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La nueva ética audiovisual

En la actual época audiovisual digital, los espacios televisivos del prime time y las grandes audiencias se han ido sustituyendo poco a poco por volátiles producciones dirigidas a un público plural, pero al mismo tiempo estricto, restrictivo, joven; sobre todo, diverso. Lejos queda ya esa idea de la televisión como instrumento de masas. Más allá de los jornales de noticias, las televisiones están cayendo en decadencia, especialmente entre el sector más juvenil de la población.

Irrumpiendo con fuerza al ritmo de un mejor y más barato acceso a internet, la actualidad es el reino del contenido multimedia mediante demanda. Antaño queda ese lujoso decodificador de televisión privada para ver el fútbol, los medios audiovisuales de pago ahora están al bolsillo de ricos y plebeyos. Supongo que no cuento ninguna novedad, puesto que es algo que ya hemos naturalizado e introducido en nuestras vidas diarias. De manera más o menos irónica, incluso en nuestro léxico, hablamos de un Netflix and chill cuando antes hablábamos de peli y manta.

Siguiendo con las referencias audiovisuales, «un gran poder conlleva una gran responsabilidad». Las grandes audiencias a las que se dirige este tipo de medios requieren una nueva ética de crear narrativas. Lo estamos viendo: tras saberse de los escándalos sexuales del actor estadounidense Kevin Spacey, protagonista de la serie House of Cards, la dirección de la serie decidió apartarle del rodaje en la grabación de su temporada final.

vía Vogue

Aunque parezca el modo natural de proceder, los grandes capitales que controlan y dominan la industria del cine de Hollywood siempre se han mantenido al margen de actuar ante estas situaciones. Conocidas son las actitudes y narrativas misóginas de Woody Allen, las acusaciones de Amber Heard contra Johnny Depp que han caído en el saco roto del silencio mediático, o el escándalo surgido por la revelación de la violación de la actriz Maria Schneider en la película El último tango en París.

Ninguna de esas torres ha caído y siguen desvergonzadamente en activo, incuestionados por una sociedad hipócrita que llora las muertes, pero no apunta al asesino. Peor aún actitudes como la de la escritora británica J.K. Rowling donde defendía sin tapujos a Johnny Depp y apoyaba su elección como protagonista de su película Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Los casos se esconden o se niegan; o incluso peor, se aíslan, ante la impotencia de víctimas que ven cómo toda una industria se pone de espaldas a sus abusos. Todo vale para el espectáculo, y en una industria como Hollywood, que genera una cantidad absurdamente grande de beneficios, el espectáculo es lo primero.

Pero volvamos al tema que nos atañe. La nueva industria requiere nuevos retos para captar clientes. Pese a que generalmente se traten de producciones de un coste exponencialmente menor a las que se realizan en Hollywood, todavía es necesario captar a una cantidad bastante amplia de espectadores para que se trate de un negocio realmente rentable. Mientras que las narrativas grandilocuentes están copadas por la industria californiana, el pequeño formato que propone Netflix permite el desarrollo de historias de un modo mucho más experimental, alternativo, o al menos lejos de ostentosos decorados y actores que apartan la atención de la trama.

Este formato permite experimentar con realidades que antaño estaban silenciadas por las ansias de gran audiencia que presenta el gran cine americano. La representación LGTB que la comunidad ansiaba con gran sed poco a poco se abre paso, copando firmemente papeles cada vez más importantes en las historias y lejos de los clichés que el cine niche desarrollaba: menos bollodrama y más drama con bolleras. La diversidad se está convirtiendo en la gran piedra angular de las nuevas narrativas.

Esta nueva ola de representación social va ligada, a mi parecer, a la nueva ética existente en el mundo audiovisual. Menos medias tintas y menos escondrijos. Una oleada de actrices, cansadas de una industria acostumbrada al silencio y a la intimidación de aquellos que se atrevían a cuestionarla, han decidido salir adelante y mediatizar los innumerables casos de abuso y acoso de directores y actores. El mundo, además, las está escuchando; con altibajos, sí; pero están siendo escuchadas, y desde luego eso es un paso adelante.

Según Marx, los cambios de la infraestructura (económicos) son aquellos que determinan en realidad los cambios de la superestructura (culturales). El nacimiento de una nueva industria audiovisual parece que está siendo determinante para una nueva cultura que ya no hace oídos sordos a la audiencia, y que con sus más y sus menos está sabiendo responder del modo correcto a la realidad diversa de nuestro mundo. O al menos, ese es el horizonte que se puede observar desde aquí. Larga vida a las series.

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