Friends o la fuerza del sino

Por Lorena Sánchez (@LastStrawberry)

La primera vez que vi Friends yo tendría unos 8 años. Corría el comienzo de los 2000, y por aquel entonces Canal + dejaba entrever algunos programas en abierto para aquellos que no lo tenían contratado entre su parrilla televisiva. Friends ha marcado a una generación –y diría que no a la mía-, pero esta serie nacida en los 90 y acabada en 2004 ha adquirido un matiz casi atemporal, transicional, convirtiéndose en necesaria y mágica en cualquier generación –incluso para esas que no gustan a Navalón. Quizá por ello vuelve a ser comprada por otras cadenas y vuelve a retransmitirse otra vez. Podríamos decir que lleva el apellido “no importa cuando leas esto”, o en este caso, cuando lo veas.

Friends cuenta la historia de un grupo de amigos que viven, ríen, lloran y, fundamentalmente, crecen. Es más, cuenta muchas historias y es eso lo que la hace completa. Enfrascada en humor, en definitiva, es una serie con la que es fácil sentirse identificado: seis personalidades diferentes y seis evoluciones muy diferentes.

Tengo que reconocer que he podido verla completa por lo menos 6 veces, sin contar los numerosos capítulos aleatorios que hasta hace pocos podías encontrar en alguna cadena. Recientemente volví a encontrarme viéndola desde el principio y en versión original –me picó el gusanillo por una editora de Farhampton, también lo reconozco. – Y es ahora cuando termino de cerrar conclusiones. Es ahora, que tengo la edad de los protagonistas, cuando me enfrento a los problemas y a los sinsabores  que Monica, Chandler, Phoebe, Ross, Rachel y Joey, experimentan durante sus 10 temporadas.

(via Getty Images)

“¿Qué hago con mi vida ahora?” Quizá sea el pensamiento más habitual cuando uno acaba los estudios. Cuando tienes 22 años -23 o 24 dependiendo de cada uno- y te enfrentas al abismo “del futuro”. Llegar hasta ahí es relativamente fácil: simplemente tienes que seguir estudiando. Pero ahora tienes que buscar un trabajo, con muchos binomios por delante: Aceptar cualquier cosa o no, seguir tus sueños, aunque no estén pagados o conseguir un trabajo estable, estancarse en la monotonía o innovar arriesgándote, etc. Así se siente Mónica en sus múltiples cambios de empleo, de jefa de cocina a camarera en un bar de los 60 y con pechos de plástico. O Chandler, el encargado de actualizar todos los días el SICASER, y que tras años de experiencia acaba convirtiéndose en becario de una empresa de marketing. Por no hablar de Joey, al que vemos durante las primeras temporadas en una larga trayectoria de papeles en musicales sobre Freud en su versión más cutre, o haciendo de doble de culo de Al Pacino. No, Friends no es solo risas. También es angustia e incertidumbre.

El miedo juega un papel importante. El miedo y los traumas de la infancia. Un divorcio difícil llevado al extremo de la caricatura con el padre transexual de Chandler y su cena de acción de gracias. Uno de esos pequeños traumas que todos llevamos dentro y que nos acompañan plagándonos de inseguridades durante nuestra adolescencia y juventud.

Y qué decir del amor. Ese cambio del flirteo, del ir de flor en flor, de la despreocupación de la veintena; a la casi necesidad social que las protagonistas –en este caso las chicas- sienten por encontrar un marido y tener una familia porque “es lo que tienen que hacer”. Rachel, sin lugar a dudas, es el personaje que más evoluciona y en quien se ejemplifican perfectamente muchas de las problemáticas que viven los jóvenes. Si hay alguien que se enfrenta a ese abismo es ella. La encontramos dejando a su novio en el altar, confusa por no saber si está haciendo lo correcto siguiendo la línea que todos quieren que sigan, lo que se espera de una chica de clase alta en la gran ciudad. Pero ¿y si no quiere ser un zapato? ¿Y si quiere ser un bolso? La línea entre el libre albedrío y los cánones de la sociedad. Entre seguir tus sueños, la autorrealización y “lo que se supone que es lo correcto”. ¿Quién no se siente así con 24 años? No mucho más tarde, aflorarán las dudas, cuando se encuentre con sus antiguas amigas del club de campo, todas casadas y  con niños en camino. Una espiral de presión social parecida es la que vive Mónica. Todas tienen un marido menos ella, y eso “está mal”. Por supuesto, una madre incisiva y cruel que te lo recuerda todo el rato tampoco es el mejor de los estímulos.

El amor es un eje transversal bastante importante en Friends. Todos hemos tenido a esa chica ideal de la que estar enamorado, y todos necesitábamos que Rachel bajara del avión. Los problemas crecen, y no me refiero a la mítica serie de los 80. Y con los problemas, los chicos. La muerte y la vida. El desapego a los seres queridos que se van.  Y el cariño de los nuevos que vienen: niños. Ese paso a la auténtica madurez que pilla casi a todos por sorpresa – salvo a Ross, Ross siempre ha sido viejoven. Sin saber muy bien cómo, debían madurar a la fuerza. Un salto a la edad adulta al que Friends te lleva suavemente, casi sin enterarte.

Todo ello en torno a dos escenarios inconfundibles: el piso de Mónica y la cafetería Central Perk. En torno a ellos transcurren prácticamente todas las historias, y en ellos se centra la acción principal. Ambos parecen un buen recurso para darle continuidad a la historia en el tiempo y utilizarlos como elementos determinantes del cierre de etapa de los personajes ya que, al final: ni café, ni piso de Monica. Friends nos deja con unos personajes que se han hecho mayores, han crecido y han evolucionado; y con ellos, los espectadores de la serie que, generación tras generación, vuelven a sentirse identificados.

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