De clase obrera

Desde pequeños nos han ametrallado con la épica del liberalismo basada en el esfuerzo, en la superación, en definitiva, en que por muy pequeño que seas puedes entrar en el estanque de los peces gordos. Una máxima que se traslada al deporte donde la línea entre el éxito y el fracaso siempre parece que se decanta por una actitud individual, por un instante emocional, por una serie de procesos cognitivos. Así, nadar hasta el estanque de los peces gordos es casi una utopía irrealizable, más si cabe cuando juegas al baloncesto, vienes de una universidad pequeña, no eres elegido en el Draft y te llamas Robert Covington.

Aquellos que engrosan las listas de los no elegidos en el Draft pocas posibilidades poseen de algún día alcanzar un contrato estable dentro de la NBA. Muchas veces por simple nivel, estos, jamás podrán mantenerse en la liga más que con un carácter residual. Sólo aquellos que consigan realizar lo irrealizable prevalecerán. Así entramos en la historia de Robert Covington, quizás unos de los jugadores que más ha pasado desapercibido a los focos de las gran liga del baloncesto mundial. Un jugador caracterizado por un instinto guerrero inconmensurable y que paso a paso se ha creado un espacio en donde no había lugar.

Step by step. Robert Covington entra en 2013 por la puerta de atrás, firmando un contrato multianual con los Rockets con los que apenas jugaría. “El precio a pagar por jugar” se diría así mismo. Minutos basura, cargas excesivas de trabajo sin recompensa, ser relegado al ostracismo: la D-League. Aquel lugar donde los que no valen son usados como ratones de laboratorio, un gran escenario de pruebas donde los jugadores nos son más que instrumentos desechables. El Robert Covington que sufre la D-League es un anotador despiadado, una metralleta con munición ilimitada que controla el pick&pop, el tiro en movimiento y que hace de sus largos brazos un arma imparable para cualquier forward.

Por suerte o por desgracia, hay muchos que ponen sus ojos en esta liga secundaria no como un outlet de últimas tallas, sino como un lugar donde los diamantes en bruto se esconden. Esta es una historia de rana conoce a rana y ambos se convierten en príncipes guapos. Esta es la historia de cuando Robert Covington conoce a los 76ers.

El rumbo del relato cambia de un día para otro, pasa de una carrera que parecía encaminada a la D-League y a trabajos temporales en la NBA a un contrato multianual. Un contrato que comparado con otros nombres de la liga suena irrisorio (1M de dólares), pero que suponía garantía de vida para alguien que nunca quiso llamar la atención. Rápidamente el de Tennessee encajó en el sistema de Brett Brown. Posesiones rápidas, movimientos de transición para un lanzamiento abierto, en definitiva, jugar llegando. Lo que había demostrado en la D-League era justo lo que necesitaba Philadelphia, un 6’9 móvil que abría el campo y al mismo tiempo hacía las veces de stopper defensivo.

La metamorfosis comenzaba, ya no sería más Robert Covington, nacía ‘RoCo’. Un jugador de clase obrera, capaz de enchufar escalofriantes rachas de 3 triples consecutivos y mantener un alto nivel defensivo en lo individual. RoCo no engrosará la lista de los llamados unicornios, ni responde al estereotipo del jugador moderno, se trata de un individuo a caballo entre lo viejo y lo nuevo. Adopta lo revolucionario del acierto exterior, sin despreciar lo cognitivo, lo animal: la defensa. Forjado a través de una capacidad de reacción que, al contrario de lo que muchos entrenadores piensan, sí puede entrenarse. Manos rápidas y hábiles, que anticipan el siguiente bote, el siguiente pase. Todo ello para romper el orden, la línea que nos separa del caos.

Desmenuzarle, fraccionarlo por esencias, todo ello nos alejaría de entenderle. A Covington hay que entenderle como un todo. Una expresión nacida de una necesidad. De la necesidad de hacerse indispensable en un páramo de posibilidades que constituían los Sixers. De transformar las palabras de Brett Brown en actos de belleza, de acción. Materializar todo en una realidad que siempre era amarga y que nunca parecía tener recompensa. La ecuación entre grandes actuaciones individuales y las sucesivas derrotas no constituyeron un auge de individualismo y ego para RoCo, al contrario, reforzaban su pertenencia al grupo como apéndice esencial de lo que estaba por venir. La ruptura de lo establecido: The Process.

A piñón fijo, contra todo y todos, Covington cree en su misión porque la suma de agregados (Big Threes, Nigthmare Teams) no asegura el éxito, es la conjunción de piezas ensambladas con sentido en una dirección concreta. Esto supone que nuestro protagonista asuma la función de todoterreno, pero no entendido como un LeBron James, sino como una ventisca que impregna todas las partes del campo.

El estilo es tosco porque el cuerpo es ingestionable. La fragilidad aparente muta en una fuerza corpórea interior. Covington manifiesta el 1, 2, 3 del baloncesto en una evolución constante, esto es: salidas, juego sin balón e interrelación entre tren superior e inferior.

A partir de un control total de la salida sobre parado o en movimiento, RoCo genera una ventaja, ralentiza acelerando. Mientras lo que podemos considerar la clase obrera de la NBA se limita a la hora de jugar 1 vs 1 en intentar romper por bote, Robert busca una salida en diagonal siempre, esto es, romper la línea de defensa del otro.

Moverse entre tinieblas es quizás la plasmación de lo que realmente sería una definición exacta del baloncesto. Desarrollar un propio código para así entender los símbolos que le rodean y aquello que permite que la maquinaria que nunca para pueda alcanzar su objetivo. El juego sin balón es sin duda la guinda de todo pastel dentro de este juego, algo que Covington tiene muy mimetizado en su cabeza. No es una sucesión de movimientos marcados, es la compresión de una cadena de relaciones en la que nada puede estar estático y ha de ocupar un lugar siempre caduco. Leer la espalda de lo que viene, esto es construir la posibilidad de una canasta, de generar los mimbres de la misión. Covington entiende lo que comunican los dedos del que bota, su potencial anotador no es acumulativo, sino comprensivo, plantea el juego como una sucesión de caminos sin fin.

El control del propio cuerpo es garantía de éxito siempre. Todo se basa en el conflicto constante entre arriba y abajo, entre tren inferior y superior. Que lo que hace la mano lo complemente la cadera. Esta relación no sólo se materializa en el tiro -que también-, sino en la gestión del equilibrio en las finalizaciones. Así pues, Covington hace suyo el llamado juego de palancas en el tiro, sacando toda la fuerza de la cadera derecha y la torsión de su cuerpo que se une a un touching perfecto y una mecánica suave. Esto es, locomoción más circuito.

Robert Covington no es el resultado de una suerte del destino, no es un relato más del que se esfuerza lo conseguirá, no. Covington es un producto de su tiempo. “Siempre he tenido un chip en mi hombro, porque me han pasado por alto en mi carrera. A eso estoy acostumbrado, y todo sucede por una razón“. La razón no es otra que la praxis llevada al extremo, la suma de factores psicomotrices y cognitivos unidos en un continente de recursos técnicos muy depurados.

RoCo comienza a partir de ahora a exprimir y a gozar del puesto que se merece, su nuevo contrato le recompensa y le coloca donde está. Una sombra que recorre las canchas de la NBA, sin hacer mucho ruido y derribando muros.


Fuentes:

3ball.io
Bleacher Report
Basketball Reference

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