Antes del Atardecer: Las segundas partes pueden ser buenas

Hace unos meses escribía sobre ‘Before Sunrise’ y sobre cómo la cinta cierra sin contarnos qué sería de Céline (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke), y si volverían a encontrarse seis meses después en el andén de la estación de trenes de Viena, como habían acordado. Hoy vengo a contaros por qué la siguiente entrega de la trilogía, ‘Antes del atardecer’ (Before Sunset) merece la pena igual o más que la primera.

Esta vez, París es la acompañante elegida para enmarcar la segunda parte de esta historia. La cinta abre con Jesse terminando la gira europea de presentación de su libro, un “pequeño best-seller”, como dice él, que cuenta la noche que pasó con una misteriosa francesa en Viena hace nueve años. Céline ha leído el libro y acude a la presentación, donde por fin vemos a nuestra pareja reencontrarse. Ella trabaja para una ONG y sale con un reportero de guerra. Él está casado, tiene un hijo, se dedica a escribir y dar clases en la universidad y tiene que coger un avión de vuelta a Estados Unidos en noventa minutos. Más que suficientes para que el guion de Linklater (coescrito, por cierto, con Hawke y Delpy) nos cuente todo, o casi todo, lo que queríamos saber de los personajes.

Céline y Jesse van a pasear por París a intentar desentrañar qué ha sido de sus vidas, las del otro y la propia, desde que acordaron reencontrarse en Viena. Descubrimos que Céline no pudo acudir a la cita porque su abuela había fallecido por esas fechas y que Jesse viajó hasta la capital austriaca para encontrarse un andén vacío. Sin haber intercambiado números de teléfono y ni siquiera apellidos, han pasado nueve largos años sin saber nada el uno del otro.

Al igual que en ‘Antes del Amanecer’, Linklater nos devuelve las conversaciones infinitas, el diálogo perfectamente estudiado y que aun así parece tan natural que al espectador le parece estar asomado a una ventana a la vida real. Es especialmente revelador fijarse en la intensidad con la que Jesse (Hawke) mira a Céline (Delpy) durante toda la película. En ningún momento pierde ese brillo en los ojos que le aparece al principio cuando la ve por primera vez. La propia Julie Delpy ha comentado que, al grabar la película, “si sentíamos que estábamos actuando no funciona, y eso es lo más difícil, hacerlo simple”. Desde luego, ‘Antes del Atardecer’ vuelve a traernos esa combinación mágica que surge de la mezcla de un gran guion con unos grandes actores.

Es imposible resumir en un artículo (o en cien) los incontables detalles y temas de conversación que se tratan en la película, pero si hay que quedarse con una escena, esa es la del coche. Si no han visto la película y quieren disfrutarla sin ningún tipo de spoiler, dejen de leer y vayan a verla. Eso sí, luego vuelvan.

La escena del coche se desarrolla hacia el final del largometraje y a mí, personalmente, siempre me rompe el corazón. Después de una hora de película en la que hemos constatado que entre Céline y Jesse sigue habiendo una química mágica (el personaje de Jesse se lamenta varias veces de que no hubieran intercambiado datos de contacto nueve años atrás), el clímax de todos esos sentimientos acumulados explota en el coche. A grandes rasgos, es la confesión final de que la noche en Viena significó mucho más para los dos de lo que han dejado entrever durante el resto de la película. Céline confiesa haber perdido la capacidad para emocionarse en las relaciones, acusando casi a Jesse de haberle quitado lo que le quedaba de romanticismo aquella noche en Viena. Jesse, por su parte, cuenta que su matrimonio es un auténtico fracaso y que por mucho que ha intentado arreglarlo, todavía ahora, durmiendo al lado de su mujer, sueña con Céline y con la vida que podrían haber tenido juntos. Suena cursi, pero no lo es. La escena es de hecho tremendamente dura si se tiene un poco de empatía. Jesse acaba incluso confesando que teme que dejó de creer en el amor de verdad cuando Céline no acudió a su cita en la estación. Es una escena de mucha carga emocional, intensificada por el espacio reducido en el que se desarrolla (ambos están en la parte trasera de un coche).

Y, sin embargo, este no es el final. Eso se lo dejo a ustedes si van a ver la película, porque no hay nada comparable a ver esos finales de Linklater, sutiles y sencillos hasta la médula y que sin embargo te dejan el corazón medio encogido y medio henchido de esperanza, por primera vez.

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