Nadie necesita las humanidades

Hace unos días se realizó en mi universidad la Semana de las Humanidades, en la que se desarrollaron, durante una serie de días, diferentes ponencias y talleres relacionados con el mundo de las humanidades: historia, filosofía, literatura… Me pareció una actividad muy interesante y, en mi opinión, necesaria para reivindicar la importancia de estos temas hoy en día. Por incompatibilidad de horarios me fue imposible asistir a muchas de estas charlas, pero hubo una que me llamaba especialmente la atención, concretamente la última, que había sido titulada “Nadie necesita las humanidades”. Se trataba de una ponencia que acabó convirtiéndose en un debate entre los que estábamos allí presentes. Este intercambio de ideas me ha dado mucho que pensar y reflexionar estos últimos días sobre qué son las humanidades, cuál es la función de las mismas y por qué son necesarias en la actualidad.

Vivimos en un mundo cada vez mas deshumanizado, que ha rechazado casi por completo cualquier rastro de Humanismo. Donde preferimos las comodidades, que nos den todo hecho y seguir las opiniones de los demás, en vez de levantarnos, esforzarnos y desarrollar nuestras propias ideas. Donde se le da mayor importancia al mundo virtual, a lo que hay detrás de una pantalla, sin disfrutar de lo que tenemos alrededor. Donde el porcentaje de audiencia de programas en los que jóvenes van a “encontrar el amor” o donde personas adultas se dedican a discutir, mostrando menos madurez que un estudiante de primaria, es mayor que el número de visitantes que tiene un museo de arte.

Este desprecio, rechazo o discriminación a las humanidades no surge de la nada, sino que comienza en las aulas de los institutos, gracias a un sistema educativo que obliga a elegir entre ciencias (ya sean naturales, tecnológicas o sociales) y humanidades, como si fuesen incompatibles, como si no pudieran relacionarse entre sí; surgiendo, de esta manera, una barrera estúpida que nos impide cursar biología y latín, o tecnología e historia del arte, al mismo tiempo.

Las ciencias pierden sentido si no van ligadas a las humanidades pues, sin la ayuda de estas últimas, no podrían resolverse gran parte de las cuestiones que se plantean, a día de hoy, la ciencia, la tecnología y la sociedad. Y viceversa, las humanidades no tienen sentido si no se relacionan con otras áreas del conocimiento, ¿cómo podrían explicar los historiadores el proceso de hominización sin la biología?; ¿cómo se entendería la perfección de la cúpula de San Pedro sin las matemáticas? o ¿cómo habría logrado Warhol desarrollar su arte sin la tecnología?

Se ha generalizado la idea de que las humanidades es simplemente memorizar una serie de fechas, estudiar grandes hechos históricos, conocer las características de los movimientos culturales o leer a los grandes filósofos griegos. Pero no es esa tarea de las humanidades. Humanidades es saber el por qué y las consecuencias de esos hechos históricos; es entender las luchas políticas, sociales y personales que hay detrás de esas obras a las que consideramos arte; es comprender como se ha configurado nuestro pensamiento a lo largo de la historia.

Marta García Aller, en el debate que mencionaba previamente, decía que las humanidades era la capacidad de sorprenderse continuamente, y no podría estar más de acuerdo. Como estudiante de humanidades no puedo evitar llegar cada día a clase ilusionado y con ganas de saber que hay detrás de las cosas. No sabría explicar el sentimiento que me produce ver que, en cada acercamiento a la historia, a la filosofía o al arte, no son conocimientos muertos o sin sentido, sino que tienen una trascendencia en nuestra vida cotidiana, y me da rabia que, por la concepción negativa que se tiene de las humanidades, muchas personas se estén perdiendo esta sensación.

No es que nadie necesite las humanidades. Es que nadie sabe que las necesita.

 

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