Tiempos mejores

Los tiempos mejores no llegaron en vida de Forster. Maurice, su novela, cuya dedicatoria encabeza este artículo, tuvo que esperar hasta 1971 para ser publicada, tras la muerte de su autor. Maurice se convirtió en toda una declaración de intenciones, en una inequívoca toma de postura, es decir, de militancia: el personaje, al que vamos acompañando en el descubrimiento y aceptación de su condición homosexual, capítulo a capítulo, logra alcanzar la felicidad. Junto a otro hombre, hay que añadir. Maurice y Alec vivirán en el exilio, pero juntos, amándose, gozándose. Un final feliz, happy end.

Los personajes homosexuales en el teatro, en el cine o en la literatura, han aparecido durante años o como tragedia o como farsa: para reírse de ellos, el sarasa estereotipado, objeto de burla y de escarnio; o para despreciarlo, el vicioso que siempre paga por el delito de no vivir como un hombre normal, es decir, “sano”. En el cine americano nos vamos a encontrar con homosexuales que sufren chantaje, con homosexuales desequilibrados, con homosexuales condenados a la soledad, con homosexuales deseosos de escapar de ellos mismos recurriendo al suicidio. Siempre su desaparición de la escena es dolosa.

La lección es evidente para cualquier gay que entonces viera, pongamos por caso, Tempestad en Washington: si cedes a la tentación, acabarás mal. O para quienes leyeran la novela El ángel de Sodoma de Alfonso Hernández-Cata, una de las primeras obras de ficción españolas con temática homosexual explícita (publicada en 1927): la historia de un hombre honesto pero desgarrado por su orientación sexual y cuyo final, cómo no, es trágico.

La homosexualidad se presenta así como una manera de vivir estigmatizada.

Los pocos amigos que pudieron leer Maurice mientras Forster vivía le aconsejaron cambiar el último capítulo, buscando un epílogo desgarrador para sus protagonistas o cuanto menos, ambiguo. No lo quiso así. “El final feliz – nos dice el autor – era imperativo. Estaba decidido a que por lo menos en una obra de ficción dos hombres se enamorasen y permanecieran unidos en ese para siempre que la ficción permite; y en ese sentido, Maurice y Alec aún vagan por los bosques (…) Si terminase trágicamente, con un muchacho colgando de un lazo corredizo o con un pacto de suicidio, todo iría bien, pues no habría pornografía ni corrupción de menores. Pero los amantes salen impunes, y en consecuencia impulsan al delito (…) y la única penalidad que la sociedad les impone es un exilio que alegremente abrazan”.

 

Delito. Exilio:

Cuando E.M. Forster escribe Maurice, la homosexualidad era un delito. Dieciocho años antes, Oscar Wilde había sido condenado a dos años de trabajo forzado por sodomita y corruptor de menores. Treinta y nueve años después, Alan Turing sufrió la castración tras ser declarado culpable de actos homosexuales e, incapaz de soportar tanto oprobio, optó por el suicidio.

Cuando Alan Turing mordió una manzana envenenada con cianuro potásico tenía 41 años. Oscar Wilde se dejó morir en una habitación del Hotel d’Alsace de la rue des Beaux-Arts en París con 54 años. El hombre que, tras pasar por los penales de Pentonville, Wandworth y Reading, buscó refugio en Italia y Francia era un hombre humillado y quebrado.

En Inglaterra habrá que esperar a 1967 para lograr la despenalización parcial de la homosexualidad: será legal pero solo entre mayores de edad y en privado, marcando los 21 años como edad de consentimiento (siendo los 16 años la edad exigida en una relación heterosexual). No será hasta 1999 cuando se logre la plena igualdad, tras sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que establecerá que no existe justificación objetiva ni razonable para mantener una edad de consentimiento sexual más alta para las personas LGBT.

El Maurice de Forster resulta profético en sus palabras:

Cuando Maurice Hall, desesperado, acude al psiquiatra Lasker Jones y éste le aconseja que busque un refugio en Francia o Italia, es decir, en aquellos países que han adoptado el Código Napoleónico, que despenaliza por primera vez el sexo entre hombres, el protagonista pregunta:

– ¿Se impondrá esa ley en Inglaterra?
– Lo dudo. Inglaterra ha sido siempre reacia a aceptar la naturaleza humana.

Mientras escribo estas líneas 78 países todavía persiguen nuestra naturaleza humana.

Ciento veinte y un años después de la condena de Oscar Wilde aún somos objeto de insultos, agresiones y amenazas por nuestro ser: por una mirada amorosa, por ir de la mano con otro hombre, por un gesto, por una pose, por un beso, por un goce junto a otro cuerpo.

El primer homófobo al que tenemos que hacer frente los maricas somos nosotros mismos. La primera negación es la propia. Tras la negación viene el desconcierto, la culpa, el miedo. Y entonces, el silencio.

Mientras nuestros amigos heterosexuales despertaban al sexo en la pubertad, nosotros, es decir yo, transitaba con mayor lentitud. Desde que tuve conciencia de mi homosexualidad – con trece, catorce años, cuando te sorprendes sintiéndote atraído por un compañero de pupitre – también entendí que debía imponerme un silencio. Sabía que estaba mal. ¿Por qué, entre todos los hombres, yo soy así?

Siglos de opresión nos han condicionado para creer que nuestra orientación es errónea, el fruto de un vicio o un castigo del dios. Parte de mi afectividad la he vivido en el anonimato y durante demasiado tiempo he temido la mirada ajena, el juicio de los otros. Temer que tu amigo, tu camarada o tu familia te rechace si se descubres que tú no amas como el resto de los mortales.

La palabra maricón no ha estado exenta en mi juventud. Marica fue un vocablo que aprendí en carne propia y que provocaba un rápido examen ante el espejo buscando el indicio: ¿qué te ha delatado?

¡Todo! Todo, porque eres. Eres marica, gay, sarasa ¡Asúmelo!. Pero cuesta, tarda en llegar la epifanía: no puedes ocultar permanentemente tu ser.

Lograr la aceptación propia es el primer paso, el más crucial, que culmina con la salida del armario, conquistando al fin la luz.

Yo tuve en la literatura, el arte, la historia y la poesía unos amigos que me ayudaron a comprender que mi ser no es un ser enfermo. Leer el Symposio de Platón me descubrió que la homosexualidad era natural y deseable en otros tiempos, buena. Los cuerpos esculpidos por Miguel Ángel me decían que la atracción por otros hombres puede devenir en arte. Y sin embargo en nuestro sistema educativo hablamos de Sócrates ocultando su afición a los jóvenes guapos (Platón dixit) o explicamos a Garcia Lorca y Luis Cernuda sin hacer mención de su orientación sexual. ¿Podemos aprehender toda la riqueza biográfica que subsiste en Poeta en Nueva York o Los Sonetos Oscuros sin hacer mención de las relaciones homosexuales de Lorca con Emilio Aladrén, Rafael Rodríguez Rapún o Eduardo Rodríguez Valdivieso? ¿Podemos ocultar el deseo homoerótico que transpira Los marineros son las alas del amor de Cernuda?

La homosexualidad masculina ha sido injuriada, perseguida y condenada. Un pecado nefando. La femenina, el lesbianismo, directamente negado porque en las sociedades heteropatriarcales resulta inconcebible que la mujer pueda lograr la plena satisfacción sexual y personal sin el concurso de un macho. Pero del mismo modo que existe una cultura subterránea gay que ha recorrido los siglos del delito, también la hay lesbiana, y esplendorosa.

Llegan los tiempos mejores. El activismo LGBT está logrando que los jóvenes maricas, las boyeras, los trans, se enfrenten con otra mirada más amable a su propia sexualidad y a sus deseos. Queda camino, claro, pero se vislumbra ya esos tiempos mejores.


Comenzada en 1913
Terminada en 1914
Dedicada a Tiempos Mejores
(E.M. Forster. Maurice)

 

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