuja especulativa en la que parece encontrar acomodo, es porque uno de sus eslabones se ha perdido, o no le ha quedado más remedio que hacerlo.

El pasado mes de mayo, Francesco Totti abandonaba la práctica del fútbol. Casi 41 años después de nacer en la ciudad de la que solo le falta ser alcalde y pasados 25 de su primera aparición con la única camiseta que el fútbol de clubes le vio vestir.

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One. Club. Man.

Una expresión inventada, como el propio fútbol, por los ingleses, destinada a nombrar a todos aquellos futbolistas que dedican toda su carrera profesional a defender los colores de un único club. Una expresión creada para ser escrita junta, entrelazada por guiones de la misma manera que la trayectoria del one-club-man y dicho equipo. Sin embargo, el paradigma futbolístico actual nos obliga a separarla, a romper su linealidad con puntos y apartes, como los que tiene la carrera de todo hijo de vecino que se dedica a darle a la pelota.

Y es que las cosas han cambiado mucho, en todos los sentidos. Y más si nos remontamos al año 1886, cuando el primer One-Club-Man del que se tiene constancia colgó las botas. Charles Campbell jugó 16 años para el Queen’s Park, el equipo más antiguo de Escocia y del que llegó a ser presidente mientras jugaba. No contento con eso, en 1889 arbitraría la final de copa entre el Celtic y el Third Lanark. ¿Alguien se imagina a algún jugador actual haciendo eso?

Pues sí, hemos cambiado bastante. En España la costumbre entró como todas las cosas: a través de la frontera. Patricio Arabolaza nació en Irún, y le debió de gustar tanto que no cambió de casa durante los 14 años que defendió la camiseta de un Real Unión que no era el equipo de Segunda B que es ahora.

Algo de envidia debió de sentir un tipo llamado Santiago Bernabéu: Patricio le quitó el honor de ser el primer one-club-man de España, pero sus 67 años ligado al Real Madrid (encadenando periodos como jugador, entrenador y presidente) de forma consecutiva son aún un récord que busca alguien que lo supere. Y el que lo intente, deberá tener en cuenta que, desde mucho antes de su muerte en 1978, el estadio ya llevaba su nombre. Más de un siglo (desde 1911) en el que aquel señor de Almansa siempre ha estado presente en Chamartín.

Bernabéu conoció, como tantos presidentes, una práctica casi esclavista vigente en el fútbol europeo hasta bien entrados los 70 y que España no eliminó hasta 1984. Mediante el mal llamado derecho de retención, el presidente de un club podía renovar el contrato de cualquier jugador año a año, únicamente con un incremento del 10% para el deportista que, estuviera a favor o en contra, permanecía ligado al mismo club.

Así los 50, 60 y 70 fueron testigos de los vuelos de Yashin. Siempre con su característico jersey negro, siempre con el escudo del Dinamo de Moscú. La Copa de Europa encumbró sucesivamente a dos de los one-club-men más laureados de la historia, con tres entorchados cada uno: el ciclo de Piet Keizer con el Ajax dio paso al de un Bayern de Múnich en el que Sepp Maier llevaba un tiempo bajo los palos. Rattín solo se quitó la camiseta de Boca para darle la espalda a la mismísima Reina de Inglaterra en el Mundial ’66 y en 1981 dejaba el Athletic un tal Ángel María Villar, tras diez años como profesional en los que únicamente defendió la zamarra rojiblanca. Quizá de ahí le vino su afición a acomodarse en un asiento.

Precisamente aquel 1981 encumbró a la Real Sociedad, campeona de Liga por primera vez con un equipo compuesto, prácticamente en su totalidad, por hijos de Zubieta. Repitieron hazaña al año siguiente y luego escondieron la cabeza hasta 1986 y 1987, con sendos subcampeonatos y una Copa del Rey. Pero ni siquiera eso convenció a Arconada, Kortabarría, Satrústegui o Zamora de abandonar el viejo Atotxa, un campo que se despidió del fútbol a la vez que Alberto Górriz, en 1993. Un templo del barro y el fútbol ochentero despedido con un gol, curiosamente, del caboverdiano Océano, como si fuera una profecía de la transformación que iba a acontecer en el fútbol unos años después.

 

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Durante 24 temporadas, la defensa del Milán estuvo comandada por Paolo Maldini.

 

Fue en 1995 cuando el caso Bosman revolucionó el paradigma futbolístico, eliminando la limitación de extranjeros por plantilla y dando lugar a un mercado completamente globalizado, en el que el jugador de casa perdía cada vez más importancia. Los datos hablan por sí solos. Inglaterra, el país con más one-club-men tiene registrados 119 casos de estas características. De ellos, solo 15 se retiraron pasado el año 2000. Más sangrante incluso es lo ocurrido en Italia, donde solo 3 de los más de 60 one-club-men prolongaron su carrera después del cambio de milenio. Eso sí, dos de ellos son hombres de peso como Maldini y Totti.

Y es que la globalización del fútbol no se detiene. Los países con menos potencial futbolístico también son algunos de los más ricos de un mundo en el que todo se puede comprar. Estados Unidos, Qatar, China, los Emiratos Árabes son ahora la sede de muchos “retiros dorados”, aceptan de buen grado la llegada de estrellas semiretiradas que llenan sus bolsillos durante uno o dos años para, después, colgar las botas.

Es algo que Pelé, Beckenbauer y Eusebio ya hicieron durante los años 70 y que define una figura algo difusa: la del one-club-men quedado a medio camino, ese que defiende los colores del mismo club durante toda su carrera en la élite pero acaba dejando el nido, bien por avaricia o, en muchos casos, por desconsideración de un club que no tiene a bien ofrecer un trato digno a su leyenda. Así, por extraño que parezca, Gerrard se retiró en Los Angeles Galaxy y Xavi Hernández lo hará en Qatar.

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Superados los 500 partidos como txuri-urdin, Xabi Prieto es el último de la gran saga de one-club-men que han jugado para la Real Sociedad. (Foto: MARCA)

Se trata, tenga quien tenga la culpa, de una amenaza que sumar a una especie poco protegida y de la que cada vez quedan menos ejemplares. De Rossi recibió el testigo de Totti en Roma y, a sus 34 años, estrena capitanía tras 16 temporadas de giallorosso. Sobre la alargada sombra de Leo Messi siempre han planeado los cheques en blanco, pero a sus 30 años parece difícil que alguien le mueva de Barcelona, donde siempre ha coincidido con Andrés Iniesta, antes incluso de que apareciera en escena Sergio Busquets. Bruno Soriano jamás ha olvidado que el Villarreal le llevó de la mina a la Selección Española. Y Akinfeev en Moscú y Rui Patrício en Lisboa nos demuestran que, bajo los palos, es más fácil echar raíces.

Son los últimos románticos, los que mantienen viva una tradición que nos devuelve a décadas atrás. Pasar de moda se ha convertido en un arte que pocos aprecian. Y la mayoría de ellos reside en el Euskadi, la aldea de Astérix y Obélix en lo que a one-club-men se refiere. Tanto Athletic como Real Sociedad han abierto la mano desde los años 80, dando entrada a jugadores extranjeros (en el caso de los primeros, siempre que hayan sido formados en Euskadi, como Laporte), pero sin quitar protagonismo a los jugadores de casa. Susaeta, Muniain e Iturraspe en un lado, Xabi Prieto y Carlos Martínez en el otro. Son los abanderados de la resistencia, las antorchas que iluminan un camino del que Kepa, Williams, Odriozola u Oyarzábal ya amenazan con salirse.

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